Miércoles, 24 de Abril de 2019
16/03/2015

Viena, la ciudad que se perfuma

Digamos que, entre el final de las navidades (que aquí terminan, como en España, con la fugaz visita de los Reyes Magos) y algún punto de mediados de marzo y primeros de abril, se extiende por Austria en general y por Viena en particular un periodo singularmente peñazo, que todos los habitantes de este país procuramos llevar con toda la paciencia que vamos pudiendo.

Es el periodo menos vistoso del año porque, principalmente, nieva, hace frío y no se ve el sol. La nieve, en una ciudad como Viena, es bonita solamente en fin de semana y las primeras cuatro horas. Olvídense los lectores de Extra Austria de esas postales con cierto sabor navideño. Cuando sales a la calle a las ocho de la mañana y te tienes que enfrentar con un engrudo negruzco (que, para colmo, está mezclado con sal, que es horrorosa para los zapatos) que tiene la consistencia de la arena de playa, la verdad es que se te pasa todo el romanticismo que te pueda quedar al respecto del fenómeno blanco.

Luego, claro, la falta de luz. A veces, pasan quince, veinte días sin que puedas ver el sol y el cielo es una extensión algodonosa color panza de burra que, inmutable e igual a sí misma, te cobija y te lleva a la desazón. Los colores se disuelven en las cincuenta sombras de gris famosas (solo que sin el momento ese en que la heroína de la historia se muerde los labios) y las fachadas se muestran ceñudas y pardas. Un desastre.

Otra cosa que pasa en esos casi tres meses de abstinencia solar es que la ciudad, por algún misterioso sortilegio, deja de oler a nada (bueno, no es un misterioso sortilegio: es la temperatura del aire).

Sin embargo, en algún punto del calendario (este año ha sucedido durante esta semana) es como si se rompiese el maleficio y, de pronto, Viena, sin avisar, empieza a tener los olores normales de cualquier ciudad (bueno, en el caso de Viena, los olores normales de una ciudad en la que las casas, en su mayoría, tienen más de cien años). Es el primer aviso de que el invierno está dando su brazo a torcer y de que ya queda poco para poder empezar a disfrutar de lo bueno. Con el remonte de las temperaturas, las calles de Viena empiezan a oler, primero, al aroma de cartón viejo y a madera medio podrida que sale de algunos sótanos cuyos ventanucos dan a la calle. Huele luego a tierra húmeda, huele a verde (que es un olor que, los que somos de sitios más bien áridos, como es la meseta castellana, encontramos singularmente exótico). Huele a ajo (hay una variedad silvestre del ajo, el Bärlauch, que los vieneses recolectan en esta época del año). Huele a violetas, que crecen en el Prater.

Son estos olores naturales que uno saluda con alegría, porque significa que pronto volverá el sol, y los chubascos que amenizarán las tardes, después del trabajo, cuando uno salga con los amigos a tomarse algo o camine persiguiendo tranvías tratando de no mojarse. Además, son olores aún frescos, son olores niños, olores jóvenes, que no presagian nada la siguiente marea olfativa del año, que es cuando aprieta el calor y uno se sube a los transportes públicos y siente ganas de decirle a algunas personas que los hijos de los fabricantes de geles de baño también tienen que comer y que no está mal hacer un poquito de gasto en jabón.

Pero de los olores del verano hablaremos llegado su momento. Hoy está bien que lo dejemos aquí.