jueves, 01 de octubre de 2020

POR CELIA OTERO

"La historia de Pepe Moure y Celia Mellid"

Pepe Moure, Celia Mellid y Cristina Moure Mellid. Año 2002
Pepe Moure, Celia Mellid y Cristina Moure Mellid. Año 2002

La historia de Pepe Moure y Celia Mellid  a través de su hija Cristina, que fue el único pilar que la vida les dejó para amarrarse hasta el final. “Tengo una sola cuenta pendiente”, nos dice. Conocer la tierra de mis padres, que es la mía.

Pepe, Celia y Cristina web

La tarde en que Cristina Moure Mellid regresaba conduciendo su auto, recibió un llamado que la reclamaba en casa de Celia, su madre. Se inquietó, la había visitado esa mañana y la vería al anochecer, como todos los días. La había visto bien, muy atenta a que el jardín quedara libre de malezas, controlando que el hombre que arreglaba el parque desde que su Pepe no estaba, lo hiciera más o menos “o xeito”.

Sin embargo por el tono del llamado dedujo que debía apurarse. Ella sabía que su padre no iba a tardar mucho en venir en busca de quien fuera su amor de más de 60 años.

Mientras conducía, tratando de que las lágrimas no le impidieran atravesar la ciudad con su tránsito enloquecido, rememoró la historia que había construido con lo escuchado durante toda su vida.

Se habían enamorado desde aquella romería en que se conocieron más de medio siglo atrás “y ella se había vuelto toliña do todo por él”, según afirmaba el marido y nadie se atrevía a poner en duda.

Por eso Celia había salido de su casa, sola, sin dar vuelta la vista, sin abrazos ni palabras, con reproches por la locura que iba a hacer. Conservó siempre la última imagen de su padre, sentado en una silla baja, sin mirarla… Se iba la hija menor, la que estaba destinada a quedarse con ellos. Y se iba tras ese mozo que no sabían muy bien quién era ni qué hacía. Y no les gustaba.

Viajó a Coruña, y de allí tren a Cádiz confiando en la palabra de Pepe que aseguraba que se iban a casar ni bien llegase. Embarcó en el Cabo de Buena Esperanza. Vio alejarse la costa, y su mirada se perdió en el mar, “tan cheo de lágrimas como de esperanzas”. 

Quince días después llegó a la otra orilla, donde estaba “o seu Pepiño”, vivió en casa de unos primos, y al mes se casaron, en Avellaneda. Nada había sido fácil, pero se tenían el uno al otro, por más de 60 años, durante los cuales Celia estuvo orgullosa de la planta de buen mozo de su marido y de sus paseos del bracete, por la calle, como dos enamorados que eran.

Pepe .Celia, en la aldea web

Pepe Moure Pallares, de la casa dos Grandes de Berredo, en Lalín, había perdido a su madre a los dos años, José, su padre, rehízo su vida y marchó a Cuba, en busca de algún destino mejor. Volvió casi diez años después, cando seu fillo esté afeito a crianza dos avos, e do tio Julio. Y eso marcó su carácter rebelde. Con el tiempo entendió que uno siempre hace lo que puede.

Pepe se crió con el abandono en el corazón y el sentimiento de que su padre no había hecho lo suficiente por ellos. Cuando regresaron de Cuba, ya con una hija nacida allí, él tenía 13 años, y era tarde para aceptar órdenes de su padre.

Pepe y  José Moure Barrio, su padre web

Nada le gustaban las labores del campo, además mucho no había, solo unos  pocos leiros que nunca serían suyos.

Inteligente y sagaz, ni bien salió de la infancia supo encontrar su modo de vida comprando y vendiendo  todo lo que se le presentara. Aún no tenía 18 años cuando vivía como un hombre, en todos los aspectos. La vida le había exigido crecer, y lo había hecho a los apurones. Tal vez no eligiera los mejores caminos, sino los que pudo.

Pepe, en la aldea con sus amigos web

Se hizo hombre antes de tiempo. Anduvo sin mucho rumbo, hasta que en esa romería de Melide las volteretas del vestido claro de Celia lo encandilaron. Ella era pequeña y él muy alto, como todos los de su familia, pero al bailar, la magia de la fiesta los hacían una pareja perfecta. Sonreían como en las pantallas de cine, él tenía un encanto que nadie le negaba y ella el donaire de una princesa de cuento.

Conocer a Celia y querer sentar cabeza fue todo uno. Pero ¿cómo, con qué y dónde? En casa de ella ya había herederos, y en la de él también.

“Temos que facer algo muller”, le dijo un día, de los pocos en que se encontraban. Voy a la Argentina a buscarme la vida y luego te vienes. Allí tengo unos tíos y en menos de una semana conseguiré un trabajo, te lo juro. Si no es así, me vuelvo.

Pepe tenía algunos cartos, para el pasaje, y por ese entonces 33 años y mucha experiencia. No había tiempo ni posibilidades para analizar. Sabía de vecinos que habían marchado a Barcelona o a otros lugares, él mismo había estado en las minas de Asturias un tiempo. Pero todo era nada.

Sus tíos de Argentina le ofrecieron alojarlo y le aseguraron que trabajo no le faltaría. En junio de 1949 salió de Vigo en el buque Salta, que llevaba un cargamento de paisanos y tenía impregnado el dolor de otros miles que habían atravesado el mar en sus camarotes. A su lado, Laureano, su amigo y vecino temblaba tanto como él, pero también se hacía el fuerte.

Llegó a Buenos Aires, el 8 de julio, bajo una tormenta descomunal. Estaba solo en el puerto, orgulloso como era,  no había enviado fechas de su arribo definitivo. Se las ingenió para averiguar cómo llegar hasta Piñeiro, allí en esa Avellaneda de la que tanto le hablaron. Subió a un tranvía, algo nuevo para él. Pero la mayor  sorpresa fue cuando se dio cuenta que el conductor y el “guarda” eran paisanos da terra y además de una aldea vecina. Buen augurio Pepe, se dijo. Estás muy lejos, pero somos muchos.

Llamó a la puerta de sus tíos a la una de la madrugada, chorreando agua y con frío, pero triunfante. Recordó  por años la cara de sorpresa de sus familiares cuando le vieron ahí con la maleta en la mano. Había logrado desembarcar y hacer el viaje hasta ese lugar desconocido sin ayuda de nadie. Para eso era O grande de Berredo.

Allá en Galicia, Celia quedó  triste, en el dilema de arrear hacia lo desconocido con su amor, o quedar cuidando de los suyos. Entendió que la vida se le estaba yendo y que era la hija destinada a solterona dedicada a cuidar a padre y hermanos. Entonces apostó a su corazón.

Era la menor, la que el maestro había elegido para que siguiera estudiando, por su aplicación y porque “eche moi lista a rapaza”. Pero sus padres no la autorizaron porque hacía mucha falta en la casa. Allí tenía muchos hermanos, casi todos de oficios, como el padre. La madre, por aquel entonces, cuidaba unas pocas vacas que les quedaban, porque no tenían eidos para más, y vendía la leche en la feria a diario. Sin “a pequena” no podrían arreglarse. Lo del estudio no puede ser, le dijeron al maestro. Celia bajó la cabeza y aceptó, como lo haría siempre. Hasta que conoció a Pepe.

El amor fue más fuerte que el mandato atávico y decidió seguirlo, al otro lado de la mar, donde él se había marchado. Su madre ya había muerto, la cuidó con el amor y el sentido del deber que le habían inculcado. Era hora de que pensara en sí misma. Claro que tenía que cuidarse de ese  mozo, Pepe era muy afeito a ter amores. No estaba dispuesta a ser engañada por quien  tenía fama de embaucar mujeres. Confiaba en que sabría cómo manejar la situación. Era pequeña pero muy firme.

Así llegó a Cádiz, en octubre de ese mismo año 49. Embarcar en Vigo suponía esperar unos meses, y ella ya había tomado la decisión. Años después aún recordaba a su padre, sentado a la puerta de la casa viéndola marchar sin darle una palabra, ni un abrazo. Tal vez fuese el dolor que no podía expresar, el temor por perder a esa hija que imaginaba eterna en la casa, o el carácter tan gallego de “guardar las emociones bien adentro”, donde solo lo sepa el corazón.

Mientras ella arreglaba los papeles del viaje supo que Pepe tenía un buen trabajo. Avellaneda está rodeada de pequeñas industrias, le había escrito. Hay empleo, sobre todo si aprendes pronto un oficio. Él comprendió la importancia de ser habilidoso para prosperar y pronto pasó de la fábrica de cocinas a la de heladeras, de la empresa Siam.

Pepe. y celia de paseo en Buenos Aires web

A su llegada, Celia apuró el casamiento. Había tomado una decisión muy fuerte, emigrar soltera, creyendo en la palabra de Pepe y no le dio tiempo a no cumplirla. Se casaron el 5 de Noviembre de ese año 1949, con el baúl aún sin deshacer. Enseguida consiguió trabajo en una fábrica de fósforos. Fue por muy poco tiempo porque un día Pepe le dijo:

—Yo haré doble turno si hace falta, y estoy aprendiendo el oficio de instalador para hacer trabajos por mi cuenta,  fuera de la fábrica, pero tú te quedas en casa.

Pepe y Celia en su primera casa, en Gerli web

Alquilaron vivienda en Gerli, lugar muy cercano a Avellaneda, un barrio muy alegre. La casa era de madera prefabricada, pero por dentro Pepe la había arreglado con todas las comodidades. Él le prometió que allí serían muy felices.

Y lo fueron; hasta el fin de sus días recordarían esos tiempos de Gerli como los más luminosos y quedaron en sus memorias como la años felices. Cristina los escuchaba contar anécdotas y reir, y sabía que hablaban de aquellos días.

Después residieron en Piñeyro, otro barrio cercano, perteneciente a la tradicional Avellaneda, que ya era una provincia más de Galicia, por la cantidad de paisanos que allí vivían.

Pero unos nubarrones enturbiaban a la pareja, era la espera, demasiado larga, a que llegaran hijos. Al fin, con la ayuda de novenas y rosarios rezados, Celia le comunicó a Pepe que serían padres.

Durante los meses de gestación él tejió mil proyectos y ella tejió mantillas y batitas. El día que “salió de cuentas” esperó a la comadrona, que era quien la atendía. Las horas pasaron aguardando a que se produjera el parto. Pujos y dolores, ruegos y sudores, todo soportó Celia con la ilusión de ser madre. Cuando llegó el momento se dieron cuenta que había sido demasiado tarde para el niño.

Lo lloraron ese día y todos los del resto de su vida. En el próximo embarazo Celia quiso que la asistieran en un hospital. Iría a lo seguro. Este lugar era nuevo, acababan de inaugurarlo. Allí tendría más suerte, pensó. Pero, como una maldición, la historia volvió a repetirse… explicaciones que ni escucharon: si la maduración, o la placenta, quizás el cordón. El desconsuelo fue enorme. Ella no olvidaba que el reloj corría y sus años ya no eran tan mozos. Tal vez debiera aceptar que el destino les cobraba muy caro su amor y haber dejado a sus padres.

Nunca más asistieron a velorios ni funerales o entierros, contraviniendo las normas de cumplimiento social de la colectividad, infaltables en tales acontecimientos. Para ellos era un imposible.

Cuando ya comenzaban a perder las esperanzas, un tercer aviso maternal ilusionó y a la vez aterrorizó a Celia, que repetía a quien quisiera oírla que si le pasaba lo mismo se quitaría la vida. Pasaron las nueve lunas y el llanto de una niña despejó las nubes negras y un sol iluminó por siempre el hogar de los Moure.

Pepe.  Cristina web

—Cristinita, le decía años después, eso es  lo que iba a hacer si tú no llegabas, me mataba, te lo juro, pero Dios nos premió con un tesoro, fuiste mi salvadora.

“Eres el único motivo de nuestra alegría”, la frase  acompañó a la hija durante su infancia y el resto de su vida.  Cuando era pequeña no comprendía el peso que suponía ser la depositaria exclusiva de las ganas de vivir de sus padres, luego, ya mayor, oscilaba entre la culpa por ser la superviviente y la responsabilidad de no fallarle a quienes la veían como la única estrella de su cielo.

No podía defraudar a su padre, que llegó a cargar bolsas en el puerto en los tiempos malos para su trabajo, que los hubo. No importa lo que yo tenga que hacer, decía Pepe, mientras seguía con sus  arreglos de refrigeradores, si no alcanza con esto, en los cargueros  siempre necesitan gente. Hay que poner el hombro y en eso, O Grande de Berredo non falla.

Pepe y Cristina (1) web

Cristina tampoco falló. Fue excelente alumna, como se esperaba de toda niña hija de inmigrantes, en el colegio religioso de la zona, donde cursó primaria y secundaria, con especialidad en comercial, algo muy natural para quienes, como sus padres, pensaban en el estudio no sólo como un medio de crecimiento personal sino también de posibilidades laborales.

Poco tiempo antes de terminar su primaria, veinte años después de haber pisado el puerto de Buenos Aires, Don Pepe tuvo su casa propia. Fue en Valentín Alsina, siempre en la zona sur de Buenos Aires, el lugar que lo había recibido y donde había crecido su hija y su amor por la nueva tierra. La emoción de tener lo suyo, él que nunca había podido sentirse dueño del suelo que pisaba, no le hizo perder de vista que había muchos arreglos para hacer. La propiedad era grande y con posibilidades, pero tenía años y estaba descuidada.

—Si esperé tanto para poder comprarla puedo tener otro poco de paciencia y mudarnos como Dios manda, le dijo a Celia y Cristinita asintió, ella siempre pensaba que su padre tenía la mejor intención.

Se mudaron en 1971. La nueva casa le trajo nuevos amigos, entre ellos un vecino, que cambió el curso de su vida: Néstor, quien sería su marido, y “el hijo de bendición” según decían sus padres.

Una mañana, cuando Cristina ya hablaba de planes de boda, Don Pepe anunció que su amigo Laureano, ese con quien había embarcado en Vigo, treinta años atrás, le proponía hacer el viaje de regreso. “Y si vinimos juntos es justo que volvamos igual”, dijo y aceptó emocionado.

Celia no quiso ser de la partida. “No vuelvo, afirmó, ya no están los mayores”… Y se quedó con la imagen de su padre sentado inmóvil en la puerta de la vieja casa de piedra.

La llegada de Pepe a su tierra se vivió como una revolución, a que non sabedes quen viño? O de Buenos Aires, da casa de Berredo, ven por amor de ver a familia! El recibimiento fue tan grande como lo eran los de su estirpe. 

En ese mes  revivió alegrías y pesares, y también tuvo la certeza de que ya tenía otro sitio en el mundo, otro que no era el de su nacimiento, pero en el que había echado raíces y germinado su semilla. Extrañaba a quienes lo esperaban en su casa, allá en Valentín Alsina. Y comprobó que emigrar era un camino sin retorno. “Aunque vuelvas, estás partido en dos. Por siempre.”

Retornó y apadrinó el casamiento de su hija, quien les brindó dos nietos, Nelson y Viky,  que cubrieron los huecos de sus vidas.

Años después fue Viky quien  viajó  a Vigo y entendió aquello de las raíces, de lo que le hablaban sus abuelos y su madre, Cristina. Estuvo en casa de la tía Fidelina, la hermana más pequeña de Pepe, la que había sido su preferida y para quien, aunque hubiera poucos cartos nunca faltaba un paquete de rosquillas. 

Llenó sus noches de anécdotas sobre su abuelo, el admirado Pepe, de quien Fidelina solo sabía contar aventuras y maravillas, era su héroe. Supo que ella nunca olvidaría esa infancia protegida por el hermano mayor y que aún sentía la fuerza  del abrazo  de Pepe, cuando su regreso. “Huben de morrer co a emoción, miña filla, foiche moito”

Entonces Viky  comprendió más que nunca a ese abuelo que había entretejido con los nietos los lazos del amor y de los juegos, que había sabido ser compinche y respetado.

Pepe Bernardino y Fidelina, hermanos preferidos de Pepe web

Y mirando a Fidelina y a todos quienes le presentaron como familia sintió que más allá del tiempo y la distancia tenían genes comunes, se parecían. Pertenecían al clan. Se dio cuenta que los trasplantados necesitan volver a sus raíces, aunque hayan florecido muy bien en otros sitios.

El día que Pepe decidió morir, eligió que no lo viera su hija. No le voy a dar a la rapaza este mal rato, pensó. Había tenido problemas de salud, es cierto, pero esa mañana parecía muy rozagante. Le iban a cambiar una medicación, sin embargo el Grande sabía que todo tiene un final, y no quería  irse dejando de ser quien era.

Todavía los vecinos lo recordaban por sus paseos del brazo de su mujer. El imponente, y ella con su pequeña silueta que crecía a su lado, hasta quedar a su altura. Había nacido como Pepe, O grande y así se iría. Sin dar lástima y sin que Cristina tuviese que verlo. La despidió, como a diario, y ni bien se cerró la puerta, se apuró a partir.

En los once meses que se mantuvo Celia a la espera de su llamado, Cristina se dio cuenta que entendía el idioma de sus padres. La encontraba mirando la televisión gallega, y oyendo las veladas del centro Lucense y le venían a la memoria los cuentos que le había contado  para que se durmiera… seguramente lo haría en su lengua, porque yo la comprendo sin esfuerzo y nunca la estudié. Ni siquiera estuve en la aldea.

Recordó también que por las noches, desde su habitación escuchaba las conversaciones de sus padres, y entendió a la distancia que hablaban en gallego, y que así, sin darse cuenta se había transformado en la lengua materna. Como si hubiese nacido allí, pensaba, y se inscribió en el primer curso de gallego que encontró.

Cuando iba llegando destino, le sonaban las palabras en el oído: Se atragantó, no respira bien. El auto parecía deslizarse como llevado por una energía diferente, no era ella, la que pasaba cambios ni apretaba el embrague. Miró hacia el rosario que llevaba en el espejo retrovisor y preguntó: ¿La venís a buscar papi?

Al pasar la esquina vio la ambulancia y gente en la vereda, llorando. Celia estaba en la camilla, la estaban subiendo. Se miraron. Cristina supo que debía cumplir una vez más con el mandato, no alargar una agonía. Morir en la propia cama.

Fácil es prometer, pensó, cuando están todos sentados frente a unos mates y medialunas, entonces se habla de los rituales que se eligen, “mira que eso do cementerio sonche solo negocios” tu a lo más directo. O crematorioA terra nom me mandes, eso sí que non. Era Pepe el que sacaba el tema, Celia entonces, que no gustaba oírlo hablar de aquello inexorable pero amedrentador, se iba a la cocina a calentar el agua.

En la mirada de los tres, sin decir nada más, la promesa estaba hecha. Y ese lunes Cristina supo que era el momento de cumplirla.

— Bajen la camilla, no la interno Doctor… Ya le escuché que hay riesgo de muerte pero…¿Usted me asegura que si la interna no lo hay...? Las lágrimas le rodaban ya sin compuerta cuando el silencio fue la respuesta.

Celia pasó sus últimos minutos al lado de su hija, el motivo de su vida y su alegría. Cristina le había prometido a Pepe que así sería la partida de quienes quedaran y como buenos gallegos ella había aprendido que lo prometido es deuda, y las deudas se pagan.

Por eso al día de hoy, aprendiendo gallego con  alegría y ahínco, jugando con su nieta Luz, sabe que aún tiene una cuenta pendiente. Y la pagará. Como todas, porque las deudas se honran.

Irá a las aldeas y allí de la mano de Pepe, o Grande y de Celia, a Pequena, Cristina  “falará tan alto que retumbará nos montes entre os toxos e as silvas”.

Pepe y Celia - año 2008 web