martes, 13 de abril de 2021

La historia de Emilio Núñez, de Eidian, A Golada, y Jesusa Buján, de Toques, Melide

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Jesusa y Emilio en la boda de su hija María

LA HISTORIA DE EMILIO NUÑEZ, DE EIDIAN, A GOLADA, Y DE JESUSA BUJÁN, DE TOQUES, MELLID

“María se acercó y me dijo: tengo una historia, la de mis padres, necesito que se escriba, yo no puedo hacerlo, me desgarraría el corazón”.

I

Emilio había decidido que a la mili no iba, todos los que conocía pasaban dos o tres años en África, era lo habitual, y hasta parecía que se ensañaban más con los gallegos. Tenía que marchar. Dos de sus hermanos ya estaban en Buenos Aires.

—Dicen que por allá todo es abundante, que sin sembrar nacen “as patacas e o trigo, cuando escriben , meus irmáns, contan cousas de non creder”.

Emilio quería viajar, pero “non había cartos pro pasaxe”. Pero él no era hombre de desistir. Con sus 19 años  fue a Vigo, estuvo varios días rondando el puerto y estudiando los movimientos de los buques y advirtió que era fácil escabullirse por la noche y esconderse en uno de los botes salvavidas.

—¿De polizón fillo?. Toleaches e adiós, le habría dicho Ángela, su madre, pero no pudo porque se fue por la noche, sin despedirse. Ella sabía que ese mar que se había tragado a los otros se llevaría a éste hijo también. Y nada podía hacer. Emilio era especial, le gustaba leer y escribir, en eso salía a su padre, y también al abuelo, que en sus tiempos era el único del lugar que sabía hacerlo.

Cuando subió al vapor no lo vieron, o miraron para otro lado, acostumbrados a casos como ese, el de los polizones, los marineros se sentían solidarios con quienes huían de la Galicia misérrima que no cobijaba a su gente.

Desembarcó en Buenos Aires y se abrazó a sus hermanos, que lo esperaban con una cama más en la pieza del conventillo. Pero Emilio era trashumante, un aventurero. Alguien le habló de un lugar promisorio, donde el mar se veía todos los días, como en las rías. Y se fue a Miramar. Con su buena planta logró un puesto de vendedor en una gran tienda.

Pronto tuvo un séquito de amigos, con los que se veía en el club y a través de ellos logró  un oficio mejor remunerado y divertido, el de marinero.

No lo dudó- la vida es una aventura y no hay que dejar pasar la oportunidad-  Al poco tiempo estaba remontando el Paraná hasta Paraguay. No tardó mucho en que lo trasladaran, como un ascenso, al Vapor de la Carrera y en él viajó a Uruguay. 

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Emilio Núñez en sus tiempos de marinero

De Montevideo había oído hablar, era otro destino muy buscado por los paisanos de su tierra. La primera vez que desembarcó allí sintió que estaba en una Buenos Aires en pequeña escala, aunque la colectividad gallega que ya había organizado su Centro, de creciente importancia. 

Fueron repetidos los cruces del Plata. Una tarde, en Valentín Alsina, horas antes de que saliera para uno de los viajes, se presentó una joven. Se le acercó titubeante, con una carta en la mano, solicitando que la llevara a Montevideo en su próximo viaje.

—Pues nada, dalo por hecho, se la entregaré en la dirección que dice el sobre, y en mano, como me pides. ¡Cómo no voy a encontrar el sitio, mujer! Si conozco aquello como la palma de mi mano. Es muy pequeño, pero bonito… seguro que ella se pondrá muy contenta de recibirla. ¿Jesusa has dicho no? ¡Ahh, si, aquí lo pone: Jesusa Buján Casal!  Emilio no sabía que estaba nombrando a la mujer de su vida, la que sería la madre de su única hija.

En la avenida Agraciada, de Montevideo, la casona de la importante familia Zumarán resultaba imponente aún entre sus linderas mansiones.

Cuando Jesusa escuchó que llamaban a la puerta, no supuso, ni por asomo, que sería para ella. Y nada sabía de ese hombre que dudaba en golpear la aldaba. Vestido de marino, reluciente como los botones dorados que, cada mañana, orgulloso, abrillantaba.

Cuando el mayordomo le avisó a la costurera que la buscaban en la puerta de servicio, ella dejó de lado las prendas en las que estaba trabajando y lo miró con gesto intrigado.

—¿Y dice Ud. que es un hombre?- Esto la trastornó aún más, ella que se había criado allá en Galicia, donde además de la costura y el  bordado más delicado aprendió  las canciones de misa y, en primer lugar, la pureza de las costumbres.

Apoyó la labor sobre uno de sus cuatro baúles, con los que había viajado en el buque Monte Olivia, dejando atrás Toques, su aldea coruñesa de Mellid, para siempre. 

—Me llevo todo, porque no quiero tener ni la tentación de  regresar. Con estas palabras Jesusa, poco tiempo atrás, había cerrado baúles, cerrojos y pasado.

Y fue tan firme su intención, que ni el hombre que la esperaba en la puerta de la mansión de la calle Agraciada, con una carta en la mano y que, sin saberlo, sería su marido, logró  nunca que aceptase regresar  al terruño.

Emilio estuvo a punto de no tocar la aldaba, en bronce, con forma de mano. Tenía cierto recelo de llamar a una casa desconocida. Sin embargo no era de esquivar el bulto, como decían en Buenos Aires, y si había llegado hasta allí, desde el Vapor de la Carrera, en el que viajaba como tripulante, era para cumplir su cometido. Entregarle en mano la carta a Jesusa, una desconocida.  

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Jesusa y Emilio de novios en Montevideo

Emilio no recordaba, o eso decía, como la había convencido de que se encontraran al día siguiente, que era domingo, y ella tenía su jornada  libre. El caso es que su elegancia y apostura, con su traje de galones en las hombreras, la deslumbraron. 

Fue conocerse y amarse. Ella estaba sola, sin familia cercana y no iba a permitir que ese joven, buen mozo y soñador, pero como tal un peligro para las mozas, le hiciera perder el tiempo o la engañara. Jesusa tenía su temple, no por nada se había venido sola desde su aldea coruñesa, Toques, en Ordes y trayendo cuatro baúles, en donde puso todo lo suyo, para no tentarse siquiera de volver. 

El noviazgo no duró mucho, se vieron pocas veces, ya que estaban en las dos orillas del Plata.  

El casamiento se llevó a cabo en Montevideo, con una fiesta organizadas por los amigos de Jesusa, todos provenientes de la comarca, pero residiendo en Montevideo. El novio tampoco reparó en gastos, ganaba su dinero y era de los que pensaba que había que darle un destino de placer. Ella también tenía ahorros y era una artista de la costura. Iban tan elegantes que parecían artistas de Hollywood. Habían sido las manos de Jesusa las que diseñaron blusas, cosieron faldas, abrigos, sombreros y bordaron un ajuar que duró más que sus vidas. 

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Jesusa, previa a la boda

A ella le costó abandonar aquella aristocrática Avenida Agraciada, de la que hablaría con orgullo indisimulado toda su vida y también le enrostraría a él, muchas veces, que había dejado ese palacete para meterse en las calles de tierra, por entonces, de ese lugar dejado de la mano de Dios: Avellaneda, aledaña a la Ciudad de Buenos Aires.

Él ya había emprendido un negocio de venta de licores mayorista, lo cual no le dejaba fortunas, pero le permitía tiempos libres para sus hobbies y su vida de bohemio, a la que se había aficionado. Tenía amigos, demasiados, para disgusto de Jesusa.

—No llegues tarde Emilio, que cando chega a noite e non te vexo veñome tola. Con esta frase, la galleguita, “la divina, la que a la playa argentina llegó una tarde de abril”, como a ella misma le gustaba definirse… le advertía que sus salidas con los amigos, en busca de compartir sus gustos por los poemas y la música, tenían un límite. Que falara en galego era todo un síntoma de su enojo, no solía hacerlo; La escuela y la emigración la habían acostumbrado a hablar en castellano. 

II

El “aporteñamiento” de Emilio Núñez Ramos había sido tan intenso, que cantaba tangos y disfrutaba de tertulias con bandoneones y cantantes, escritores y cinéfilos, otra de sus pasiones. 

Con los años, su estampa y vestimenta lo asimilaron a cualquier argentino típico aunque su tierra la llevaba en el corazón. Sabía que había sido muy bien acogido en la nueva patria.

 Además, y sobre todo por lo que oía de boca de sus hermanos, su país estaba en problemas. Después de la guerra, comenzó la dictadura y con ella un régimen muy duro. Así decían Adolfo y Alfredo, mayores que él y solidarios con la causa de los compañeros exiliados. Emilio se preocupaba pero no centraba sus intereses en los aspectos políticos. 

Con el tiempo Jesusa consiguió por sus conocimientos y buenas formas sociales que les ofrecieran el puesto de encargados del “Hogar José Devoto” situado en Palermo, un barrio muy elegante de la ciudad  y que, además del sueldo, incluía vivienda. Y eso fue lo que más le atrajo, salir de Valentín Alsina, ella que añoraba “vivir como una princesa” como en aquella elegante Avenida montevideana.

Emilio estuvo de acuerdo, le dejaba libertad para sus gustos y entretenimientos. Leer y escribir seguían siendo uno de ellos. Con tiempo perdido, o ganado, según lo contara él o Jesusa, concretó una obra de teatro y muchos poemas.

Fue allí, en Palermo, siete años después de su matrimonio, cuando  las tentativas frustradas de tener hijos los habían desanimado, que el nuevo embarazo de su mujer llegó a buen término. Emilio estaba feliz, sus deseos, tal vez más intensos que los de la propia Jesusa se verían colmados.

Y llegó “Marujita”, como la pequeña detestó luego  que la llamaran.  Eso les llenó  el corazón y el hogar, porque fue la primera y la última.

En su  infancia María, la niña, no logró contactarse afectivamente con sus  raíces gallegas- se sinceró  la tarde en que me ofreció esta historia para que la recrease- pero luego del fallecimiento de sus padres, conectó tanto con la Galicia imaginada que se apresuró a visitarla para hacerla real. Caminó sus senderos, bebió el agua de las fuentes y se sumergió en las páginas de los poetas, ignotos o descollantes. 

“Comencè con el interés por  lo celta y en un recital de Carlos Nùñez sentí la gaita y me sorprendí emocionada, con las lágrimas rodando”. Entonces, ya adulta comprendí que mis raíces habían estado ocultas, bajo las montañas.

Marìa sintió que piedra a piedra debía reconstruir esos balados que seus país habían derribado, tal vez para soportar la lejanía.

—Una vez que cruzas la mar ya sabes que es para siempre. Y te entregas. Eso les había escuchado decir, una y otra vez.

Pero la firmeza de las decisiones de la hija, no era menor a la de los padres, y conoció a sus ancestros que habitan en derredor de las parroquias, leyó  sus nombres en lápidas centenarias, algunos reiterados de generación en generación. Fue de fiestas y procesiones con los familiares que compartían su sangre, aunque no se conociesen. Comió su pan y bebió su vino. Y entendió muchas cosas. 

Había sido una joven impetuosa, tenía a quien salir. Cuando acabó la Universidad comenzó a trabajar en una prestigiosa editorial, Jesusa, inicialmente se disgustó, todo le parecìa poco para esa hija tan inteligente, bella y bien dispuesta. Habìa heredado lo mejor de los dos, pensaba a escondidas Jesusa, que nunca fue expresiva ni una madre halagadora. Poco después, la firma de su hija al pie de las notas periodísticas, le fue cambiando el parecer y guardó, con gran prolijidad y esmero cuanto recorte mencionara a su Maruja. 

En cambio Emilio y la joven tenían una relación intensa, que vinculaba intereses comunes, el cine, uno de ellos. Años después María comprendió lo importante que habían sido tantas  tardes de cine con su padre para su futura vocación.

Con el argumento  de los horarios y la distancia se fue a vivir al centro, al principio sola. Jesusa renegaba en todos los tonos, pero Emilio se hacía el que no escuchaba y María comenzó una relación de la que nació una niña, cumpliendo el sueño de los abuelos y de ella misma. La convivencia no prosperó y Jesusa, a regañadientes, se encontró con una hija que era madre e independiente. 

Jesusa se fue  habituando a acompañar la vida afectiva de esta hija a la que amaba y cuidaba, quizás con menos ingerencia que la deseada, por eso cuando conoció a su segundo yerno formal, supo quererlo.  Estaba muy curada de espanto, y las cosas del mundo habían cambiado tanto que se llevó muy bien con él, quien sabía encontrar cómo halagarla. 

Emilio decidió partir casi con el fin de siglo y Jesusa que lo sobrevivió siete años, nunca fue la misma. En sus últimos tiempos  mezclaba el  pasado con su presente, y enhebraba conversaciones que llevaban y traían su relación de amor. Quiso volver a Avellaneda, su salud requería atención y en el hogar en que pasó sus últimos tiempos volvió a vivir, o eso creýó, el amor de aquel Montevideo de antaño. Puso sus ojos en un señor que estaba, como ella, radicado allí. Hablaba con entusiasmo y hasta quería citas y ceremonia de casamiento. 

María y la nieta reían, cada una de ellas guardaba en su casa uno de los baúles con los que había embarcado Jesusa, pensaban que esa dureza que le habían conocido había quedado atrás, quizás encerrada en ellos y tal vez fuese la primera ocasión en que se permitía la ilusión y la flaqueza.

La coquetería, que nunca la había abandonado, se sumó al deseo de eterna juventud y comenzó a adulterar su edad. 

_¡Hola, Marìa! - era a la única a quien seguía reconociendo –. Estoy aquí hablando con mis amigas, que aunque son mayores que yo, tengo una buena relación. Pero en realidad un día de estos nos vamos a ir con Julio, ese señor elegante, alto, de buena planta, a una salida. Mantén el secreto porque soy la envidia de las chicas, ellas saben que él es el más buen mozo de todos y se fijó en mí. 

María secó sus lágrimas con disimulo y pensó que esta  niña, adolescente de canas y camafeo le devolvía a una madre tierna, quizás la que le faltó en los tiempos en que ella la necesitaba, pero la vida a veces nos da la oportunidad de mostrar todas las cartas, y este aspecto dulce de la senil Jesusa, la llevó a reencontrarse con lo mejor de ella.

Pudo pasar revista a su infancia, sus prejuicios, sus caprichos, la mirada que la acercaba al bondadoso Emilio y la ley y el orden que representaba Jesusa y logró darse cuenta que no eran ni lo uno ni lo otro. Ambos habían sido un poco de cada cosa, y los dos cumplieron su papel, muy bien llevado a cabo, a juzgar por los resultados.

Recordaba, como en el cine, del que había hecho una profesión, aquella muñeca, regalo de un tío, que su madre le había prohibido siquiera tocar.  Ella vio como la ponía sobre un armario, allí la dejó y nunca más se supo. A veces se le representaba que en algún armario desconocido, en algún depósito de muebles viejos,  su muñeca todavía tenía los ojos de porcelana abiertos y la esperaba para jugar, juegos que nunca habían realizado.

Tal vez pudo sobrellevar los últimos años de extraños cambios y la muerte de Jesusa con mucha  placidez porque había podido reencontrarse con sus padres, sus diferentes roles, sus particularidades y había logrado entender que la vida es simple y compleja a la vez y se vive como en ensayo permanente. No se llega nunca al estreno. 

III

Cuando María llegó a Galicia en su mente elaboraba los años pasados y se interrogaba buscando respuestas, que sabía encontraría en aquellos paisajes, de los que no se había empapado en otros tiempos. 

-Nunca volviste, mamá, ni dejaste que papá lo hiciera, tal vez sea ése mi mandato. Tengo que regresar por ambos, tengo que ver la carretera de Santiago, hacer los cincuenta kms. hasta Lamea, tu aldea, buscar la tumba de Ramona Casal Coello en el cementerio que rodea la parroquia, y llorar allí por esa peritonitis que en su tiempo se la llevó dejando siete hijos vivos, porque dos ya estaban en el camposanto antes que ella,  todos a cargo de sus hijas. La mayor Gumersinda, había escapado haciéndose monja en Montpellier, y las otras  eran dos: una  tú, mamá, y Felisa, quien quedó a cargo de todos ellos y del padre.

Tengo que buscarlo entre las lápidas y donde ponga Manuel Buján Ares, hincar mis rodillas y pedir por los espíritus de todos mis ancestros que allí habitan.

Lo cumplió, llegó hasta la finca que daba sobre la carretera, y reconoció el hórreo, la casa de piedra, y el abrazo de la tía Felisa, para recordarle que desde allí había germinado ella: Maruja. 

-Filla, cuántas ganas me quedaron de ver a tu madre, las fotos que mandaba me daban alegría, sabíamos en la aldea que era carta de Jesusa, porque el sobre venía escrito a máquina, y eso sólo lo hacía tu padre. Dentro, las imágenes de esa señora tan fina en que se había convertido mi hermana. 

La voz de la María actual, la que me cuenta su historia se quiebra cuando recuerda: Mi tía, la pobre ya estaba ciega y preguntaba: “¿Es linda la hija de Jesusa”? De jóvenes no se parecían físicamente. En la vejez eran iguales. Fue muy emocionante.

Recordaba lo que un día su madre le había confesado, en los últimos tiempos, entre las luces que por veces disipaban las sombras de su mente. 

__Felisa y yo tuvimos que arrear con lo que fuera, seis varones quedaron entre padre y hermanos. Por eso emigré, era mi única vía de escape. Fue mi hermana quien cargó con todo, ¡qué remedio le quedaba? Si se venía, los dejaba  huérfanos. Y a continuación siguió con una cantinela que repetía sin sentido: "Chove chove e saravea e vai o cura para a  aldea, cun saquiño de culleres, azoutando nas mulleres". 

Entonces volvió a mirar a su tía, la acarició con la ternura que se guarda muy hondo sin saberlo y le dijo:

-Sólo quiero que nos sentemos en la lareira, que aún  se conserva y me cuentes todas las historias de las Marías y las Jesusas que nacieron en Lamea, cuando aún no estaba ni la carretera. 

IV

—Tenía sus años, decían los amigos, pero tantas ilusiones y proyectos como cuando era joven. Es una pena que no haya podido cumplir su sueño, tan intenso en los últimos tiempos. Volver a Eidian, su aldea. Nos repetía que se había ido sin despedirse de su madre, y que ese beso que no le dio le pesaba en los labios, quería depositarlo en la lápida. 

Lo sepultaron una tarde gris de 1991, ella lo sobrevivió siete años en los que repasó una y otra vez los avatares del matrimonio, que habían sido muchos, y en su memoria cada detalle de aquellos primeros tiempos volvía una y otra vez.

En ese tiempo, María pudo volver a tejer y destejer la madeja de los recuerdos y los olvidos, los de ella y los de su madre. Así volvieron esos días en que su padre lloraba angustiado por la muerte de un compañero de la mar, y por los recuerdos de su Eidian, al que siempre quiso y no logró volver. Allí en Lalín, esa pequeña aldea de Golada, la talabartería de los Núñez era la única en toda la comarca. 

A cargo estuvo su abuela, Ángela Ramos. Eso lo sabía y le quedó pendiente en ese viaje depositar el beso que era la deuda de su padre, la que tal vez explicaba alguna de sus miradas muy tristes. 

- Cinco varones y la viudez, eso fue lo que heredaste Ángela Ramos. Todos miraron hacia la mar, para  buscarse la vida como fuera.

 - Allá van Ángela, tus dos hijos, dicen que marchan a Buenos Aires, como tantos.- te decían las vecinas. 

_Eso non e nada, tamén forase o pequeno, Constantino, que non tiña mais que sete aniños. Ese criouno un tío en La Habana e agora casouse e xa non o verei máis.

Entonces se reconoció en la verde Galicia, en sus raíces, de las que durante años había estado huérfana. Comprendió a su padre Emilio, feliz de estar lejos de tanta muerte y lleno de música prestada, de tangos, recitando el Martín Fierro hasta sus últimas horas. 

_Es una Biblia Marujita, en él está todo lo que necesitas. “Los hermanos sean unidos…” ¿Hay algo más importante, acaso?

V

Hoy María vive su vida, exitosa y reconocida en su profesión, que le permitió acompañar un festival de cine gallego en Buenos Aires y así dar el primer paso hacia la tierra de sus mayores. 

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María, quien cuenta la historia

Feliz de haberse reencontrado con sus padres, arreglado las cuestiones pendientes y amar la tierra de sus ancestros, que es la suya. Sonríe y recuerda los dichos de su madre, que, en medio de su ascetismo reconocía que había protagonizado un amor de película.

-Nos conocimos por una carta y estuvimos juntos hasta el final. Con nuestros más y nuestros menos.

 —Siempre se estaba yendo- lo retaba olvidada de su muerte-  A él sólo había que darle amigos, tertulias, lecturas y escribir. Cuando no estaba con los amigos estaba en el cine. Eso no podía faltarle. 

—Bueno mamá, a ello le debo mis pasiones, la escritura, el periodismo y el cine, y son mi profesión. ¿Sabes lo que más me conmueve de los recuerdos? Que papá no haya podido volver a su Eidian, allá en Golada, en Lalín. “Lo mejor es enemigo de lo posible”, decía él que era muy sabio. Y ansiaba volver a su tierra, no le concediste el gusto. 

Cerró la puerta y miró la hora. Se le hacía tarde, ese día tenía que terminar las gacetillas de varios films, se acercaba el festival que estaba a su cargo. La noche anterior había visto una de las películas enviadas para el certamen, trataba de una migrante, una mujer que salía de su país en guerra y no lograba insertarse en la nueva sociedad. 

De pronto le surgió la frase con la que iba a titular su crónica. “Una mujer sin raíces”. Y sin saber por qué, comenzó a llorar.

Celia Otero, Marzo de 2020.