Viernes, 17 de enero de 2020

"La niña de la fonda"

La niña de la fonda
La niña de la fonda

"La niña de la fonda", por Celia Otero

Es una mujer destacada en su profesión, ella que en la niñez fue la niña de la fonda. Avellaneda, en Buenos Aires, fue su patria chica… desde el mostrador conoció la vida de los paisanos y aprendió a falar galego y a poner en canciones la morriña y el desarraigo.

La conocí comentando con mucha ternura y morriña los relatos sobre historias de inmigrantes que con cierta frecuencia yo publicaba en un grupo virtual de la colectividad. Interpretaba con mucho criterio lo expuesto y lo que estaba por detrás, lo no dicho. A veces usaba expresiones en gallego y otras escribía como una analista literaria. Fidelina Farías (que así la llamaré) no pasaba desapercibida.

Con el tiempo y la magia de las redes sociales tomamos contacto directo y supe de su generosidad cuando se ofreció a revisar algunos párrafos en nuestra lengua, de la cual no soy experta.

Emigró de muy niña deduje erróneamente, porque cuando nos encontramos, café de por medio, para conversar como amigas que ya éramos, me sorprendió al aclararme que ella había nacido acá, hija de padres inmigrantes, con una casa de comidas para obreros en Avellaneda. “Yo fui por muchos años la Niña de la Fonda”, me dijo, y rió con la espontaneidad que la caracterizaba.

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En mi imaginación la vi en uno de esos “bodegones” mezcla de taberna gallega y almacén criollo, lugares que en los años de la inmigración fueron fuente de trabajo para unos y refugio de paisanos para otros.

Y con su voz comenzó a relatar la historia que, tal vez sin saberlo, había construido en esos años, a partir de sus vivencias y de lo escuchado, a veces de frente y otras a hurtadillas.

Sus padres fueron de los últimos emigrados a Argentina. Por esos años, finales de la década de 1950, ya eran otras ciudades de España, como Barcelona o países vecinos europeos los que atraían a los gallegos que no contaban en su tierra con lo necesario para sobrevivir, o no eran “os mourazos”, el hermano al que le queda la casa por ser el mayor.

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Ellos tuvieron sus razones para elegir Buenos Aires. Los dos eran lucenses, de la montaña y nacidos en la misma aldea. Este conocimiento tan temprano llevó a Marcelino a cortejar a Maricarmen en las fiestas y romerías ni bien abandonó la niñez. Ella gustaba, y mucho, de ese buen mozo, del que siempre estuvo “demasiado enamorada” según decía, pero le desconfiaba porque tiña fama de galán de moitas mozas y era con motivos.

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Marcelino Farías era de buena planta y allí en su tierra tenía oficio de “serrador”, compraba carballos en sociedad con otros, y luego los cortaba para venderlos para durmientes y obras. Ganaba cartos, que poco le rendían porque había que ayudar en la casa y allí tenía una hermana con varios niños que hacía años esperaba que su marido, emigrado a Argentina lograse reclamarlos y juntar a la familia. Asique Marcelino, vino a ayudar a su cuñado.

Maricarmen recordaba y añoraba a su hermana emigrada a Buenos Aires, que la había criado en su niñez asique se propuso seguir sus pasos y dejar atrás aquella vida de cuidar ovejas y cabras en el monte y trabajar unos pocos leiros que apenas daban para encher o pote de caldo.

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Maricarmen llegó a Buenos Aires en febrero del 59 y bajó del Salta, un buque que guardaba en sus camarotes tantas lágrimas como emigrantes había transportado. En el Puerto la esperaban su hermana y Marcelino.

En la memoria de Fidelina aún resuena la frase con que dicen que el padre le explicó su presencia a la recién llegada, y con un acento gallego que me impresionó, la reprodujo sin titubeos: “¿Cómo non vou vir a recibir unha veciña da miña parroquia? Benvida Maricarmen, aquí tamén viviremos uno a veira do outro. Esto é meirande, pero aos galegos quédanos pequeno”.

En una semana Maricarmen se convirtió en la ayudante de cocina en una fonda del barrio, por allí pasaba todas las tardes Marcelino, a tomar algo y a saludarla. Y le repetía que la pretendía desde que la había visto dejar la niñez. Ella se cuidaba, porque sabía que el zorro pierde pocas veces las mañas. Pero un día un pariente compinche y conocedor del corazón de las mujeres, le mintió que Marcelino se había puesto de novio. Maricarmen entonces, resuelta y decidida a que no le ganaran la partida, tomó el toro por las astas: “Mira Marcelino si me quieres te acepto, pero el casamiento ha de ser tan pronto como se alisten los papeles. Eu non estou para perder o tempo ou dar que falar”.

La frase era otra de las clásicas que coronaban las comidas con anecdotarios varios, y Fidelina se había criado oyéndola, tanto que casi le parecía haberla presenciado.

Con los años la historia del romance fue tomando la forma de la historia familiar y cerró el círculo cuando muchos años después pudo llegar a lugar en que había comenzado todo, con el nacimiento de Maricarmen.

Frente a la taza de café en Buenos Aires, Fidelina me contó que Maricarmen nació en la primavera del año 1938, cuando aún la guerra sonaba en los frentes, en un amanecer soleado que había puesto fin a la intensa lluvia, que suele entrar sin permiso como dicen los poetas. En Galicia la primavera se convierte en alecrines dorados que coronan los toxos que bordean el camino, y amarillean las xestas que alfombran la pendiente hacia el valle.

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El llanto de la niña resonó haciendo eco entre los montes que enmarcaban la aldea, y todas las casas supieron que Fidelina da Fonte había dado a luz. La comadrona había sido la mayor de las hijas da Fonte, que ya era madre, por lo cual Maricarmen nació siendo tía.

Las vecinas acudieron, como se estilaba, para colaborar y llevar lo que se regalaba a las parturientas, tesoros que se guardaban para una necesidad o para ayudar a quien le hiciera falta: una media pieza de queso, huevos, chocolate, un trozo de unto y si se podía, lacón y chorizos de la última mata. Lo que hubiese, todo era bien venido en esos tiempos de hambre y requisas.

Una de las visitas fue Genoveva, “a dos Carontes”. No tenía casi nada para regalar. En otros tiempos, la suya había sido una casa poderosa, cuando sus suegros vivían, tanto que hasta tenía una construcción con fines de colegio para la aldea. Pero ya hacía muchos años, que la grandeza se había diluido, quizá en el Atlántico, con los viajes que su marido emprendía hacia América, en busca de una fortuna imaginaria y también a causa de la guerra que dejó a todos en la miseria, y a los perdedores, más aún.
FONDA-LA-ESCUELA-webPero las reglas ancestrales de urbanidad que regían esos pueblitos pintados en las montañas lucenses obligaban a la visita y a la ofrenda, así que, rebuscando en la lareira de su casa, encontró un único frasco de azúcar. Sin dudarlo lo envolvió en un mantelito blanco con bordes puntillados para llevárselo a su comadre, la de la Casa da Fonte.

Antes de salir llamó a su Marcelino, de cinco años, que estaba en el portal de la casa, al sol del mediodía: “Anda pequeno, imos ir a casa da Fonte, que a túa madriña esta mañana déu a luz a unha nena!”

Fidelina da Fonte se negaba a aceptar el frasco con azúcar, diciéndole a Genoveva “Non o quero muller, faite máis falta a ti que a nos”, pero a nái de Marcelino le respondía que “se non fora por ti éu habría de morrer daquela que ben o sabes…cando viñeron a por meu home”. Y con emoción la comadre, aceptando el regalo, dijo “Anda, cala muller, que de esas cosas non hay que falar… Mira, mira qué nena fermosa temos eiquí, mira Marceliño, mira”. El pequeño, que era el menor de su casa, no estaba acostumbrado a ver recién nacidos, y le llamaban la atención los sonidos y los mohines de esa niña, así que la miraba atento, y muy tímidamente le tocaba con la yema de sus dedos las cejas, los labios, el mentón, las manitos… si hasta parecía que ella le sonreía…

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Entonces Fidelina da Fonte lo sentó en el medio de la cama, le puso una mantilla sin estrenar en el hueco que hacían las piernitas, le armó los brazos en forma redonda, y levantando a Maricarmen de su cuna, la acomodó en el regazo de Marcelino diciéndole: “Anda, mírala y cuídala que ésta es para ti”.

Ya de grande, en Avellaneda, detrás del mostrador de la fonda que había comprado porque los patrones de Maricarmen decidieron que era tiempo de retirarse y dejar que “os novos se encarguen”, Marcelino enlazaba la historia del nacimiento de Maricarmen con un destino marcado, por lo cual el casamiento no lo tomó de sorpresa y mucho menos el requerimiento de ella de no perder tiempo en noviazgos que pudieran llevar a confusiones. Tomó al pie de la letra aquellas palabras, “non estou para perder o tempo ou dar que falar”, y se casó cumpliendo varios sueños, el de quien había sido su suegra, el de su novia, y el del Marcelino niño.

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Poco más de un año después vino la primera hija. La nombraron Fidelina por su abuela materna. Maricarmen siempre supo que su madre Fidelina da Fonte miró a Marcelino como el que la iba a cuidar. Y siempre lo quiso demasiado.

Llamándose Fidelina, crecer en los modernos años de la década del 60, no fue fácil. Pero ella supo hacerlo, y supo entender por qué en casa de algunas compañeras, no se hablaba como en la suya ni tenían sus costumbres. Supo de gallegos y de criollos. De inmigrantes y de integración. Todo lo aprendió sin que se lo explicaran. Se dio cuenta que sus padres hablaban otro idioma, que también era el de ella, el primero que había oído. Dentro del negocio era natural, ya que la mayoría de los clientes eran paisanos, y los que no, ya se habían acostumbrado. “Hoy siento que mi lengua natal es el gallego, me dijo, porque fue la que me acunó y la otra la fui aprendiendo en la vida y en la escuela”.

La fonda era el negocio para trabajar, y tenía vivienda, como se estilaba. Allí se crio, anduvo en triciclo entre las mesas, aprendió a jugar a la brisca mirando a hurtadillas para no molestar. Tenía tantos familiares como parroquianos. Son amigos-paisanos-clientes, así decía su padre, sin comas.

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Los días de las festividades de fin de año eran interminables. Los recuerda como un continuado de comidas y comensales que llenaban el salón. Nochebuena y Fin de Año el bodegón no se cerraba, era día de trabajo y todos los paisanos-amigos-clientes que aún estaban solos venían a festejar en ese sitio que era como la sucursal de su tierra. Para el 25 de diciembre y el 1 de enero, sí estaba cerrado y se cocinaba para la familia invitada, que además vivía muy cerca. Por supuesto que se agregaban algunos clientes que estaban sueltos y eran bienvenidos.

Con sus ojos de niña veía que había casas con arbolitos de Navidad, adornados y con luces. No era costumbre en casa de inmigrantes. Aunque le gustaban sus fiestas desordenadas, multitudinarias y con la voz de un primo entonando un cancionero que abarcaba desde la Rianxeira hasta las Saeta al estilo de Serrat, pasando por la Virgen de la Macarena y las canciones de los mineros asturianos, no dejaba de ansiar un arbolito como aquellos.

El día de Reyes era distinto, en eso estaban todos de acuerdo, siempre que lo que se pidiera estuviera al alcance de los bolsillos de Marcelino y Maricarmen. Ella y ellos sabían que el misterio ya no era tal, pero mantenían las formas e iban por la juguetería a ver qué carta escribiría al hacer su pedido. Cuando deseó una muñeca que caminaba, la madre la llevó a verla y averiguar el precio: resultó un imposible. Entonces le pidió que buscara algo que la reemplazara y estuviera a su alcance. Colgado de un estante había un arbolito navideño, de cartón, que se plegaba. Lo tocó, como en un sueño, fue el primero que tuvo y al que adornó ingeniosamente durante varios años, con toda la ilusión.

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La vereda de la fonda era el patio de juegos, con los amigos del barrio y del colegio. Pasó la infancia esperando la revista Anteojito, que los jueves dejaba el diariero por encargo del padre. Nada la ilusionaba más que leer. Y en ello tanto Marcelino como Maricarmen la alentaban, porque “lo que tengas en la cabeza hija mía no te lo saca nadie”. Eso no impedía que también hubiera que aprender a coser y tejer, no eran actividades incompatibles.

Yo no viví la experiencia de conocer a mis abuelos”, la voz de Fidelina sigue contando su historia, removiendo con la cucharilla un pocillo en el que intuyo que hay más que azúcar, están sus recuerdos dando vueltas y yo voy recreando esas imágenes que me resultan tan familiares. Mi amiga y sus padres eran una familia de emigrados y lo más cerca que estaba de sus abuelos y tíos era a través de las cartas escritas en papel y con sobres vía aérea estampillados. Aún conserva muchas, en los cajones de los armarios y de la memoria. Este detalle de ser pequeña sin abuelos carnales, no la privó de la experiencia de sentirse nieta, y de vivir el legado que una abuela por elección, y del corazón le dejó, entre varias, muchas tradiciones criollas, que sus padres luego aprendieron, pero que, en los sesenta, eran cosas desconocidas para dos gallegos veinteañeros. La abuela Margarita, con quien se adoptaron, le puso en el pecho la primera escarapela, y le enseñó a recitar “en el cielo las estrellas… en el campo las espinas… y en el medio de mi pecho la República Argentina”.

Le regaló las primeras pinturitas y libros para pintar. Ella tenía al lado de la fonda un quiosquito de esos que vendían de todo, y posiblemente las cosas que le daba, fueran compradas por sus padres, pero Fidelina Farías las recibía como su legado.

Supo de Caperucita Roja desde esa voz, la de la abuela postiza, y conoció el primer día de la madre porque Marga le enseñó que había que elegir un regalito, un camisón rosa, con una tarjetita con su nombre y dedicatoria. Todavía la conserva, una ilustración de pensamientos violeta, aunque la brillantina se haya caído con las hojas del almanaque de la vida.

Fue esa abuela la que le indicó que había que dejar preparado el día 5 de enero por la noche el pasto, el agua y el pan duro. Le explicó que era para los camellos, los Reyes comían otros manjares. Marcelino, que de niño no había conocido ni regalos de Reyes ni camellos no dejaba de recordarle: “Fide, mira que non olvides o pan, que si non non che veñen!”

Eran tiempos en que Papá Noel aún no sabía el camino gallego hacia Avellaneda, y los Reyes Magos eran toda la aspiración que la magia imponía.

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Ya en el secundario, Fidelina se inclinó por las ciencias exactas, le gustaba mucho la literatura y era muy buena alumna en todas las materias, como buena hija de gallegos trabajadores, pero se destacaba en las redacciones. La profesora se decepcionó cuando le comentó que optaba por las ciencias duras. Es que, sin saberlo, respondía a ese mandato implícito de que el estudio además debía ser útil, para progresar, para salir adelante.

Sin embargo, no dejó de despuntar el vicio de las artes, como le gustaba cantar, aprendió a tocar la guitarra con una amiga que estudiaba y le daba las clases repitiendo las que ella recibía y hasta tuvo la osadía de ser actriz de teatro en gallego. En la obra, de Castelao, había que cantar esa canción que dice Lela, Leliña, que era su personaje y por el acento genuino que tenía para “falar galego, a cousa máis natural do mundo”, le dieron un protagónico. “Lo mío son las tablas madre”, le decía en broma a Maricarmen, pues sabía que nada de eso era visto como digno de una familia de honrados gallegos trabajadores.

En la Facultad siguió el rumbo de la bioquímica, se recibió de farmacéutica, trabajó y ascendió en la industria relacionada, certificó su especialidad en Estados Unidos y pudo tener un nivel de reconocimiento importante.

Sin embargo, la mayor satisfacción y el más importante logro no fue siquiera el del día de la graduación, en el que sus padres se abrazaron como si toda la aldea se hiciera presente. Ese fue un hito muy grande, pero hubo otro, que no respondió a la razón ni al intelecto sino a la intuición, a la corazonada.

La fonda se había vendido y su padre trabajaba como comerciante en un ramo menos sacrificado, ya habían hecho la casa a gusto y con las comodidades que consideraban, entonces un día Marcelino y Maricarmen decidieron que la tierra los llamaba, que merecían darse una vuelta por aquellos sitios de su infancia y se fueron de viaje.

Fidelina sintió que les debía algo que no podía envolverse ni ponerle un moño, como le había enseñado Margarita. Les debía una alegría tal que los acompañara hasta el último instante, si alguno debía partir. Ella ya era una mujer casada, aunque joven y llegó a Lugo de sorpresa, solo por diez días, con sus dos hijos de la mano. Y se presentó en las casas que vieron nacer a sus padres, cantó con sus primos las canciones que había aprendido aquí en esas mesas de cuarenta personas que entonaban todas al mismo tiempo, o a destiempo. Se sintió arraigada a aquellas piedras que bordeaban los caminos de tierra, a las duras cuestas de las montañas que aún los pastores suben para que coman sus ovejas… no tuvieron que explicarle nada.

Pero todo lo había aprendido allí, en esa fonda que la vio nacer y crecer. Y que ya no está. Fidelina vive en el mismo barrio y supo de la demolición. Pero no pudieron arrasar con todo. Unos baldosones de granito, de la vereda de sus juegos sobreviven en un pasillo de costado de la gomería en que arregla su auto. Forman un camino, tal vez sea el que lleve al cielo, donde ya están Maricarmen y Marcelino.