jueves, 11 de agosto de 2022

Los Doctores Wenceslao Sánchez de la Vega y su padre Gumersindo Sánchez Guisande: Una dinastía de eminentes médicos con grandeza y sencillez. Desde Galicia a Buenos Aires

Argentina Wenceslao Sánchez de la Vega. En su casa junio de 2022 web
Wenceslao Sánchez de la Vega

Wenceslao Sánchez de la Vega y su padre Gumersindo Sánchez Guisande:

Una dinastía de eminentes médicos con grandeza y sencillez.

Desde Galicia a Buenos Aires

“El verdadero heroísmo está en transformar los deseos en realidades y las ideas en hechos”

Alfonso Rodríguez Castelao ( 1886-1950)

El Doctor Wenceslado Sánchez de la Vega, representa con su vida y su obra a una saga de grandes hombres que lucharon por la ciencia y la libertad. Poder entrevistarlo es un privilegio, de esos que la vida nos regala en ocasiones. No sólo por lo que ya sabía de él, cuando gentilmente aceptó regalarme dos tardes, sino porque al conocerlo personalmente y escucharlo pude confirmar, que lo humano siempre supera a lo técnico.

Su personalidad encierra, además, un arcón de tesoros para quien, como yo, espío entre los telones del pasado, historias, anécdotas, conocimiento directo de personajes que me hicieron vivir un derrotero de protagonistas de la Historia de España y de Argentina.

El Doctor Wenceslao Sánchez de la Vega se considera gallego porque, aunque nació en Zaragoza el 10 de Julio de 1929, su padre lo era, y su nacimiento tuvo que ver con la contingencia de que su padre era Decano de la Facultad de Medicina de Zaragoza. Allí vivió hasta los seis años. Cuando tenía cuatro falleció su madre, de neumonía. Ella y su hermana gemela eran médicas, ambas se habían graduado en Santiago de Compostela en 1919, lo que motivó que le hicieran varios homenajes dado que fueron las dos primeras mujeres médicas de esa Universidad. 

Quedó al cuidado de su tía y su abuela, quienes, cuando a fines de 1936 su padre se exilió en Argentina, se reunieron con él y sus hermanos en Santiago y vivieron allí casi 5 años. Posteriormente se trasladaron a Madrid donde estudió e incluso hizo la preparatoria para la Universidad. 

Sin embargo Galicia significa mucho para él, porque recuerda hoy con nostalgia y un afecto especial aquellos veranos que, infaltablemente pasaba en sus playas.

Cuando se produce el levantamiento del General Franco, su padre, militante de la izquierda republicana, se oculta en casa del canónigo de la catedral de Zaragoza, quien lo apreciaba mucho. Estuvo unos meses y logró salir, porque había tenido como paciente al señor Fernández, militante de derecha, con el que mantenía cierta amistad. Éste le permitió llegar hasta la estación de ferrocarril de Zaragoza. Para salir del país necesitaría un salvoconducto, favor que le hizo el señor Fernández lo que le permitió llegar  a Santiago de Compostela y refugiarse en casa de su hermano Domingo, hasta que le avisaron que había una orden de detención. Por entonces una hermana de su madre estaba en Villagarcía de Arousa, casada con Eduardo Reboredo, falangista, quienes lo ocultaron por un par de meses y le consiguieron un pasaporte a Portugal. Desde Lisboa pudo partir para Buenos Aires, ciudad a la que llegó el 31 de Octubre de 1936.

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Wenceslao Sánchez de la Vega en Vilagarcía de Arousa, en septiembre de 1942

Jimena, la hermana médica, gemela de su madre, llevó a Wenceslao junto con su abuela materna, Doña Lola Lombán.  Permanecieron en Santiago hasta 1940. Y desde entonces se trasladaron a Madrid.

En Santiago hice el primer año de Bachillerato. Hoy, en la calle Rajoy 12, hay una placa conmemorativa en homenaje a mi padre.

Le pregunto si se hablaba gallego en ese entonces. “Coloquialmente si, afirma, no era lo usual en los lugares académicos o institucionales”. Sin embargo el disfruta de utilizarlo. Así lo constaté  leyendo las frases con las que este hombre nacido circunstancialmente en Zaragoza, se ancló a la galleguidad. 

Como diría Castelao: Si ainda somos galegos e por obra e gracia do idioma”.

“A miña infancia son lembranzas de Compostela en la Avenida Raxoy nº 12, denantes chamada Inferniño Darriba, a cen metros da Praza do Obradoiro. Compostela, a “Rosa de pedra” como diría o noso don Ramón. Alí fixen os meus primeiros anos de bachalerato. Erguíame ás oito da mañá ó compás das badaladas da Berenguela, así chamada a torre do reloxo da Catedral. Camiñaba pola Porta Teixeir e a Praza do Toural, para logo chegar ao Instituto Xelmírez. Dentro da Catedral cómo non lembrar ao Pórtico da Groria, do século XII, e o seu escultor, o Mestre Mateo; o Botafumeiro, a Cruz dos farrapos... Nas vacacións na leira dalgún amigo sachei as patacas e esmiguei as uvas para facer o viño, e com o oruxo fixen o agardeente co alambique que un home levaba de aldeã em aldeã... ( Wenceslao Sánchez de la Vega)

Su tía Jimena trabajaba en el hospital de San Cayetano. Don Wenceslao evoca Santiago y el pórtico de la Gloria y no deja de mencionar la escultura del  maestro Mateo. La costumbre y el ritual, dice, era que había que golpear suavemente la cabeza  para que se despertara la inteligencia. Por ello, muchos de nosotros llevábamos varios “croques”.

Los veranos en Carril, surgen varias veces en la conversación de esa primera tarde en que lo conocí. Le quedaron grabados como momentos de felicidad, allí tenía casa la familia paterna y pasó todos los veranos mientras permaneció en España.

Mientras lo escucho no dejo de pensar en la lejanía de su padre, al que no había vuelto a ver durante doce años. Mucho más duro era en aquellas épocas en que sólo algunas cartas y fotos, ocasionales, podían ir dando cuenta del paso del tiempo y del vínculo filial.

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Wenceslao Sánchez de la Vega con su hermano Luciano y una amiga de la familia, en Madrid, en 1947

En Madrid vivió en Alcalá número 157, con su tía, su abuela y hermanos. Completó el bachillerato, del que había hecho un año en Santiago, en el Instituto San Isidro, en la calle Toledo 45.

Me asombro de su memoria, increíble, es que la lucidez y la cordialidad son un sello para este hombre que ha llegado a una vida plena, larga y feliz, rodeado de fotos de sus tres hijos, sus siete nietos y del amor de su esposa, Olga. Se conocieron en una Clínica para Enfermedades Alérgicas, ella era empleada administrativa en tanto Wenceslao trabajaba como médico alergista.

Sigo escuchando el relato que me transporta a los vaivenes de su vida. 

Yo atravesaba la ciudad de Madrid con el Metro,  para continuar el bachillerato; una vez finalizado aprobé el examen de Estado que me permitiría ingresar a la carrera universitaria.

Para mi mayor admiración describe las asignaturas que implicaba dicho examen: Latín, Matemáticas, Letras, que era oral, aclara, y Física.

Ese primer año de la carrera universitaria, resultó ser el último que estuvo radicado en España.

Tenía 19 años cuando llegué a Buenos Aires. Era un 18 de Julio, casualidad o no, pero fue en esa fecha tan nefasta, en la que Franco en 1936 se sublevara contra la República dando comienzo a la guerra civil. A poco de arribar hice la reválida del Bachillerato para dar inicio a la carrera de Medicina en la Universidad de Buenos Aires.

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Wenceslao Sánchez de la Vega en la juventud

En tanto su padre, que fue médico del Centro Gallego y posteriormente un distinguidísimo catedrático de la Universidad de Cuyo, en Mendoza, mantenía cercanos vínculos con los exiliados que formaban un compacto grupo en Buenos Aires. Así se convirtió en médico de Daniel Rodríguez Castelao, quien murió en Buenos Aires en 1950, de cáncer de pulmón.

Yo ayudé a mi padre a embalsamar a Castelao, dijo

Esta frase me sorprendió, como si se abriera la historia y me llevase por sus túneles, y me hizo comprender, que estaba ante un ícono, una persona que protagonizó hechos realmente significativos y conoció a los protagonistas de esos tiempos.

Asocié las fechas con el embalsamamiento de Eva Perón, realizado por el Doctor Ara, que como se sabe era español. Le pregunté entonces si había alguna relación entre su padre y el embalsamador del mítico cadáver de Evita.

Efectivamente, mi padre no sólo conoció al Doctor Ara, sino que hacia el año 1925 participó y ganó unas oposiciones junto a él, para una cátedra en Sevilla.

Recuerda también a su abuela paterna, que estaba en Vegadeo, que significa- me dice- al lado del Río Eo.

Mientras lo observo atravesar el tiempo y el espacio viajando hacia esos lugares, me atrevo a preguntarle qué sintió cuando vio a su padre, prácticamente desconocido, después de tantos años.

Yo hice el viaje en avión a Buenos Aires, pero en tres etapas. Fue muy largo y cansador. Y cuando llegué me sentí muy familiarizado prontamente con el ambiente de la ciudad y con la gente que frecuentaba mi padre

En ese momento no respondió a mi pregunta sobre las emociones que se habían despertado en ese contacto tardío. Pero una semana después, cuando acudí a verlo nuevamente, volvió sobre el tema y, junto a Olga, su esposa, me habló de los sentimientos que le había producido el encuentro. 

Fue un shock emocional. Aunque mi padre no era una persona expansiva, demostrativa, siempre supe que era muy bueno. Integrarme a Buenos Aires fue un impacto cultural, que no me significó ningún esfuerzo porque ingresaba a un universo con libertad de expresión. Creo que eso fue lo que más me impresionó de este país.

Para mi sorpresa fue Olga, su esposa quien acotó, que su suegro, una persona exquisita y admirable, había sido demostrativo con ella y habían tenido una relación especial y que aún lo extraña.

Argentina Wenceslao Sánchez de la Vega bailando con Teresa Fernández de la Vega, su prima web
Wenceslao Sánchez de la Vega bailando con Teresa Fernández de la Vega, su prima

Regresamos entonces a su incorporación a la Facultad de Medicina, en la Universidad de Buenos Aires. Rindió el examen de ingreso, tal como se estilaba, y dio primer año libre, ya que él había cursado materias en Madrid, que le permitieron acelerar su carrera.

Se sonrió mientras me comentaba, sin pompa ni soberbia, pero sí con satisfacción:

Cuando rendí Semiología me retiré confiando que había aprobado pero sin esperar la nota. Después supe que, excepcionalmente, me habían felicitado por mi examen, lo cual no era costumbre. En aquel momento no se lo dije a mi padre, pero éste se enteró por otro colega, me felicitó pero guardó para sus adentros el orgullo que le producía.

Fui ayudante de Fisiología, ad honorem, y cuando me ofrecieron incluirme en la nómina por mis méritos, como la condición era que me afiliara al partido peronista resigné ese estipendio, que me hacía falta, pero no a costa de mis principios democráticos. 

Se recibió en 1955, con apenas 25 años. En la última materia le hicieron una despedida y entonces escribió unas líneas. La escritura también forma parte de sus intereses y de su obra científica. 

Argentina Wenceslao Sánchez de la Vega a poco de recibirse de médico
Wenceslao Sánchez de la Vega a poco de recibirse de médico

Eran tiempos de oro para la cultura y la ciencia. Estaban aquí Rafael Alberti, Luis de Ansúa Giménez, - redactor de la Constitución de 1931- y su hermano Felipe, que actuó mucho como hematólogo y fue el organizador de la Sección de Hematología del Instituto Malbrán.

Hizo la residencia como médico practicante en el Hospital Italiano. Se orientó hacia la clínica médica y luego se especializó como alergista. Como tal trabajó en distintos lugares, entre ellos la Clínica del Doctor Pisani, donde conoció a quien sería su esposa años más tarde.

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Wenceslao Sánchez de la Vega en Mar del Plata, en 1961

Ingresó al Centro Gallego a través de un amigo de su padre, Miguel Pastor, estuvo en varios servicios y ocupó distintos cargos en una verdadera carrera que lo llevó desde su Jefatura del Servicio de Alergia hasta la Subdirección Médica del Hospital.

Fue disminuyendo su dedicación a la clínica y se profundizó la de alergista. Años después se reencontró en la Clínica Pisani con Olga Ferrari González, como secretaria y con la que hoy tiene tres hijos. Uno de ellos sigue la tradición familiar, es médico, la otra es psicoanalista y la tercera doctora en matemáticas.

Argentina Wenceslao Sánchez de la Vega con su esposa Olga Ferrari web
Wenceslao Sánchez de la Vega con su esposa Olga Ferrari

Tampoco la docencia le fue ajena, dirigió un curso de especialización para alergistas y logró el reconocimiento estatal del mismo. Formalizó ese título con el reconocimiento ministerial. De esa forma contribuyó a la especialización, con su aporte en la enseñanza y el reconocimiento de la misma. 

Recuerda con tristeza los tiempos del esplendor del Centro Gallego que llegó a tener ciento cuarenta mil  socios, de los que actualmente le quedarían unos dos mil. 

En estos días será distinguido con el premio Puentes del Deza, otorgado por el Centro Lalín Agolada y Silleda de Buenos Aires, en homenaje a su trayectoria y a sus aportes a la ciencia y a la colectividad. El afectuoso recuerdo que expresan quienes lo conocieron en su faceta profesional, como colegas, colaboradores o pacientes, lo tiñen de un matiz que excede al médico y al investigador, habla del ser humano excepcional, el que deja huella y siembra en el camino que la vida lo llevó a recorrer. 

Hoy  mirando las fotos de sus siete nietos, resalta que lo más importante es la educación, los valores morales.

Sentirse valorado y gustar de aquello a lo que nos dedicamos es la clave. Eso a lo que llamamos vocación.

Rememora con orgullo los tiempos en que se agrupó con jóvenes estudiantes que formaron la Generación de Estudiantes Republicanos en el exilio. Entre ellos recuerda a Pedregal, un arquitecto especializado en hormigón que fue presidente de la Federación Universitaria Argentina. Y a Nicolás Sánchez Albornoz, que presidió el Instituto de Cultura Hispánica. Y menciona también a quien fuera el yerno del Presidente Illia. 

Fue  a través de mi amigo Gustavo Soler que  tuve oportunidad de conocer a ese gran hombre, el Doctor Illia, que era un emblema de moral y honradez. Se negaba a exhibir sus acciones y  sus virtudes, suponía que nadie debe vanagloriarse de cumplir con su deber. El tiempo le hará justicia, aunque en estos últimos años, el reconocimiento tan merecido fue en aumento.

Yo estuve en la velada del Teatro Colón el día en  que asumió el cargo, y otras veces en la residencia de Olivos. ¿Cómo no iba a estar si era íntimo del que era su yerno?: Gustavo Soler, abogado, quien también formaba parte de la Generación de Estudiantes Republicanos en el Exilio.

En estas palabras percibí que la historia se me presentaba viva e interiormente no dejaba de conmoverme. Podía  dialogar con quien formaba parte del bronce, de las placas, pero que, con toda humildad, se ofrecía a servirme un café.

Lo escuché hablar de sus reuniones con Nicolás Sánchez Albornoz, el hijo de Don Claudio, que había sido el mentor de la cátedra de Historia de España y de quien había leído tantos libros durante mi carrera.

Fue mi padre uno de los que ayudó a crear esa cátedra para que Don Claudio tuviera un sueldo, además de todo lo que lo ayudaron los exiliados. Mi padre era un apasionado de la Historia y escribió, mis hermanos y yo también colaboramos, una historia de la medicina en Mendoza.

Como al pasar me comenta que el año anterior su tía Jimena Fernández de la Vega fue designada en España personalidad ilustre de la ciencia, acto al cual pudieron concurrir sus hijas, y que su esposa que es Licenciada  en Museología, fue Jefa del Departamento de Documentación del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires.

Antes de despedirme me entrega su Curriculum Vitae y el de su padre. Lo hace con sencillez, para facilitarme el cúmulo de datos que había registrado. Imposible reproducirlos por su amplitud, pero al leerlos tuve cabal impresión de cuánto tiempo, esfuerzo y amor había dedicado a la ciencia y a la investigación. Sus publicaciones, sobre asma y alergia en particular, están en los archivos académicos y fueron parte de reconocidos congresos.

Para quien, como yo, cree en la capacidad de sanación del lenguaje, fue una revelación haber conocido a quien lo había señalado temprana y científicamente.

Propone que, así como las lenguas se aprenden con facilidad a temprana edad y con mayor dificultad en la adultez, el sistema inmune puede funcionar de la misma forma, y los primeros estímulos son condicionantes de los posteriores. Y así como madura el lenguaje con los años, perfeccionando su precisión y amplitud, así maduraría el sistema inmune.

Al salir a la calle Cerviño el aire frío de este invierno me sorprendió y pude sacudir la ensoñación en que había entrado durante la conversación. Sabía que, de alguna manera había estado en contacto con personajes de la historia y la cultura, los pude oír y ver moviéndose  con soltura entre las paredes del salón del Doctor Wenceslao, no era necesario que se alejaran. Seguramente seguirían madurando, como mi sistema inmune y mi lenguaje, durante mucho tiempo.

Me fui reflexionando sobre su comentario, interesante y pocas veces escuchado de primera mano, acerca de la decepción que sufrió después de visitar, a instancias partidarias, Berlín Oriental y como consecuencia su posterior abandono del filo comunismo.

En el trayecto hacia mi casa repasé su texto “Mi visión de Castelao”, que fue objeto de una disertación en el Centro Gallego, en el año 2000.

Lo había conocido en 1948, después tomaría contacto con otros intelectuales de la talla de Arturo Cuadrado, Rafael Alberti, Alejandro Casona, entre otros. Fue en la primera y exitosa Exposición del Libro Gallego, en un salón de la calle Florida.

“El idioma gallego es dulce, cordial, efusivo”, afirma y aclara que los jóvenes de su generación, en España,  ignoraban quiénes eran Castelao, Machado, García Lorca, Alberti, entre otros. 

Tuve el privilegio de conocer a ese hombre sublime que era Castelao, y digo sublime porque tenía grandeza y sencillez al mismo tiempo.

Entonces supe qué era lo que me había atrapado en esa personalidad, lo que más me había subyugado eran la grandeza y sencillez que se aunaban en el entrevistado. Y también comprendí que aunque hubiese nacido en Zaragoza, es un gallego cabal, que refuerza con la lengua la identidad. 

Celia Otero Ledo. 

Julio 2022.