lunes, 23 de noviembre de 2020

HISTORIA DE LA EMIGRACIÓN. POR CELIA OTERO

Sira y Pepe: con el amor rebelde

José López Areán,
José López Areán, "Pepe", con su esposa, Sira Janeiro Vázquez

SIRA Y PEPE. CON EL AMOR REBELDE

José López Areán, da casa dos Caroeiros, nació en 1918, en Barrio, una aldea do Sixto, en Dozón. Era el tercero de 5 hermanos, desde pequeño sabía que no había lugar para él en la casa, aunque tenían tierras, el hijo mayor era el da millora. 

Su padre, Maximino, estaba en Argentina, había hecho varios viajes, y siempre regresaba con cartos y se volvía dejando a su mujer en estado. No faltaba el dinero en casa de los Arean, pero había que trabajar muy duro y un padre ausente y casi desconocido.

Sira Janeiro Vázquez, da casa dos Carbaxales, vino al mundo 8 años después que Pepe, en una aldea no muy lejana, Amedo, en la parroquia de Saá, Dozón. De los siete hermanos, cuatro eran mujeres. Todas muy guapas, se las conocía por su porte y su galanura. Cuando creciera debía buscar un buen casamiento con algún mozo de la comarca, en su casa la pobreza era mucha, pocas tierras, menos vacas, apenas lo elemental para comer. 

Sira. En Amedo de pequeña con su familia web

Sira de pequeña, en Amedo, con su familia

Se conocieron en una fiesta popular, de esas que en los veranos ambientan las aldeas con santos y procesiones y alguna banda musical. Sira y Pepe bailaron, luciendo estampa. Ella vestía muy bien, todas las Janeiro sabían coser y bordar y campaban como ricas, eso decían en el lugar. Pepe era cuidadoso de su figura, alto y fuerte, se esmeraba en llegar a los sitios con los zapatos muy brillantes, para ello guardaba os zocos que traía puestos en algún escondite y se presentaba recién lustrado y planchado.

Cuando Sira bajó a la lareira a pedir consentimiento para casarse con ese mozo del que se había enamorado, el padre la miró con la dureza de su autoridad indiscutida y solo le dijo:

- Sira que ese home non e bó para ti, eche un vello. Severo y lejano agregó: Lévate moitos anos, e non ten donde recibirte. Na sua casa non caben mais.

-Mire usted, si non me caso con él, non me caso con ningén. José Janeiro permaneció callado. Non esperaba una filla que obedezca, pensó. Eu fun por a miña conta sempre.

Tampoco en Sixto la noticia fue bien recibida.

-Pepe, dijo su madre, non vaia ser que che pongas tolo por esa moza de Amedo. Non teñen nada e ti tes que mirar por onde buscas teu sitio, alguna casa de labradores ricos que necesiten un home para traballar e teñan una filla casadeira. 

Pero los dos fueron rebeldes, a su modo, como se podía en esos tiempos y un día de 1946 se casaron en la iglesia de Saá. Pepe fue para Amedo por pocos meses, sabiendo que debía buscar su futuro en otras tierras, en Argentina, donde estaba su padre y tíos que podían reclamarlo. Allí no tenían lugar, ni ellos ni tantos otros. 

Cuando Sira le anunció que estaba embarazada apuró los trámites y consiguió las reclamaciones. Fue su hermana preferida, Emérita, quien habló con su madre para que le prestara el dinero para el pasaje. Ya se lo devolvería. 

Pepe marchó a Vigo y estuvo durmiendo en la calle hasta que salió el primer barco. Emérita  también fue la que visitó a su mujer cuando nació la pequeña, Sirita, hermosa como su madre. Por entonces Pepe, ya estaba en Buenos Aires.

-Pobriñas Sirita, tu, que tardaches tanto en conocer a teu pai, e tua nai, que venía contigo a ver a Emérita porque a tua avoa do Sixto nin siquera quería recibirlas.

Eso le contarían a Sira, la hija, muchos años después cuando retornó a Galicia, con el dolor de quien había partido sin memoria y con desprecios. 

Pepe había llegado al puerto de Buenos Aires. Maximino, el padre, le esperaba convencido de que a ese hijo lo iba a casar a gusto y conveniencia. No se había enterado de la boda. 

En el conventillo de Constitución compartieron habitación ese padre y ese hijo que poco se conocían y menos se confiaban. En Buenos Aires había tíos, que llevaban años en estas Américas y habían hecho posición. Pepe buscó apoyo en ellos, que vivían en Floresta, un barrio más acomodado y tenían ya hijos con estudio, el sueño de todo inmigrante.

-Tienes un puesto de sereno en el Banco de Londres, le ofreció ese tío, con contactos y posición. No es mucho, pero es trabajo y te deja el día libre para ganarte otro sueldo, si te lo propones y sacrificas.

Maximino López había esperado a un hijo que suponía soltero, ya le había buscado una candidata, una mujer bastante mayor y poco agraciada pero con muchas propiedades. Una buena nuera. Cuando escuchó de boca de Pepe que está casado y esperando un hijo, la sorpresa se transformó en disgusto y  abandono.

-Pepe, Pepe, carallo…ti qué ficeches? Se fue llevándose hasta los muebles, ni siquiera la cama, solo una vitrola sin discos, y se marchó a España. Fue su última estadía en Argentina, los viajes de Maximino habían terminado. 

Pepe tuvo el dolor en su corazón mientras vivió y nunca lo perdonó. Conservó hasta el final el papel firmado, constancia de la devolución del dinero del pasaje. Y con él firmó el padre su decepción.

La noche en que llegó a dormir y no encontró ni un colchón, solo la vitrola, como una burla, Pepe sintió que tenía que apurarse a juntar el dinero para los pasajes de su mujer y su hija y esperarlas con todo lo necesario. Como Dios manda. 

En menos de dos años logró su propósito y las recibió en el conventillo de la calle Quince de Noviembre 1545, en Constitución, con una cama grande y otra pequeña, para la niña, que pronto serían dos, porque en dos años llegó Olguita, quien le puso alegría y risas al patio, a sus padres y a todo el barrio. 

La cocina pequeñita, con un brasero de carbón que les calentaba las noches de invierno y llenaba de aromas a caldo las cenas, era el escenario de los juegos de las niñas y las risas de sus padres iluminaban la pobreza digna de los emigrantes.

La pequeña Sirita sufrió el viaje en barco y también y la llegada, por el desprendimiento de su madre con quien había dormido desde su nacimiento y que ahora sentía usurpaba su lugar ese desconocido, su padre. 

Tardaría lo suyo en aceptarlo y amarlo. Pero no le fue difícil, Pepe era un hombre que puso a su familia por encima de todo, y se deshizo trabajando para mejorar sus condiciones de vida. Orgulloso de sus hijas.

- Sira es la guapa decía, y Olga, nacida en Buenos Aires, pero de la más pura cepa gallega, Olga es la simpática y la artista. 

Celia Otero SIRA. OLGA Y SIRITA EN CARNAVALES

Olga y Sirita, de Carnavales

Por las noches Pepe inventaba o transformaba viejos cuentos y leyendas celtas en fabulosos relatos para que sus hijas se durmieran deseando ser princesas, sus princesitas. En ellos había joyas, perlas, oro, lo que hiciera falta para que soñaran lo mejor, como lo hacía él.

Pocos años después pudo comprarse el primer terrenito, en las afueras, y lo fue transformando en una réplica de la huerta gallega. Todos los fines de semana trabajaba la tierra y llevaban las berzas, los grelos y las patacas para su casa.

Había encontrado una rentable ocupación durante el día. Colaboraba con un inmigrante italiano, que se dedicaba a transportar máquinas industriales. La fortaleza y el empuje de Pepe eran tales, que en un tiempo lo invitó a asociarse y luego, cuando se retiró del negocio, que ya tenía varios camiones y muchos clientes, se lo ofreció a Pepe. 

-Cómpralo galleguito, que si no te alcanza el dinero, me lo irás pagando, sé que en tus manos queda bien cuidado. 

El puesto de sereno ya lo había dejado y  las noches eran para su familia. Ahora podía permitírselo. El conventillo fue reemplazado por una gran casa en Flores, la que conservó durante toda su vida y en la que recibió a paisanos y amigos con comidas que dejaban en claro que un gallego tiene siempre una pota llena y una mesa pródiga.

Sira, que había trabajado desde su arribo a Buenos Aires en el Hospital Moyano, enfermó, la fueron trasladando a tareas más livianas hasta que debió retirarse con una pensión. Su corazón no era fuerte y su vida había sido de las que necesitan dos corazones;  o un Pepe que cuide al único que se tiene.

Disfrutó de su grande y hermosa  casa. En ella puso todo su amor, en las tareas cotidianas, en el cuidado de su marido, del que estuvo enamorada siempre, hasta el último día. En esa casa vio convertirse en adolescentes y jóvenes a sus hijas. Con sus estudios, sus amigos y el alegre repiqueteo de Olguita, a quien su hermana miraba con cierta condescendencia, por ser la seria y la mayor.

Celia Otero SIRA. PEPE FESTEJANDO HASTA SUS ULTIMOS DIAS

​Sira y Pepe, festejando, hasta sus últimos días

-La rebeldía se hereda, le dijo la madre a su marido el día que supo que Sirita estaba de novia con un japonés. Sabía que Pepe pondría el grito en el cielo, él esperaba un paisano o un hijo de gallegos para sus princesas. Pero ellas, como sus padres, hicieron su voluntad.

-Lo quiero y ya está, le dijo su hija, tal como su madre lo había hecho, allá en Amedo. 

 Con el tiempo esa rara mezcla de nipones y gallegos trajo un nieto maravilloso.

Olga estudiaba, a veces no demasiado porque se entretenía mirándose en el espejo ensayando las canciones y los bailes de Carmen Sevilla o Sarita Montiel. Es que ella había nacido porteña, pero su padre la había paseado por los restaurantes de la Avenida de Mayo, por sus cines Gloria y Victoria y por sus teatros Avenida y el Tronío. Desde Carmen Amaya a Pedrito Rico todo lo había visto y admirado. Soñaba ser artista. Una noche su padre la vio sobre el escenario del Avenida, en un entreacto, aferrada al micrófono y entonando La Campanera, entonces supo que esa hija le había robado el corazón.

También se lo rompió cuando ya de novia, con Luis, un descendiente de italianos y españoles se marchó a Barcelona para casarse allá, con ese ingeniero argentino que estaba trabajando en Cataluña. 

La ausencia no fue por mucho tiempo, en un par de años retornaron. Olga les dio el primer nieto y asistió al casamiento de su hermana Sira.  

Celia Otero SIRA. SU FAMILIA Y SUS NIETOS

​Sira Pepe, con su familia y sus nietos

Después serían cuatro los nietos y todos varones. Federico, Martín, Agustín y Eduardo llegaron a completar el grupo de la mesa familiar. Pero fue el primero quien le devolvió a Pepe la juventud y el amor de padre, el que le robó las sonrisas más amplias y el que lo lloró más que nadie cuando se fue definitivamente. 

Hacia 1989 el corazón de Pepe, o dos Carboeiros, le pasó la factura por los años de esfuerzos y trabajos duros. Tenía 70 recios años y murió en su ley. Sin estar en cama, sin descanso. Como un carballo al que fulmina una centella. 

Cuarenta coronas de flores y varios coches lo acompañaron en su último viaje, el respeto que se había ganado en su vida de trabajo, compañerismo, amistades y familia se manifestaron en ese cortejo que lo despidió, como lo que era, un grande. 

Sira lo sobrevivió unos años más, pero ya no era la misma, ni su sombra. 

- En realidad, cuenta Olga, actual depositaria de la historia familiar, mamá se fue con él, nos dimos cuenta después. Dejó de cocinar, que era su cotidianeidad, y hablaba todo el tiempo de la bondad de mi padre.

- El sabía querer a las mujeres porque se había criado con la madre y las hermanas que eran quienes lo habían mimado, repetía y  recordaba los caprichos de ese hombre al que le gustaba comer muy bien, siempre dentro del repertorio gallego. No me vengan con trapalladas, a mí un buen jamón y tortilla o cocido y lo demás es nada.  

Por las tardes, en su casa, acompañada de sus hijas y nietos rememoraba el viaje que habían hecho juntos. 

-Seis meses en Amedo que me permitieron ver y disfrutar a mi madre por última vez, hablaba de esos días y reía recordando las rencillas familiares por las famosas partixas de las herencias de los leiros, un clásico de todo el rural gallego.

Celia Otero SIRA. Y VOLVIERON A AMEDO

Foto de Sira y Pepe cuando volvieron a Amedo

Su gastado corazón se apagó despacio, en el hospital Español, como debe ser, dijeron. Sira, a dos Carbaxás, decidió que ya era demasiado el tiempo pasado sin Pepe.

Celia Otero SIRA. AMEDO ACTUAL web

Foto actual de Amedo

Años después las dos hijas pudieron viajar juntas a Galicia en busca de unas tías ancianas que debían volver. Olga observa la cara de Sirita, esa hermana gallega que parecía no sentir nada por su tierra, en tanto ella, que no lo era, la había tenido siempre  como propia. 

-En su cara pude ver, cuando el paisaje verde asomó debajo del ala del avión previo al aterrizaje en Santiago, unas lágrimas y una sonrisa. Era el semblante de quien sabe que fue expulsado y tiene que perdonar. 

-Te reconciliaste con tu galleguidad, le dije. Y no esperé la respuesta. 

Recorrieron los cementerios de Saá y de Sixto, donde descansaban sus antepasados. En un recodo apareció un hombre enjuto, con una azada al hombro y apenas verlas les dijo: 

-Vosotras sois dos Caroeiros non? Bem se sabe por a estampa. Todos campaban así. Nunca supieron quién era, se alejó llorando, agradecido por esas forasteras que homenajeaban a sus muertos.

En estos días Olga debió desocupar cajones de Sira, que hace casi un año se fue junto a sus padres, tal vez se adelantó para ganar el tiempo que había perdido al nacer lejos de Pepe. 

Ya enferma le hizo prometer a Olga que cuando mejorara iban a volver juntas a Galicia. Es mi mayor deseo. Que volvamos a ver esos prados y esos montes, y los puentes sobre el río. Pero no pudo ser, Sira abandonó la vida con la misma serenidad con que la había vivido. 

En esos armarios Olguita encontró recuerdos de los viajes a Galicia, hórreos, postales, gaitas y hasta delantales con recetas de empanada. 

-Ay Sirita!, te lo tenías bien guardado, ese amor por tu tierra querías conservarlo en secreto, casi rebelde, como todos los amores de esta familia.