viernes, 19 de abril de 2024

La nueva ourensanía | Manuel Alajandro Duque: Un milagro acontecido entre Baños de Molgas y Maceda

Cuenta Manuel Alejandro Duque Martínez (Rubio, estado Táchira, Venezuela, 1996) que desde pequeño fue un niño enfermizo por el asma y ciertas alergias, que no obstante no le impidieron hacer vida normal. “Practiqué muchos deportes, natación, baloncesto, fútbol…”, declara. Acompañado por su novia con la que lleva diez años, desgrana hitos en su historia con la racionalidad de un ingeniero, carrera que por cierto comenzó a estudiar en su país. “No puedo decir que soy una víctima porque en gran parte soy causante de todo lo que me ha sucedido”, anticipa desventuras con una enorme conformidad y mansedumbre.

“Me automediqué durante un año y me provocó glaucoma”, confiesa Alejandro una travesura adolescente ante una conjuntivitis muy agresiva, que supuso el inicio del fin de su visión. Contaba trece años, vista enrojecida, escozor, desesperación, inseguridad, y como tantos adolescentes de allá y de aquí ‘pouco sentidiño’. “Perdí el primer ojo en el 2019 y el segundo después de la pandemia”, detalla un drástico cambio de vida provocado por esta enfermedad degenerativa del nervio óptico, a la que se fue adaptando paulatinamente. “He aprendido a guiarme sin mi vista”, informa, y concluye capítulo.

La esperanza de recuperar la visión, o conservar la poca que le quedaba, le lleva de Rubio, que está a medio camino entre Caracas y Medellín, a la capital colombiana, donde vive con su pareja, ilusionados con la posibilidad de una intervención que nunca llega a producirse. “El seguro autorizaba la operación y nosotros pagaríamos una parte, pero la ley en Colombia decía que no podía porque no soy de allí”, aclara. Emprendieron sus “tutelas”, que vienen a ser demandas, pero de nada sirvieron al correr el tiempo en su contra.

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Su personal ensayo sobre la ceguera no le impide entrar en otras preocupaciones mundanas como un oficio, sus aficiones, su país, pero todo viene tamizado por la delicadeza congénita que acompaña a Manuel. “Líquidos de la limpieza que manipulaba en su trabajo… arenas del campo de béisbol… o los gases lacrimógenos de la policía”, se equiparan al jefe, la falta de tiempo o la hacienda tributaria para un ciudadano corriente. Sofisticadas son las zancadillas destinadas a un individuo extraordinario.

La conexión de su odisea con estas tierras se produce a través de la pareja de su padre, que, con una hermana en Santiago de Compostela, inicia una emigración hacia este lado y abre camino al resto de la familia. De Compostela a Santirso de interna a una casa, ofrece hospedaje a la novia de Manuel que llega del nuevo continente y es acogida a la primera como trabajadora en el Castillo de Maceda, aún sin saber ‘de quen ven sendo’. Ambas mujeres ya asentadas reciben a los Duques que venían de Colombia y juntos pero no revueltos en la comarca se establecen. “Mira esto, mira lo otro”, emocionado dice el padre al hijo a su llegada a Barajas. Y a punto de coger el tren de alta velocidad, “yo el cieguito rescato a mi padre de partirse algo en las escaleras mecánicas”, ríe Alejandro las bromas que le gasta la vida, porque lágrimas no llora y esto es literal. “Por la sequedad de mis ojos suelto una o dos como mucho”, informa.

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Con el tiempo cada oveja con su pareja a su propia casa, y fuera de ellas la tranquilidad gallega, aunque en estos momentos Maceda esté en construcción. “¡No puedo salir!”, confiesa. Un sonido, “el de las ambulancias”, dice el que se ha pasado la vida entre médicos.

Algo de luz en la oscuridad

“Si mi padre no hubiese cortado ese césped no habría conocido a esta persona”, habla Manuel del fenómeno migratorio y de cómo la adversidad se vuelve oportunidad cuando Duque senior, ingeniero industrial, en un puro buscarse la vida, se topa con un catalán cerca de Molgas afincado, que tiene grandes conocimientos en accesibilidad para personas con discapacidad. “Marc ha sido un mentor para mí”, sonríe por vez primera al hablar de su plan para desempeñarse como una persona independiente. “Me ha proporcionado los instrumentos que necesito para aprender, sin esperar nada a cambio”. Se hizo el milagro en tierra de meigas y Alejandro encuentra una ilusión en formarse en lo tecnológico, para más adelante trabajar y ayudar a otras personas.  

Una mirilla imaginaria nos permite espiar a Manuel Alejandro afanado en tareas domésticas, ‘fuchicando’ en el ordenador, o siguiendo dramas coreanos con autodescripción según la hora del día. “Veo pequeños destellos de luz que me indican si es de día o de noche”, comparte el joven venezolano el dios de las pequeñas cosas pues si algo aprendió es que todo puede cambiar de un momento a otro. “Sigue habiendo vida después de la tragedia”, fin del relato. Poco más que añadir al sabio comentario de una excelente persona.