Martes, 17 de septiembre de 2019

El milagro de la música española

El lujoso salón del Club Español de la Ciudad de Buenos Aires desbordaba de gente en la cena de la Federación de Sociedades Españolas. Gallegos, riojanos, mallorquines, aragoneses, andaluces: de todo había. Oriundos de la Península o más argentinos que el mate y el asado.

Hacía calor, abundaban los discursos y en nuestra mesa, con una mayoritaria presencia femenina, comenzaba a privar un humor un tanto viscoso que no menguaba ni con la gentil presencia del Embajador y sus acompañantes, todos amabilísimos. Daban ganas de retirarse pronto porque ni los abanicos detenían sofocos y sudores.

Por fin, el silencio precedió al cantante. Y comenzó a escucharse:

“Por el camino verde
camino verde
que va a la ermita
desde que tú te fuiste
lloran de pena las margaritas.
La fuente se ha secado
las azucenas ya están marchitas
en el camino verde,
camino verde
que va a la ermita…”

Fue más que providencial, y se obró el milagro. Todas las mujeres de la mesa comenzamos a cantar a voz en cuello y sin vergüenza alguna y ya no nos detuvimos porque lo más mágico era que sabíamos todas las letras.

Nos enamoramos de la luna como el toro. Celebramos la “Fiesta”, con Serrat, y le dijimos “Te quiero” al pasodoble.

Éramos niñas como en los años cincuenta, cuando en Argentina se vivía lo “español” con un amor a toda prueba. Sin duda heredado de padres y abuelos, en muchos casos y, en otros, por haber abrevado en la fuente de las coplas “en vivo y en directo”.

Extraña comunión de paisajes y personajes desfilaba por nuestros corazones mientras una más que legítima alegría nos invadía en la noche porteña.

Hasta nos animamos a bailar uno que otro pasodoble entre mujeres, ya que era lo que abundaba allí. Y no nos importó nada más que dar esos pasos y contonearnos al compás de la música alegre y familiar.

“Pasodoble, te quiero,

 porque estando en tierra extraña,

 tú me traes el recuerdo tú me traes el recuerdo

 de aquella madre que tengo en España…”

Sé que la mayoría de los lectores jóvenes tal vez no lleguen a comprender la emoción de sentirnos unidas por nuestras historias aunque proviniéramos de diferentes lugares.

Nosotras vivimos ese instante como un regalo especial de nuestras raíces comunes, tan lejos de donde partieron los nuestros o nosotras mismas, en algunos casos, para hacer la vida a orillas del Río de la Plata siempre con morriñas.

Cuando uno de los caballeros que nos acompañaba decidió regalarnos unas jotas, nos sentimos verdaderamente transportadas.

Hasta que dejamos la copla, y nos fuimos a Galicia:

“Ondiñas veñen

ondiñas veñen e van

non te embarques rianxeira

que te vas a marear.”

A partir de ese momento el sentimiento de hermandad hizo desaparecer calor y discursos para aunarnos en el amor a España y a sus canciones inolvidables.

¡Benditas sean!