viernes, 05 de marzo de 2021

"Cando Coiras foi Verona"

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Eudoxia y sus hijos Dora y Pepe

Cando Coiras foi Verona

Por Celia Otero

 “Acepto, pero no me marcho de aquí sin casar”. Esta frase resonó en la casa de Eudoxia, la más linda de la parroquia de Coiras,  a la que José, el de los Bardelás, intentaba convencer desde Buenos Aires.- Casémonos por poder, le escribía, y luego viajas. El pasaje  te lo envió ni bien me des el sí.

Ella era de una belleza muy sutil. Pequeña, menuda, cintura de avispa, alegre, de conversación fluida y chispeante, muy bailarina y tenía sonrisa de perlas y rasgos finos. 

Siempre se había distinguido, entre sus vecinas, amigas y hermanas que le reconocían un especial encanto.  

Bordaba como las hadas mantelerías y sábanas y decoraba con exquisito gusto, disponiendo plantas y flores en el salón comedor de la amplia y antigua casa de piedra con galería de cristalera. 

Sus manos no habían tocado nunca un instrumento de labranza, por lo cual no le sentaba casarse con ninguno de los innumerables festejantes que la solicitaban en la parroquia y sus alrededores.

Eudoxia Pérez Álvarez tenía muchos pretendientes, la buena fama de su familia y sus propias condiciones la convertían en una apetecida soltera de los alrededores. 

Coiras es una aldea pequeña, en la que aún hoy puede verse, erguida y mantenida por sus descendientes, pero sin habitantes, la casa de los Rato, su familia. Jurisdiccionalmente pertenece a Ourense, pero al estar en el límite con el ayuntamiento de Dozón, la comarca entera se veía en las fiestas populares, las misas y entierros. 

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La casa de Coiras 

José, el menor de los varones de su familia, era muy joven cuando lo conoció en la procesión de la Santa del lugar. Apenas recordaba algunos bailes compartidos en las fiestas del último verano. Era menor que ella, y antes no lo había visto o no le había prestado atención, por lo cual la habían sorprendido las cartas que le envió desde Buenos Aires. 

Se había enterado que emigraba cuando se lo dijo en puerta de una misa de funerales. Era de una casa de mucha abundancia para aquellos  tiempos, pero no había heredad para él, no era el mayor. 

"Tengo tíos en Buenos Aires y me reclaman, buscaré hacer una vida mejor ya que aquí en mi tierra no tengo posibilidades".

Se despidió y le dijo que le escribiría. Ella no le creyó, pero en breve supo que era un hombre de palabra. Las cartas le llegaban en más abundancia que la que la prudencia permitía. Los padres miraban con atención y no preguntaban nada, confiaban en su sensatez. 

No siempre le respondía, no quería establecer lazos que pudieran comprometerla, no era su estilo. Sólo lo hacía algunas veces,  debido a la forma delicada y respetuosa con que él le manifestaba su amor, el que se había llevado en el baúl, junto a sus  pertenencias. 

"No puedo olvidarte- le decía- quedaste en mi memoria para siempre. Llevo pocos años en Buenos Aires, pero ya me estoy forjando un futuro, y no hay ninguna mujer que logre hacerme olvidar de tu sonrisa". 

Ella le creía, a veces, otras pensaba que perdía el tiempo leyendo esas cartas, pero como no corría peligro ni perdía otras oportunidades, seguía soñando con la elegancia de aquel Bardelás, una familia de tanto renombre como la suya. 

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Dozón, aldea de Cubelos

Ellos eran de Dozón, de la pequeña aldea de Cubelos. Las familias e encontraban en la Feira da Gouxa, que cada dos semanas se organizaba para comerciar animales y otros productos. Se hablaban como antiguos vecinos del lugar, el tema de las cartas de los “rapaces” no se tocaba. 

Pasó algún tiempo hasta que un día el cartero del ayuntamiento que conocía a la familia desde antes de que ella naciera, le extendió un sobre que parecía especial. 

En él venía una foto, era de un mozo de “aquí te espero”, trajeado, sonriente, engalanado y prometedor, pañuelo y corbata al tono, un anillo de sello y reloj de los de deslumbrar. Desde la cartulina le sonreía con el donaire  de los galanes de cine. 

Argentina - A- Foto de José desde Buenos Aires webFoto de José, desde Buenos Aires

Unas letras más que firmes la acompañaban. 

"Quiero casarme contigo, si me aceptas y te vienes, te prometo una vida muy buena".

A él no le había costado poco escribirle, estuvo a punto de no echar la carta en el buzón. No era un aventurero, más bien un meditador, de los que no arriesgan, van a lo seguro. Había llegado con dieciocho años y pocos pudieron imaginar que ese mozalbete se iba a transformar más rápido de lo usual en alguien que ya tenía en marcha su futuro.

Cuando decidió emigrar Buenos Aires era el destino indiscutido.   

Allí ya había tíos, los Bardelás habían cruzado la mar desde hacía muchos años buscando superviviencia. En Cubelos quedó un  hermano y luego llegarían sobrinos, como José, y aquellos pioneros serían los que apoyasen a los recién llegados.  

Por lo que escribían ellos y otros, no les había ido nada mal. Los primeros años del siglo XX habían acogido a muchos en esa tierra, que decían bendita, quienes con voluntad y esfuerzo y sin poner excusas para el trabajo habían logrado un bienestar. Ése había sido el ejemplo de José.

Eudoxia  seguía pensativa, casarse “por poder” como habían hecho muchas amigas del lugar, era lo que se estilaba. Y era lo que a ella no le gustaba. Te vas a la iglesia con alguien que represente al novio, el hermano o el padre y se hace aquí una ceremonia y allí otra igual,  prestan consentimiento y la validez es la misma. 

Sus padres no lo veían mal, era lo usual entre tantos casos de emigrantes que dejaban sus novias detrás y las reclamaban en cuanto podían. 

Es cierto que los pretendientes del lugar también le hacían llegar propuestas, pero ella sabía muy bien por qué no las aceptaba.

“Nin tola que estivera” le estampó a sus padres, que miraban con simpatía a un potencial candidato… ¿Ir a una casa ajena? ¿A las órdenes de los patriarcas?   

Ni en sueños pensaba comenzar una vida que abominaba por verla en todas las amigas de la infancia, consumidas ya, a su edad, por los quehaceres del campo y de las extensas familias a cargo. Ancianos, niños, animales y huerta, todo recaía en las “mulleres” y les iba quemando la juventud a paso redoblado.

"Mira que ya no eres una niña", y eso era cierto para esos años y en ese sitio en que las mozas que pasaban de los veinte años ya no eran muy solicitadas para casarse.

“Soltera… y hasta monja si hace falta”, afirmaba, sin dudarlo, todo menos ese destino que parecía una sentencia. Eudoxia no dejaba lugar a dudas. Tenía muy claros sus objetivos. 

Por eso José  y su vida en una gran ciudad, un futuro de bonanza que en poco tiempo había comenzado a forjar, se convirtieron en una gran tentación. Sólo objetó, y sin ánimo de negociar, el casamiento “por poder”. Sabía que era tan válido como los otros y vaya si se ahorraban gastos. Pero ella, firme, se plantó: “Si le importo que venga por mí, que encuentre  su tiempo y gaste su dinero.” 

"Filla, non seas tozuda, que siempre lo has sido y puede salirte mal". 

"De eso nada. Embarco casada, y como Dios manda, ou quedo con meus pais”. 

La nueva carta de José Ledo García, el de los Bardelás, redobló la apuesta. Aceptaba todo y añadía detalles que la encandilaran.  

La boda sería allí, en Coiras, junto a las familias y vecinos, con una gran fiesta, banda de música y fotógrafo para todo el día. Como cereza del postre le dejaba elegir un vestido blanco de novia, en una revista de modelos de la alta sociedad, que le enviaba por encomienda junto a muchos metros de un encaje francés “chantilly”. También habría viaje de Luna de Miel (¿quién había oído hablar de ella que no fueran los señores de los Pazos?), y todo lo que quisiera comprar y llevar para instalarse como una reina en su casa de Buenos Aires. 

José no era ostentoso, pero la respuesta negativa de ella, al casamiento por poder, lo había dejado rumiando cierta forma de venganza, "Así que quiere boda, pues tendrá la mejor, la que no hubo nunca por aquellos lugares". 

Él, que llevaba cinco o seis años en una ciudad grande y conviviendo con los tíos y primos ya adaptados a las costumbres de esa Buenos Aires cosmopolita de mediados de los años 50, se iba a informar muy bien de todo lo referente a ajuares de novia y la dejaría a esa moza altanera con la boca abierta. Y de paso se enterarían todos los vecinos de la parroquia que cuando un Bardelás emigra, no lo hace para estar peor. De eso nada, si “a millora” no le había tocado, pues él se había procurado una vida que iba a dar que hablar.

Aquella boda fue un acontecimiento que por muchas décadas recordaron todos, repitieron los más jóvenes, que no la habían visto, y siguen relatando las terceras generaciones.

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Los novios ante el altar

“Cuando vino a casarse José de Bardelás…” con esta frase comienza el cuento, claro que cada uno lo va haciendo a su modo, con cierto recelo y con algo de picardía . “Míralo, con aquellos trajes y zapatos tan finos que no pudo meterse a las cortes a ver “as vacas da súa casa, e sonche moitas, digocho eu".

“¿Y ella? ¿Se ha creído que es más que las de la aldea? ¿no se acuerda cuando comía el pan y un poco de chocolate camino a la escuela? Veremos aún si se hace la boda o si es todo habladurías… Los dichos de las lenguas filosas y de las otras se ocuparon de ese acontecimiento que interrumpía la rutinaria vida rural. 

“Y eche tan boa, tan boa, que non sei coma faran a súa nai e irmans cando noten a súa  falta, eche como una campaniña  que alegra a casa, non fai máis que rir”.

Las lenguas aldeanas se pusieron a rodar, “no hay cuento sin aumento y sin invento”, decía el señor cura que las escuchaba con su experiencia en la puerta de la iglesia, a la salida de los oficios. 

Lo que guardó la memoria popular fue la imagen de una pareja de ensueño. Porque ella cumplía, en parte, el deseo de muchas de aquellas muchachas que tejían en su pensamiento, ocultas tras los visillos, finales de cuento. 

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Eudoxia hacia la Iglesia de Coiras

La tarde del 3 de Agosto de 1953, bajo el sol del verano de Galicia, en los balcones de la antigua casa de Coiras se vió a Eudoxia tan bella como habrá estado Julieta en el suyo, allí en Verona, pero con un destino feliz.

Como el del baile de la Cenicienta o el del Palacio de Mónaco, así permaneció en la retina de todos, y así la registran las fotos que aún conservan los familiares de las aldeas, en  cajones, las que miran en las noches de invierno, mientras comen el magosto de castañas.

Eudoxia había brillado en todo su esplendor, el traje le sentaba como a un figurín, debajo de una corona de perlas, la mantilla le bordaba la cara, de delicados rasgos, y resaltaba su piel dorada por el sol. Los guantes de color  blanco mate, uno puesto y el otro tomado con dos dedos, eran un detalle que levantaba murmullos ante su paso rumbo al altar. Con sus 26 años lucía como una niña al lado de aquél galán de 24, que trajeado y con corbata de seda, camisa de gemelos y zapatos muy finos, tanto que no había podido entrar “nas cortes”.

La ceremonia, en la misa de las once en la Iglesia de Coiras, fue imponente. Hubo muchas flores, tantas como por entonces nadie recordaba haber visto en aquellos lugares en que el frío y la nieve las hacía difícil de cultivar. 

Sonó el antiguo órgano y siete curas acompañaron el sacramento. Ya se sabe que eso habla de la importancia del hecho. Matrimonio o entierro, se pondera por la cantidad de sacerdotes que puede llevar, y pagar, el contratante.

Y los novios intercambiaron anillos, algo que nunca se había visto en la comarca, y que deslumbró a los asistentes. 

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Los anillos

En los primeros bancos la cara adusta de Nieves García, de los Bardelás, orgullosa de su hijo no dejaba de sentir que esta vez sería  la despedida final, aquella que ya creía haberle dado. 

¿Outra vez fillo, teño que bicarte para sempre? Eu xa pasei por isto. Ela ben podía haber casado “por poder”, como todas as de por aquí. E logo viñan cos rapaces, cando se diera o caso.”

Pero pronto olvidaba los reproches- que sólo existían en su mente- para mirar con altanería a quienes más de una vez la habían visto pasar con la cabeza gacha por las desgracias que había tenido, que eran demasiadas.

El agasajo fue en la gran casa de los Rato, en Coiras. La comida, con siete platos diferentes, en el salón comedor, antiguo y amplio, y luego la tertulia y la fiesta en la eira que rodeaba la casa. El sol del verano estaba alto hasta tarde. 

Hubo un “milagre” de comida y de beber aínda máis, xa sabes que sempre teñen de todo eles, e agora coa boda desta filla destácanse polo alto”.

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Los invitados, que creían haber visto la mayor boda de todos los tiempos, quedaron sin palabras cuando llegó a la mesa una torta de cinco pisos, algo desconocido. Columnas de azúcar tallado separaban cada bizcocho decorado, como en los palacios. 

Doña Dorinda, la madre, no dejaba de repasar cada detalle para que no faltara de nada.  

Los flashes del fotógrafo iluminaban el baile. Lo comenzaron los novios, como corresponde. Ella con donaire y gracia, ya era conocida por su porte en las fiestas del lugar.  Él, no muy ducho, más bien acompañando los compases que le ponían una sonrisa de galán en la cara. 

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Cumplía lo que se había propuesto. Se lo había prometido la noche que embarcaba: volveré triunfador y me llevaré a la más guapa. Y allí estaba festejando entre su familia y la de ella, los vecinos y hasta alguna autoridad del ayuntamiento que no había querido perderse el acontecimiento del año: La vuelta del americano, o que “veu  casar aquí, ten moitos cartos meu fillo, iso non o fai ninguén” .

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Las sorpresas no habían finalizado, se fueron a Santiago para tomar un avión a Madrid. Los esperaba el viaje de Luna de Miel y las compras en la gran capital. Mucho dio que hablar ese vuelo, una hazaña que para los vecinos y familiares quedaría registrada como el suceso más increíble de varios años. Con el tiempo hubo quien lo puso en duda, entonces los más conocidos le mostraban la foto que aún guardaban de su embarque.

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Volvieron dichosos y a la vez con la angustia que anunciaba que el próximo destino no era por unos días, el tiempo y la distancia serìan el precio a pagar por esas semanas de ensueño.

Cargaron dos baúles, máquina de coser nueva, mantelería y sábanas como para un hotel, vajilla  de porcelana blanca con ribetes de oro y la cristalería completa. Ajuar de figurín, a la moda y de calidad. 

Todo estaba listo y la partida era inexorable, las despedidas fueron encubiertas, escapando del dolor de los adioses. El barco anunció con la sirena que el mar, ese ancho mar que se pondría por medio ya era el camino. 

Buenos Aires la recibió muy delgada, el viaje no le había prestado nada, y el embarazo incipiente ayudaba a mantener los mareos interminables. 

La vivienda propia aún no estaba lista, es cierto que fueron sólo unos meses los que se demoró José, pero mientras tanto tuvo apenas una habitación en una casa- conventillo de la tía Manuela, la mayor de los Bardelás, que alojaba en piezas dormitorio a criollos migrados del interior en busca de trabajo y a sus sobrinos de la vieja Galicia. 

Eudoxia no pudo recuperar peso; las náuseas y las comidas nuevas no le sentaban. Cuando iba a la compra señalaba frutas o verduras desconocidas o de las que no sabía el nombre. Eran otras palabras, otro paisaje, otro destino. 

Después el tiempo y los hijos. La casa y sus quehaceres, las manos inquietas siempre buscando la perfección para que José sintiese que le guardaba el respeto y el lugar que merecía. El horario de comer era intocable, “a él le gusta así”, y ella se amoldaba. 

Los negocios lo mantenían ocupado pero daban sus frutos. Eudoxia cuidaba el hogar y los hijos, conversaba con ellos, para que el silencio habitual de su marido no les hiciese un vacío. 

Él es así, se ocupa de todo y no quiere que nos falte nada, pero le cuesta expresarse. Hay que pensar que apenas con dieciocho años dejó su tierra y su familia y se subió a un barco en busca de un destino que desconocía. Ella lo disculpaba por su mutismo, el amor callado de él, debía ser suficiente para los hijos, tanto como para ella.

Varios años más tarde la familia entera pudo viajar a la tierra ancestral. Era el regreso triunfal. Fue en verano, en el que  estuvieron en las casas natales, pasearon en un imponente automóvil, recorrieron ciudades y hasta países vecinos. 

Ese viaje volvió a quedar entre los recuerdos de quienes lo presenciaron y de los que aún no habían nacido, pero crecieron oyendo hablar de aquella vez en que José de Bardelás  llegó de América con toda la familia y con un coche imponente. 

Eudoxia encabezaba las caminatas, suelta y alegre, saludando a diestra y siniestra, con un dicho y una gracias para cada uno, desde los más viejos hasta  los niños. Se sentaba a comer unas rosquillas o a echar una partida, convidaba una tapa y aceptaba una copa. Como el paseo de la pareja Real, con su comitiva, así se inmortalizaron en imágenes y en relatos.

Pepe, el hijo mayor, vivió esos días tras la lente de la cámara. Fotos y filmaciones infinitas que lo convirtieron en el cronista del regreso de Julieta a su Verona gallega. Callado, cálido e introvertido supo rastrear  los testimonios que conserva y del que disfruta aún hoy. Entendió que estaba recogiendo la felicidad de su madre, esa mujer que había destinado muchas horas de sus noches a escucharlo o dejarlo callar sus pesares. Ahora ella disfrutaba viéndolo caminar por entre las xestas los toxos buscando con el ojo en la lente alguna escena para  inmortalizar. 

Se la puede ver con un vestido de margaritas bailando en las fiestas de campo, o haciendo revolotear una falda plisada blanca y elegante en un recodo de la vieja carretera. Sonriente y cantando, pandereta en mano, con la alegría que había tenido de muchacha. 

No la opacaban ni los hijos ni José, que la lucía como un galardón en el ojal.

La Cenicienta y su carroza parecían no haberse desvanecido a la medianoche. Sin embargo muchas lágrimas, como las de Julieta,  habían mojado la almohada, allá en la lejana Buenos Aires, sin permitirse ni la morriña ni el lamento. Agradeciendo lo que tenía y sin pensar en lo que había dejado. Tomó la decisión y no había vuelta atrás. Nunca dudó de que había hecho lo mejor, en su tiempo y con sus posibles.

Ella sabía que no todo lo que reluce es oro. Muchas noches se quedó en la cocina sola, dejando que decantara la angustia de no haber vuelto a ver a sus padres, o tejiendo con fervor en la máquina que se había comprado para que José no pudiera pedirle cuentas de sus gastos.

Otras muchas sólo esperaba que los hijos se acercaran a ella para contarle sus cosas, el padre no variaba su horario de cenar y dormir por nada ni por nadie. Y escuchar no había sido lo suyo. Y contar tampoco. 

Pero es muy bueno, honrado, trabajador, todo lo que logra lo hace para  nosotros y nos quiere, de la forma que puede. Yo también lo entendí, les decía cuando los reclamos de los hijos se hacían sentir. 

Ahora estaba allí, donde aún se la recordaba como a la princesa que había podido vivir el sueño que ninguna de aquellas mozas de aldea podía permitirse siquiera desear.

Este viaje es hermoso, venir aquí con mis hijos, que vean los lugares en que crecí y de los que les conté aventuras. Pero siento que es tardío. Se arrodilló ante la tumba de sus padres y les pidió la comprensión que merecía.

Hice lo que pude. Y fue esto. Aquí les traje a los nietos, que son mi orgullo y mi tesoro. Pepe y Dorita, ese nombre se lo puse en homenaje a ti, mamá. Las campanas que redoblaron a deshora, le sonaron a respuesta y a perdón.

Todo viaje tiene un fin y regresaron a su hogar porteño cargados de  álbumes de fotos y cintas de filmaciones que, alguna vez vieron juntos los cuatro, y que muchos años después formaron parte del legado más difícil de organizar, el de los recuerdos.

El tiempo fue haciendo surcos en las caras y las manos de todos, menos en las de Eudoxia, pues parecía que un hada le había obsequiado el don de la fuente de la juventud. 

Vivió muchos años, rodeada del amor de sus hijos y nietos. Partió cuando Dios lo dispuso, sin saber que José se había apresurado a despedirse antes, no resistía verla y oírla perdida entre sus recuerdos, alejada de la realidad. 

Cuando se entregó al reposo lo hizo con la misma cara bonita, los dientes de perlas asomando entre su sonrisa y las manos de hada entrelazadas con las de su hija. 

“Siempre fue mi ejemplo y mi guía", me dijo Dora, mientras cuenta la historia de esa Julieta de Coiras. Ella se impuso aprender a nadar, a andar en bicicleta, a terminar sus estudios formales, y todo lo logró cuando otras mujeres ya pierden el entusiasmo y se dan por vencidas. 

Esa herencia me dejó, vivir con alegría, aprovechar lo que tengo hoy, disfrutar de los afectos. Aún no me acostumbro a no oírla llamarme desde su piso, invitándose a compartir una taza de café a media tarde o a conversar como amigas, serenamente.” 

A su lado Juan, el esposo, con los ojos húmedos por la ternura y el cariño, asiente: “Pudo ver a los nietos cumplir los sueños de estudio y trabajo, pasear con ellos y mimarlos, un poco a escondidas, con sus platos preferidos”. 

Argentina - A- Eudoxia y sus hijos Dora y Pepe webEudoxia junto a sus hijos Dora y Pepe

Años después esa hija que aún no encuentra consuelo en la desaparición física de su madre, de la que no tiene más que recuerdos gratos, anécdotas que la enriquecen y ejemplos de voluntad y resiliencia, devolvió a sus padres al lugar del que habían partido, cada uno en su panteón familiar: en Dozón, en el panteón de los Bardelás, José Ledo García; en Coiras, María Eudoxia Pérez Álvarez.

Y allí descansan; el baile había sido encantador y mágico, como el de toda Cenicienta, pero ya era la hora del reposo.

Y Julieta retornó a Coiras.

Celia Otero.

Febrero de 2021.