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Una provincia para labrarse un futuro

Brais Iglesias | 09 de septiembre de 2019

Tres personas que llegaron desde el extranjero para conseguir una oportunidad relatan su experiencia, sus inquietudes y, sobre todo, sus agradecimientos a una provincia que gana población inmigrante.
Tres personas que llegaron desde el extranjero para conseguir una oportunidad relatan su experiencia, sus inquietudes y, sobre todo, sus agradecimientos a una provincia que gana población inmigrante.
Tres personas que llegaron desde el extranjero para conseguir una oportunidad relatan su experiencia, sus inquietudes y, sobre todo, sus agradecimientos a una provincia, Ourense,  que gana población inmigrante

El repunte de la inmigración, que los expertos valoran como uno de los ejes clave para combatir la despoblación, se deja notar en más de sesenta concellos ourensanos.

El declive demográfico mira hacia el otro lado del charco como quien mira al cielo desesperado en época de sequía. Ourense sigue ganando músculo, especialmente entre los menores de 30 años que llegan desde fuera del territorio nacional.

Según el último informe del Instituto Galego de Estatística, los 1.709 habitantes que ganó Ourense el pasado año atendiendo solo a los movimientos migratorios se dejó notar en dos de cada tres concellos  y 8 de las 12 comarcas.

El concepto, a veces arraigado, de que los inmigrantes suponen un riesgo para los derechos de los que viven aquí, no es compartido, ni mucho menos, por los que llegan. Muchos han conseguido ya labrarse a un futuro y tienen un apego a la tierra que bien necesitarían quienes, a veces, reniegan de ella. 

Un trabajo fijo, una familia que le aprecia o la posibilidad de tener un negocio y poder tener hijos que vivan en un lugar seguro son algunos de los valores que Carolina Rodríguez, Puiu Costache o Giovanna De Nunzio han conseguido encontrar en Ourense. 

Todos coinciden en que el trato al de fuera, al extraño, es positivo en la provincia. Quizás la emigración histórica de los ourensanos haya contribuido a que se mire al de fuera con unos ojos que en otros rincones no suele ser la tónica habitual.

Ello nunca han  tenido problemas, aunque confiesan que quizás en el rural los inicios son más complicados. Sin embargo, precisamente ahí, es donde encuentra el trato más cálido y amable con el paso del tiempo. 

Todos tienen claro que hay ovejas negras en cualquier colectivo, pero quieren dejar clara una consigna. "En cualquier sitio hay que trabajar". Y ellos son buena muestra de ello.

 

                      Giovanna de Nunzio (Venezuela): “Lo he encontrado todo, un trabajo fijo y mi pareja"

 

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Llegó de Barquisimeto (Venezuela) el 27 de noviembre de 2017 y ya ha conseguido ser responsable de una tienda. "Llegué sola, con los ahorros que tenía. Encontré un curso de Cruz Roja de ventas, hice las prácticas, me cogieron y estoy ya fija", explica esta venezolana, que se considera ourensana. "En el curso encontré trabajo y a mi pareja, se puede decir que lo encontré todo", relata. 

A sus 22 años, reconoce que la experiencia es satisfactoria y no piensa regresar a su país: "No me lo esperaba, porque aquí todos me decían que era difícil encontrar trabajo sin experiencia". Llegó con vivienda –"tenía un piso de mi tía–, pero ahora reside con su pareja en una vivienda de As Lamas (Barbadás). 

Llegó a Ourense sin dudar. "La situación allá era tan crítica que en una semana lo preparé todo. Lo decidí un lunes y el viernes ya estaba volando. Tenía la nacionalidad gracias a mi padre".  Tuvo que hacer el gran "sacrificio" de dejar a su familia al otro lado del charco, pero no duda en asegurar que no se arrepiente.

"Mis abuelos hicieron lo mismo hace muchos años, pero al revés". De la gente de Ourense solo tiene buenas palabras. "Hice amigos en el curso y en el trabajo, quedo con ellos y salgo con ellos, nos llevamos súper bien". 

No ha recibido nunca un trato xenófobo: "No me he topado con nadie que me haya tratado mal por ser extranjera y ya me dicen que soy más gallega que venezolana". 

Actualmente, ni se le pasa por la cabeza regresar, "lo tengo más que claro, la situación no está para volver". A su familia la apoya desde aquí: "Realmente, les ayudo más estando aquí que si estuviera allá".

 

                     Puiu Costache (Rumanía) “Era mendigo y una familia me acogió, les debo la vida"

 

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Cuando llegó, hace ya más de una década, estuvo un año mendigando en el centro de la ciudad. "Siempre pedía comida, yo no vivía bien como algunos piensan de los mendigos".

Recuerda como un 22 de diciembre 2011 un señor se le acercó con una olla de garbanzos, calzoncillos limpios y algo de dinero. Al poco volvió y le ofreció cenar con su familia  en Nochebuena: "Fue la mejor Navidad que había vivido", confiesa este joven, que se crio en Rumanía en un orfanato.

En pleno Fin de Año, volvieron a visitarle en la calle, el mismo señor y otras personas de su familia: "Me dijeron, coge toda la ropa y te vienes a vivir con nosotros". 

Desde entonces reside en la vivienda de esta familia en Coles, y está encantado con el rural. "Se vive mucho más tranquilo que en la ciudad, aunque al principio había muchos chismorreos, algunos pensaban que les iba a robar la cartera". 

Para la familia que le acogió solo tiene buenas palabras: "Les debo la vida por acoger a un rumano gitano". Dejó su país con 21 años tras un largo viaje en autobús de cuatro días: "Es muy difícil venir a un sitio a mendigar, pero gracias a Santa Rita, este  hombre me salvó la vida". 

Gracias a los estudios en su país de origen ejerció como intérprete de la Justicia y ahora trabaja como peón en Amoeiro. Antes, estuvo como camarero y recepcionista de hotel. "En marzo se me acaba el contrato e intentará seguir aprendiendo y espabilando". 

A sus 32 años tiene muy claro el mensaje que quiere dar a los xenófobos: "Pago alquiler, pago impuestos y no vivo gratis. No venimos a robar".

 

                   Carolina Rodríguez (Venezuela): “Hay que abrirnos las puertas, no regalarnos nada"

 

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Llegó hace dos años y medio y desde hace casi uno regenta su bar en la avenida de Portugal de la ciudad. "Cuando llegué me ofrecieron 900 euros de ayuda a familia de retornados, pero no la quise. Les pregunté si me iban a pagar por no salir de casa, me dijeron que sí, y dije que ni de broma.

¿He trabajado desde los 16 años y ahora me van a regalar dinero? ¿Un jubilado puede ganar 500 euros y a mí con 36 años me vas a regalar 900 euros? Carolina se vino sola desde Venezuela, después llegaron sus dos hijos de 20  y 16 años, también sus padres llegaron poco después. No mira atrás y no piensa en regresar.

"Allá no podía vivir, me robaron 14 veces en un año, apuntando a mis hijos". Llegó a Carballiño aunque pronto empezó a trabajar como camarera en la ciudad. "A la semana de llegar conseguí empleo, y no he dejado de trabajar hasta hoy.  Al principio no sabía ni servir una copa, no me gusta el alcohol, y no había cogido una bandeja en mi vida. Pero a las tres semanas ya me dejaban sola en el bar. Me decían que querían una Estrella y les decía, ¿qué es eso?", relata. 

Fue maestra 22 años en su país, algo que no podría convalidar aquí sin volver a estudiar, lo que no se plantea. "Me llamaron para decirme que era una perseguida de la justicia venezolana por traición a la patria. ¡No he matado a una cucaracha en mi vida y tengo antecedentes penales!". Montó su negocio sin ayuda de nadie, "solo de los bancos con créditos para arrancar". 

Sobre el estigma de la inmigración, confiesa que "en Latinoamérica quizás la gente está  acostumbrada a que si tiene problemas el Gobierno le tiene que salvar, la sociedad está muy dañada".

No tiene queja alguna del trato: "En cualquier parte del mundo vas a tener que trabajar". En ese sentido, dice que a los inmigrantes "hay que abrirles las puertas, no regalarles nada". 

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