Miércoles, 19 de Junio de 2019

Hija de emigrantes y emigrante. Nací en el trópico y de mayor me instalé en la tierra de mis padres. Quiero contar historias que reflejen mi admiración por esos padres que lo dejan todo por dar un mejor futuro a sus hijos y que sirvan de inspiración a quienes ahora se embarcan en esa aventura. También escribo en maternidadfacil.com, donde comparto junto a madres jóvenes la experiencia de la maternidad.

En busca de la tierra no tan prometida

Cuando vivía en Venezuela recuerdo las conversaciones que tenían amigos míos respecto a todos esos otros países maravillosos a los que soñaban emigrar. Recuerdo también que siempre conocían a un amigo de un amigo al que le había ido muy bien y que en poco tiempo tenía una vida más acomodada que la que había dejado atrás.

Recuerdo que al hablar de España se escuchaban cosas como que al poco de llegar podías tener un coche nuevo y cambiarlo al cabo de dos años por un nuevo último modelo. También se decía que por menos de nada ya ganabas un sueldo de 1500€ y que te sobraba dinero para ir de vacaciones y para ahorrar para la hipoteca.

Después, cuando fui yo la emigrante recuerdo conversar con viejos conocidos que se habían embarcado en esta aventura incitados por estas quimeras y que, tras darse de bruces con la realidad, culpaban a España, Suiza, Canadá o EE.UU. de sus pesares.

Cuanto más difícil es la situación en un país, más intenso es el deseo de llegar a una tierra prometida y son muchos los que no toman la precaución de investigar cómo son las cosas realmente allí adonde tienen pensado ir. La desesperación es una muy mala consejera cuando llenas tus maletas de ilusiones y te lanzas al vacío.

Pero cuando yo emigré tenía 21 años y mucho margen para caer y levantarme. No tenía cargas, deudas, ni problemas mayores que conseguir independizarme lo más pronto posible y depender de mis propios ingresos. Y no fue fácil. Aún contando solo con mis propias cargas hubo ocasiones (y no pocas) en las que necesité contar con la ayuda de mis padres o amigos.

Conseguí estabilizarme y arrancar en un país diferente, con costumbres, tradiciones y sistemas a los que me adapté poco a poco y ahora tengo una situación que, con sus idas y vueltas, me permite disfrutar de una libertad y una tranquilidad que nunca iba a experimentar en mi país natal. Pero no sin sacrificio.

Sin embargo sigo escuchando historias de tierras prometidas: de venezolanos que ansían saltar el charco y de españoles que buscan un futuro mejor en los sueldos suizos; de fantasías construidas en la tierra maravillosa de las aventuras del amigo de un amigo que hizo una casa en el pueblo con los ahorros de un año de trabajo, o del primo del conocido aquel que ahora va con un Mercedes por la calle presumiendo de estatus social.

Y sigo viendo los resultados de esas aventuras mal pensadas, poco planificadas y arriesgadas, que acaban en separaciones, depresiones y un sentimiento de desolación y rechazo por el país anfitrión, porque todas esas maravillas que adornaban las historias resultaron ser un atrezzo, una ficción que nada tiene que ver con la realidad. La diferencia es que ahora veo eso en amigos que ya tienen familia, en padres de hijos que sufren las consecuencias de no haber reflexionado lo suficiente una decisión tan seria como lo es emigrar.

Y me pregunto por qué sucede esto, más en un momento en el que la información está al alcance de la mano, que Internet nos abre una ventana al mundo y podemos ver cómo son las cosas en realidad en otros lugares. ¿Por qué se sigue pensando que la tierra prometida existe? ¿Por qué se sigue creyendo que al cabo de unos meses se va a poder vivir igual o mejor que en un lugar en el que llevas toda la vida luchando para tener lo que tienes?

Y la respuesta me llega en una nueva conversación con una pareja de amigos, padres de cuatro hijos. Ellos son trabajadores como pocos; tienen una pequeña empresa y un estilo de vida austero para dar a sus hijos la mejor educación que pueden y cuentan con una vivienda propia. Quieren emigrar a causa de la inseguridad rampante del país, la escasez y la situación política y económica que cada vez es más crítica, con la idea de encontrar un país mejor para sus hijos y por eso se están informando.

Contactan conmigo para preguntarme cómo son las cosas aquí y yo les cuento sin tapujos cómo viví yo la emigración y cómo han cambiado las cosas con los años. Les digo que no es nada fácil, pero que no es imposible y que lo más sensato es que uno de los dos busque establecerse mientras el otro mantiene el negocio allá, para no quedarse sin opciones.

Pero ellos no quieren escuchar eso, esperan que les diga que con la crisis los bancos venden los pisos a precios irrisorios y que, con un trabajo de camarero, pueden permitirse un alquiler en el centro de Madrid para toda la familia.

Y como mis respuestas no son lo que esperan y mi recomendación es que piensen diez veces las cosas antes de emigrar, más teniendo hijos, deciden dejar de preguntarme y hablar con el otro amigo, que tenía un amigo que compró una casa cerca de la playa por 20.000€ y que encontró trabajo de lo suyo a los dos meses de llegar.

Porque, ¿para qué emigrar a un país normal si puedes vivir en el paraíso?