Domingo, 18 de agosto de 2019

Hija de emigrantes y emigrante. Nací en el trópico y de mayor me instalé en la tierra de mis padres. Quiero contar historias que reflejen mi admiración por esos padres que lo dejan todo por dar un mejor futuro a sus hijos y que sirvan de inspiración a quienes ahora se embarcan en esa aventura. También escribo en maternidadfacil.com, donde comparto junto a madres jóvenes la experiencia de la maternidad.

Madre emigrante: puente entre dos culturas

Imagen: Bagnoli, Matteo. Calippo a Barcaggio, Julio 2011. Obtenida en: Flickr
Imagen: Bagnoli, Matteo. Calippo a Barcaggio, Julio 2011. Obtenida en: Flickr

Rosa emigró en los setenta a buscar una vida mejor a América, la tierra de las oportunidades. Se fue desde un pueblo pequeño de Ourense a un lugar que perfilaba las maneras de una gran ciudad.

Emilio se fue antes que ella para instalarse, encontrar un trabajo y buscar un lugar para vivir junto a Rosa. La séptima de diez hermanos cargaba sus maletas de ilusiones y se subía por primera vez en su vida a un avión, sola. Estaba hecha un manojo de nervios, pero la movía la esperanza de llegar a un lugar en el que dar a sus hijos un futuro lleno de posibilidades.

Hijos: los deseaba con todas sus fuerzas. Su mayor ilusión era ser madre. Tras pasar por un embarazo que no culminó bien y por dos abortos espontáneos temía que la maternidad no fuese para ella. Pero la suerte le sonrió y consiguió quedar embarazada de nuevo.

Hasta no estar seguros de que todo iba bien no dijeron nada a nadie y nueve meses después nació la pequeña Antía, la princesa de la familia. Al verla tan pequeña e indefensa papá y mamá se deshacían en nervios; nadie les había enseñado a ser padres.

Entonces fue cuando Rosa comprendió lo que significaba ser madre emigrante. En una época en la que no había teléfono en la casa del pueblo, Rosa no podría pedir consejos sobre cómo criar a su pequeña a la mujer que había tenido diez hijos y que habría estado encantada de tener a su nieta en brazos al poco de nacer.

Fue muy duro. Rosa se adaptó al cambio poco a poco. Conoció a otras familias y con sus amigas también madres fue aprendiendo, un poco por observación y otro poco por intuición, qué tenía que hacer ante la primera gripe, el primer diente, el primer cólico, la primera noche de llanto sin parar.

Para Rosa lo más triste era el desarraigo y la pérdida de la idea de “gran familia” que se tiene en esos pequeños pueblos, donde los hermanos están cerca y los abuelos pueden ir cuando quieran a ver a sus nietos. Se preguntaba si podría inculcar a su niña los valores que ella aprendió en su tierra en esa ciudad que, para ella, todavía era extraña.

Antía aprendió a hablar gallego antes que español, escuchó nanas típicas y muñeiras antes que merengue y salsa, tuvo su primera rianxeira antes que el Nenuco y aunque su vida discurría en una gran ciudad, su madre siempre le contaba historias de su pueblo, donde los árboles estaban por todas partes y no solo en los parques.

Las madres emigrantes son un puente entre dos culturas. Por un lado se adaptan a un ambiente nuevo, con sus propias tradiciones y aprenden de la mano de sus hijos las cosas que son propias de la región en la que están establecidas, mientras enseñan lo que ellas aprendieron durante su infancia en la tierra de la que provienen. Esta mezcla ayuda a que los hijos sean personas más abiertas hacia aquello que es diferente y se enriquezcan de los valores positivos de las dos culturas que viven, dentro y fuera de casa.

La pequeña Antía creció así nutriendo sus raíces de ambos mundos. Aprendió de Rosa y Emilio la historia de sus familias, a las que enviaban cartas por las fiestas y que para ella eran una presencia lejana pero importante. Creció alrededor de su lugar natal y enseñó a sus padres las cosas que aprendía en el colegio y que también para ellos eran novedad.

Fue Rosa quien ayudó a su hija a crecer con equilibrio entre ambos mundos, disfrutando su ciudad natal y aprendiendo sobre la tierra de sus padres. El rol de una madre emigrante es fundamental para que los hijos creen lazos fuertes con las dos culturas con las que se relacionan a lo largo de su vida.

Tanto es el amor que su madre le inculcó por su tierra, que muchos años después fue Antía la que, con un par de maletas, emprendió el vuelo para hacer de la tierra de sus padres, la suya propia. Y así espera por el momento en el que pueda volver a reunirse con ellos, pero esta vez en el lugar que tanto añoran y al que tienen tanta morriña.