sábado, 10 de diciembre de 2022

Historia de Elías Fernández Pato. De Loñoa a Boedo. Un ourensano que honra sus tradiciones

Argentina Elías Fernández Pato ELIAS. en la actualidad en su taller web
Elías Fernández Pato en la actualidad, en su taller

¡Ay, la tormenta ha vuelto! Me cubriré aquí hasta que pasen los restos de la tormenta. 

William Shakespeare, La tempestad. 

Elías Fernández Pato nació el 7 de febrero de 1931 en Loñoá del Camino, también conocido como Loñoá das Olas, en la Parroquia de Cobas, Ayuntamiento de Pereiro de Aguiar, Provincia de Ourense. Desde allí partió a los 18 años y actualmente a los 91, concurre diariamente a su negocio, y nos cuenta su historia que, como todas es, a la vez, universal y única. 

Argentina Elías Fernández Pato ELIAS. Con sus hermanos, en Ourense, de izq a derecha, Maruja, Elías y Concepciòn y Vìctor web
Elías Fernández Pato con sus hermanos, en Ourense. De izq. a derecha, Maruja, Elías, Concepción y Víctor

Lo visité en su comercio, la icónica paragüería de Av. Independencia y Colombres, una ochava de Buenos Aires, en el barrio de Boedo. No era la primera vez que entraba en el local, siempre me había atraído por tener un peculiar estilo que lo convierte en algo más que un lugar de venta de paraguas. 

Argentina Elías Fernández Pato ELIAS Cartel web

Cuando Elías Fernández Pato tenía catorce años, escondido entre las sombras bajo los soportales de su pueblo, escuchaba las conversaciones de los mozos que habían vuelto de la milicia en África y se aterrorizaba. Fue así como internamente resolvió que él no pasaría por esos horrores. Y, sin saberlo, había comenzado a decidir que algún día emigraría.

Hijo de Amelia Pato y Antonio Fernández, era el menor de cuatro hermanos. En su parroquia habría unas 70 casas y alrededor de 300 vecinos. La ciudad más cercana estaba a unos 12 km, me dice. Mientras describe su lugar de origen Elías aclara la voz y advierto que remonta las aguas del Atlántico y retorna a su Loñoá natal. 

Argentina Elías Fernández Pato ELIAS Con sus padres en Loñoa web
Elías Fernández Pato Con sus padres, Amelia y Antonio, al regresar a Loñoa

Embarqué en el barco Tucumán, el 29 de diciembre de 1949, afirma sin dudar y sin consultar nada que no sea su memoria, tenía 18 años. El barco arribó a Buenos Aires el 16 de enero de 1950. Pasé mi primer fin de año sobre el mar y me recibió una ciudad que estallaba en una ola de calor, y yo había partido con el invierno de Galicia.

En realidad era mi hermano mayor quien iba a emigrar, incitado por un tío que ya estaba instalado aquí. Visto que él desistió, y yo no quería hacer el servicio militar, por esos relatos de violencia terrible, maltrato y verdaderas atrocidades que sucedían en Melilla, fui quien lo hizo. 

Mi padre se había ido de casa en 1936, un exilio interno, pues se asentó en Villagarcía de Arousa. Sabía que corría peligro de ser denunciado, especialmente por los curas, por sus ideas. Aunque él era un católico acérrimo, tuvo conocimiento de algunas actitudes que lo decepcionaron y le dieron temor. 

Una noche se salvó del fusilamiento por pura casualidad, o porque no era su hora, o porque el guardia civil que lo apreciaba hizo su parte. Lo habían venido a buscar, una cuadrilla acompañada del guardia, cuando ya estaba todo preparado se escucharon disparos afuera y los del comando se fueron a ver qué había sucedido, y ya no volvieron. Mi padre, en parte amparado por el cabo de policía que era conocido del lugar, supo luego que habían fusilado a un vecino que sacaron por la noche de su cama. El policía le dijo luego: Antonio, vete de aquí, porque en la próxima no sé si podré ayudarte. Entonces se instaló en Villagarcía, donde no lo conocían, y se ganó la vida como vendedor ambulante. Mientras tanto mi madre procuraba el sustento vendiendo manteca, huevos, y todo lo que se pudiera conseguir.

Papá nos enviaba algún dinero, pero no a casa, para no dejar rastros, nadie en la aldea sabía dónde estaba Antonio Fernández. Las escasas pesetas llegaban a unos vecinos, para que no se lo identificara. Él se atrevió a regresar recién en 1940, al terminar la guerra, y yo casi no lo reconocí. Fueron años de mi infancia en que no lo había visto ni una vez. Papá era “oleiro”, es decir, hacía ollas de barro, y aunque al regresar no siguió con el oficio, quiso hacer un horno y sacó una hornada, a la que le puso fecha y nombre, como un símbolo. Antes de la guerra había vendido ollas al otro lado del Miño, pero al regresar nos teníamos que conformar con la cartilla de racionamiento. 

Cuando decidí emigrar el resto de mi familia quedó en Orense: mi hermano, dos hermanas y mis padres, yo fui el único que dejé la casa. Por suerte pude verlos al regresar en mi primer viaje. Estoy en Argentina desde 1950. Tenía un tío que ya estaba instalado en el país, que fue quien invitó a mi hermano, y luego a mí, a probar suerte en la entonces tierra prometida. Yo, como te dije, aproveché a escapar del servicio militar bajo el régimen de Francisco Franco. Viajé casi veinte días en barco, cuando pisé tierra me llevé una gran sorpresa. Se decían cosas muy buenas de la Argentina, pero entre el calor y el desorden de la primera impresión, no me resultó agradable. En poco tiempo, al comenzar a recorrer los barrios, me enamoré del país y de su gente. 

Cuando el Tucumán atracó, Elías que estaba en la fila de menores, escuchó su nombre, lo iban a retirar de una especie de galpón en que permanecían aquellos que no estaban acompañados. El calor era sofocante, al oír que lo llamaban pensó en el tío que lo había reclamado. Después se enteró de que el pobre había fallecido unos pocos días antes, el 7 de enero, el mismo día que Castelao, me dice el Elías que hoy, más de setenta años después rememora los días de su arribo. Castelao es evidentemente un símbolo para él, ya que lo vincula con el Centro Orensano, al cual asistió y afirma “Para Castelao era como su casa”. 

Fui a vivir al barrio de Barracas, en la calle Santa Magdalena 311- relata sin dudar, con una memoria que sigue asombrándome y que manifiesta la importancia de esos primeros tiempos en la vida de un joven, son señales que no se borran.

Recuerdo que desde mi habitación escuchaba los ruidos de los vagones que se movían en la cercana estación de entonces. Era un conventillo, en el que predominaban los españoles y los gallegos en particular, aunque había italianos y de otras nacionalidades, pero mucho menos. Barracas fue una zona muy habitada por inmigrantes de nuestra tierra. Estuve tres meses sin comenzar a trabajar, mis primos y tía se ocuparon de mí. El 15 de abril, menciona como si fuera natural recordarlo con esa precisión, ingresé en la Papelera Argentina, de Bernal, en la que estuve cinco años. Me iniciaron encargándome tareas de limpieza del patio, luego de los motores, y a medida que probaron que yo era meticuloso y dedicado fueron llevándome a puestos más complejos, como la sala de máquinas. A veces me sentía enjaulado, por estar tantas horas en la empresa y también recuerdo que muchos compañeros de tareas se burlaban de mí porque trabajaba en exceso, tanto que disminuí la producción para evitar tener conflictos. Por entonces vivía en Lanús, donde alquilaba compartiendo gastos con un vecino. 

En Octubre ya era socio del Centro Gallego, donde siempre me atendieron de maravilla, como mi familia de Buenos Aires. Mis primos eran paragüeros, y les pedí, cansado de la papelera, paraguas para vender e ir viendo si podía iniciarme en otra cosa. 

Argentina Elías Fernández Pato ELIAS trabajando en Ranelagh web
Elías Fernández Pato Primeros años de inmigrante, trabajando en Ranelagh

Iban, como todos los paisanos y familiares al Centro Orensano, que por entonces compró una quinta, una propiedad para fiestas campestres, en Ranelagh, una localidad distante 40 km de la ciudad, el secretario de la institución les ofreció a él y a un amigo que se hicieran cargo del buffet de ese lugar. Era una oportunidad y así lo hicieron. Elías trabajaba por la mañana en la papelera, cumplía su horario y por la tarde viajaba hasta Ranelagh al buffet. No resultó rentable, pues la concurrencia dependía mucho del clima, era un lugar para el aire libre y el buen tiempo. Así es que decidieron dejarlo. Su breve aventura gastronómica no había resultado, pero Elías daba pruebas de que no cejaba en su afán de progreso. 

Me mudé entonces a Barracas, alquilando. Mis primos ya tenían una fábrica de paraguas y yo en 1955 me había convertido en vendedor de paraguas, por la calle, con el pregón. Paragueeeroooo… 

Para un orensano hay dos oficios que son como un traje a medida. Es innato, se nace con los elementos en la mano y el pregón en la voz. Ese anuncio con una rítmica especial, Paraguerooooo vendo paraguas buenos y baratos… se imponía en las calles por entonces más silenciosas que en la actualidad y era la forma de hacer su publicidad y atraer a los clientes. 

Elías recuerda una anécdota, que ha pasado a ser parte de su patrimonio, de una vez en que oyó otro pregón, mientras él paseaba el circuito habitual de su recorrido, y pensó que había surgido un competidor. Cuál no sería su asombro cuando se dio cuenta de que era un loro, (por entonces era frecuente que los loros fuesen mascotas domésticas) y que le imitaba el anuncio con tal fidelidad que hasta lo había confundido al propio Elías. 

En sus inicios se instaló en el barrio de Boedo, uno de los más emblemáticos de la ciudad. El gremio de paragüeros era importante por entonces, se compraba una tela especial, se la impermeabilizaba y luego se confeccionaba. Elías recuerda con detalles el proceso de confección y de reparación de los paraguas, sentado en la actualidad en su taller, en el sótano de su local actual, que es reconocido por cualquier habitante de Buenos Aires como “la paragüería”, la única que merece ese nombre. El resto son lugares en donde entre otros cien objetos se venden paraguas que no soportan ni el primer chubasco, y menos una ráfaga. Los de Elías, la paragüería Víctor, cuyo nombre es el de su único hijo, son de verdad, “como los de antes, los de siempre, los compras una vez y duran años, y si se deterioran, los llevas a arreglar, y quedan nuevos”.

Argentina Elías Fernández Pato ELIAS vidriera web
Vidriera de la paragüería, en la Avenida Independencia 3701, con la placa de declaración de interés cultural otorgada por la Legislatura de la Ciudad en 2022

Pero no llegó a este negocio desde el principio, como todo inmigrante tuvo una historia de lucha, de perseverancia y de esfuerzo. Elías debió mudarse a la casa de unos primos, vendedores ambulantes de sombrillas y paraguas, quienes le transmitieron el amor por este oficio. Pero antes de lanzarse en forma plena a la confección y venta de paraguas, trabajó unos años en una papelera. Un día se cansó, quiso independizarse y comenzó a venderlos en la calle. En poco tiempo superó lo que ganaba en la fábrica.

Argentina Elías Fernández Pato ELIAS. boda. 21 de marzo de 1957. con Lidia Gómez Dopazo web
Boda de Elías Fernández Pato con Haydée Lidia Gómez Dopado, en 1957

En 1957 dos acontecimientos cambiaron su vida para siempre: se casó con Haydée Lidia Gómez Dopazo, hija y nieta de orensanos paragüeros, y abrió su primer negocio de compostura y venta de paraguas en Independencia 3910. Diez años después se trasladó a Independencia 3709, hasta que en 1979 se instaló definitivamente en la esquina que ocupa hoy, en Av. Independencia y Colombres. Fue su esposa quien le enseñó a coserlos, primero era a mano, luego en máquina. La mayoría eran de color negro, algunos de azul oscuro, las modas de colores y diseños no habían llegado aún. Ellos compraban la tela, la hacían impermeabilizar y luego se montaba en la estructura. “Tiene que ser de buena calidad, porque de ello depende que no se desarme al primer ramalazo de aire”, dice, mientras me enseña como se abre correctamente, y aclara: Un buen vendedor no deja que el cliente se vaya sin hacerle una demostración de la apertura, el cierre y sin explicarle como guardarlo y conservarlo para que dure en buenas condiciones. Así le enseñamos a nuestro personal, desde siempre”. 

Argentina Elías Fernández Pato ELIAS interior web
Interior actual de la paragüería "Víctor"

Supo sobrevivir a la importación desde China, que en su rubro fue avasallante. El bajo precio, sobre todo en tiempos en que el dólar era barato, en este país de oscilaciones continuas, ese costo que los hacía casi descartables, por precio y por calidad, desmoronó ese rubro. En su local ahora los paraguas solo se comercializan y se reparan. Los clientes de siempre, lo visitan en consulta, pues quieren rescatar antiguos paraguas, de aquellos “de los buenos”, desengañados por los fracasos de haber quedado bajo la lluvia torrencial con el paraguas dado vuelta. 

Quieren reparar sus reliquias, a veces porque son recuerdos de un tiempo pasado y otras porque saben que un buen paraguas arreglado con materiales de calidad y conocimientos de la mano de obra, cumplirá su función de manera efectiva por años, en tanto las baratijas, recuerdan a los abalorios y cuentas de colores con las que se “engañaba” a los pueblos nativos en tiempos de la conquista. 

Y Elías me repite con el tono de entonces su eslogan, su publicidad y lo que era su marca, la voz que los vecinos reconocían y hasta el loro, el de la anécdota.

Elegí la zona de Quilmes para hacer mi recorrido de clientes, abarcaba Berisso, Berazategui, es decir varias localidades de la zona sur de las afueras de la ciudad. A los 25 años, era el año 1957, había ganado lo suficiente para proponer casamiento a Haydée, y hacer el viaje de luna de miel, a Villa Carlos Paz, en la provincia de Córdoba, que, como sabes, tanto nos recuerda a Galicia. Al año siguiente, nació mi hijo Víctor. 

Argentina Elías Fernández Pato ELIAS. La Falda. Córdoba. 1957 web
Elías Fernández Pato en La Falda, provincia de Córdoba, en 1957

La conocí  en el Centro Orensano. Yo siempre tuve relaciones con la colectividad y las instituciones. Mi familia de aquí ya lo hacía. Es que no se extrañaba tanto, uno se encontraba con personas que había dejado en su pueblo y luego emigraron, o con otras, que estaban radicadas aquí pero que conocían a la familia, la aldea, las costumbres. Además esa entidad en particular era muy galleguista y así como para Castelao había sido su casa, concurrían otras personalidades de la cultura a dar sus conferencias. Recuerdo haber estado jugando al dominó o a las cartas y que nos invitaran a pasar a la sala donde iba a hablar Pelayo, por ejemplo. Y lo hacían siempre en gallego, yo asistía pero no comprendía la lengua. En Galicia no se hablaba.

Aunque la conocí en el Centro Orensano, los padres de Haydée eran vecinos de mi pueblo en Galicia, fui muy feliz con ella, y siempre lamento lo joven que falleció, a los 61 años, pero me dejó a Víctor, este hijo por quien lleva el nombre mi negocio y que hoy es quien tiene a cargo todo lo mío. Al casarme viví con la familia de mi esposa en Independencia y Castro, no mucho tiempo después compré esta propiedad, en la que estamos, en un remate judicial. En los años 1976 y 77 continuamos con la confección, mi esposa cosía en máquina a pedal por entonces, había aprendido el oficio con un tío suyo, ya que ser paragüero era una tradición en su familia, haciendo honor a su procedencia orensana. Ella me enseñó a mí, y ambos confeccionábamos, incluso para afuera. Había algunos paraguas importados, pero eran los de más alto precio, de mucho prestigio, como los italianos.

En 1973, logró  hacer su primer viaje de vuelta al terruño. Fue en un vuelo chárter, como se estilaba por entonces, que había organizado el Centro Cangas de Narcea, lo acompañaron su esposa y su hijo. 

Fue entonces que pude ver a mis padres y hermanos. Estaban todos, una satisfacción difícil de explicar, guardo como un tesoro, mis fotos con ellos 23 años después. Pero ya no vi a mis abuelos. El reencuentro fue muy emocionante, yo me había ido sin despedirme, solo lo hice de mi padre que fue quien me acompañó hasta embarcar. A mi madre y abuelos les dije que volvía, que salía para llevar algunas cosas. Con papá viajamos hasta Vigo en tren y allí pasamos dos noches porque el barco Tucumán partía el 29 de diciembre. Recuerdo cuando llegué al camarote, era una especie de barraca de 50 literas, al comenzar a navegar yo veía las luces y me mareaba, sentía que bailaba sobre el mar. 

Hicimos escala en Canarias y casi no vuelvo al barco, tal era mi malestar, pero en el comedor del barco había visto algo que me atrajo y mucho. Había pan blanco, de trigo, en esos tiempos en que el centeno era lo que comíamos en Galicia. Después ya  no me mareé como en los primeros días. Había comprado en Canarias cigarrillos y un chisquero, miré el mar y sus olas y arrojé todo. Como si con ello soltara lo malo. En Río de Janeiro hicieron una parada un poco prolongada por una reparación y de allí ya seguimos hasta Buenos Aires, en que, como te dije, me recibió una ola de calor y la noticia de que mi tío, el que me reclamara ya había fallecido.

Creo que no extrañé, ya aquí en Buenos Aires, por varios motivos, en primer lugar mi idea era estar el tiempos suficiente para evitar el servicio militar y luego regresar, además mis primos fueron desde el principio compañeros y amigos, mi tía me cobijó y atendió siempre, además era bastante la correspondencia que manteníamos con la familia, y en el Centro Orensano me sentía como en el pueblo, por eso la vida institucional es tan importante para la emigración.

Ese primer regreso, el del año 1973, me sorprendió con adelantos como la luz eléctrica, que no existía cuando me fui. Tres años después hice otro viaje y en el 82 estuvimos seis meses, con mi esposa. Mantuve una frecuencia cada cuatro años si era posible. Además ya había cabinas telefónicas para comunicarnos, cosa que hacíamos bastante a menudo. 

En una llamada avisó que iba a viajar y le dijeron que no demorara pues su padre estaba enfermo. Llegó para llevarlo al médico a Pereiro de Aguiar, internarlo en Orense, acompañarlo en sus estudios cardíacos, luego Antonio regresó a su casa y falleció el 3 de octubre. Se sorprende hoy mismo de su intuición y de que así pudo estar con él en los últimos días. También le sorprende que lo hizo con su esposa, quien falleció al año siguiente, a los 61 años “temprano levantó la muerte el vuelo” como dice el poeta. 

Cuando enfermó su madre ya no reconocía a nadie, pero le preguntó, tal vez sin verlo ¿cuánto tiempo tardarás? Elías aún escucha esa voz perdida entre las nebulosas que tenía presente que ese hijo, se iba y a veces volvía, pero ella deseaba saber cuándo. Era el único que estaba fuera, y eso a una madre no se le olvida.

Él le había ofrecido traerla a Buenos Aires, luego, cuando falleció su esposa, se dio cuenta de que, la negativa de su madre fue la mejor. Sin predecir que una enfermedad hematológica se llevaría a Haydée, tuvo la sabiduría de no aceptar. 

La relación con la familia de mi esposa fue siempre de total confianza y respeto. Tanto que nunca firmamos un papel, ni un convenio, ni nos pedimos permiso para utilizar el dinero que necesitáramos. Éramos socios, pero éramos uno solo. Ese es el verdadero mutualismo.

Creyó en el asociacionismo y trabajó en ese sentido. Fue presidente de la Asociación Residentes de Cuntis en Buenos Aires (posteriormente fusionada con el Centro Galicia), vocal y presidente del grupo Nos de Buenos Aires, ( fundado por Castelao) que se dedicó a la edición de libros en gallego, y también financió el film “Castelao” dirigido por Jorge Preloran.

Argentina Elías Fernández Pato ELIAS. Comisión directiva Centro Gallego de Bs As web
Elías Fernández Pato en una reunión de la Comisión Directiva del Centro Gallego

Hacia 1984/6 se produce  la fusión de los centros provinciales, (Orense, Lugo, Coruña y Pontevedra), en el Centro Galicia y Elías fue su vicepresidente II, cargo que también ejerció en  el Patronato de la Fundación Galicia Saúde. 

En 2002 recibió en Santiago de Compostela la medalla de bronce, otorgada por la Xunta de Galicia, de manos de Manuel Fraga Iribarne.

Argentina Elías Fernández Pato ELIAS. El pte. Manuel Fraga Iribarne le Entrega medalla de bronce Galicia 2002 web
Elías Fernández Pato recibiendo en 2002 la medalla de bronce de la Xunta de Galicia, en Santiago de Compostela, de manos del presidente Manuel Fraga Iribarne

La continuidad en la vida de las instituciones de emigrantes en Buenos Aires lo había  llevado a un cargo, el de Presidente del Centro Gallego de Buenos Aires, entre 1998 y 2002, del que considera no era merecedor. 

Pero debí hacerme cargo, a pedido de mis compañeros de agrupación, porque así se mantenía la tradición de que las cinco agrupaciones que rotaban en la presidencia del Centro lo siguieran haciendo. Yo pertenecía a A terra, las otras eran Galiciala Unión Gallega, Breogán y Celta. Ese año le correspondía a la mía, y por cuestiones de edad y otras circunstancias eran pocos los que se podían hacer cargo. Y me lo pidieron. Nos reuníamos en el Centro Lalín, porque no teníamos sede y el Centro Lalín siempre fue un generoso receptor, muy hospitalario, con quienes no tienen un lugar. 

Cuando asumí, traté de comunicarme con todos, de mantener los vínculos y continuar las costumbres que consideraba buenas y cambiar lo que estaba funcionando mal. Ese intento hay que hacerlo, por ejemplo, yo instituí el primer concurso para Director médico. Yo soy un mutualista- me dice- creo en la mutualidad. Pero para que esto funcione tienen que ser todos solidarios, de lo contrario se desvirtúa y termina siendo un provecho para algunos y un perjuicio para los que verdaderamente lo necesitan. No hay que abusar, un mutualista no saca ventajas  personales, por eso a veces hay que cambiar costumbres antiguas pero que se desvirtuaron. 

El tiempo y los avatares no lo amilanaron. Actualmente no ha dejado de participar activamente en las instituciones, siendo directivo de Ospaña Salud, obra social de los emigrantes españoles en la Argentina y de la mutual Mutuos, vinculada a los mismos objetivos: el acceso a condiciones superadoras en el  área sanitaria, especialmente sensible.  

Elías continúa hoy, a sus 91 años, arreglando y vendiendo paraguas con la misma dedicación que el primer día. Tras la pandemia del Covid-19, pasa aún más tiempo en el local. “Vengo a la mañana y a la tarde, para no acordarme de muchas cosas, me distraigo. Hago varios trabajos, me divierto, es un pasatiempo. Y, bueno, la vida es así, son muchos años”, relata en una entrevista al diario La Nación, ya que su fama trascendió las vidrieras y ha llegado no sólo a los principales medios, sino a las instituciones gubernamentales. Su local fue distinguido como “Testimonio vivo de lamemoria ciudadana”y recientemente se le otorgó el diploma de “Sitio de interés cultural”, ambas distinciones de la Ciudad de Buenos Aires. Integra además el directorio de la fundación España.

Argentina Elías Fernández Pato ELIAS. un negocio amigable web
Un paragüería que es mucho más

Cuando me retiro no dejo de asombrarme del colorido y disposición de los paraguas, la vidriera, los anaqueles, todo parece una muestra artística más que un local comercial. El amor por su tarea es lo que lo caracteriza y lo que Elías trasmite a las generaciones jóvenes que trabajan allí. De tal modo que, ha iniciado una dinastía de personas que creen en lo que hacen, y para las que la tarea es mucho más que una obligación, es un arte, porque como dice la frase que engalana una de sus vidrieras, “la vida no se trata de esperar a que pase la tormenta sino de aprender a bailar bajo la lluvia”.

Argentina Elías Fernández Pato ELIAS. Paraguas con frase web
Una frase, un lema de vida: “La vida no se trata de esperar a que pase la tormenta sino de aprender a bailar bajo la lluvia”

Con la seguridad de haber tenido una mañana de aprendizaje intenso, me alejo por la Avenida Independencia, pensando en las historias que cada uno de los emigrantes atesora, parecidas y diversas, con puntos en común y particularidades que las hacen únicas.

Elías y su pregón, el del paraguas, esos paraguas que introdujeron en Buenos Aires los ingleses, que cobijaron según las pinturas a los vecinos del 25 de Mayo de 1810, y se hicieron descartables con la importación china, esos mismos que hoy Elías mantiene como algo para conservar, las reliquias que desde el pasado nos ayudan a capear el temporal del presente. 

Celia Otero Ledo