sábado, 16 de octubre de 2021

LA HISTORIA DE CAROLINA SILVA ARANDIA

"Carolina deixou a saia e levou a fala"

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Carolina deixou a saia e levou a fala

El día que le escuché, a Carolina Silva Arandia, decir: “É unha mágoa, non podo quitar a morriña, pensó só na miña Vilagarcía de Arousa”, sentí que me atrapaba la historia de esta joven que, nacida en Banfield, Buenos Aires, había pasado su niñez y juventud en Galicia, y regresado a su patria, trayendo en su corazón la Ría. 

Sus padres, Liliana y Luis, tenían a Tatiana, de 12 años, y vivían en Banfield, en la zona sur del Gran Buenos Aires. Luis Silva es farmacéutico, típico caso de ascenso social de un hijo de inmigrante gallego.

-El abuelo Antonio se marchó de su Bertamiráns, “preto a Santiago”, (dice Carolina) con 14 años, su padre (mi bisabuelo), ya había pasado demasiados sufrimientos y no quería que su hijo fuese a la “mili”.  

Tengo pocos recuerdos de mi infancia en Argentina, me llevaron a Galicia con cinco años.  

No era frecuente conversar de lo gallego en casa de mi familia. Recuerdo a mi abuelo Antonio, muy poco hablador. Después comprendí que ese rasgo era común a muchos gallegos. En mi oído sonaban mucho las susurrantes eses, su costumbre de silbar constantemente y el canturreo “baixiño” de viejas canciones, que tardé años en volver a oírlas. Cuando las escuché, en los coros tradicionales de la escuela o en las fiestas, recordé al abuelo, y entendí que dentro suyo y calladitas, iban la pena y la morriña. 

Con el tiempo, en sus años de descanso, luego de tanto trabajo, como sucede con todos los emigrantes que hacen de su vida un culto al  esfuerzo para que sus hijos progresen y estudien, viajó varias veces a Coruña. 

En esos tiempos,- lo advertimos después- cada vez que iba a comprar los pasajes sus silbidos se hacían más intensos y repetidos y cantaba con alegría, en voz más fuerte y con mayor frecuencia. 

Iba a su aldea y cuando pudo compró un piso en Vilagarcía de Arousa, en el número 10 de la Rúa Concepción Arenal, para poder permanecer varios meses al año y vivir un poco en cada patria.

Y fue la tenencia de ese piso lo que les permitió a mis padres radicarnos allí en el año 2002, cuando en plena crisis argentina, llegamos a ese paraíso que sigo añorando.

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Carolina aún en Argentina, un invierno en Bariloche

Mi padre había viajado a Galicia años antes, muy joven, con una misión: acompañar a su abuelo, que decidió que quería morir en su tierra. Ese viaje lo contaba emocionado, por lo que significaba y porque fue lo que lo enamoró da “nosa terra”. Al regresar, ya la tenía dentro suyo, y por eso, aunque la situación económica no fuese tan apremiante, cuando el clima social se puso difícil aquí, mis padres no dudaron en intentar la aventura gallega. 

Y allí fuimos. Primero mi padre, para sondear el terreno, fue consiguiendo trabajos temporales.  Muy pronto viajamos Tatiana, mi madre y yo. Llevaba conmigo una cartulina de despedida que me habían hecho en la sala de jardín de infantes y muchos peluches.

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Año 2002, recién llegada a Galicia, con su hermana Tatiana, en Padrón

Como llegamos en verano pronto inicié la escuela primaria, nunca me sentí con dificultades para adaptarme, por el contrario. Un día escuché la palabra “vale”, que es muy usada en toda España, me llamó la atención y le pregunté a mi mamá. Ella no hablaba gallego, pero como esa expresión es muy usual, pero no galega, pudo explicarme. 

El idioma no era un escollo, porque en Vilagarcía casi nadie “falaba galego”, excepto en la escuela. Y allí comenzó mi romance con la lengua. Creo que tuvo mucho que ver mi primer maestro, Pablo Bernárdez Mato.

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Era- lo comprendo ahora- un galleguista con todo el fervor que la juventud le ponía en su alma de docente. Tenía además la virtud de ser músico y tocar varios instrumentos, como la zanfona, la gaita, pandereta y todo lo imaginable. Y los utilizaba en clase para llamar nuestra atención, enseñarnos y atraparnos en su imaginario.

“A primeira clase díxome: E onde deixaches o lagarto, Carolina?. Eu non entendín nada, mais Pablo comezou a cantar “A saia de Carolina ten un lagarto pintado, cando a Carolina baila…” e vin coma todos os nenos rían e fixéronse amigos meus deseguida”.

En los ojos transparentes de ella apareció un brillo que la llevaba a recordar con el corazón en la mano, y siguió apegada a su escuela, que se llamaba Rosalía de Castro, en Carril, una parroquia de Vilagarcía. Desde allí volvió, nuevamente traía el recuerdo de su  maestro:

-Con su inagotable ingenio pedagógico procuraba utilizar juegos y diversiones, para que, con ellas aprendiéramos los rituales de la cultura tradicional, las leyendas y la literatura. Participé con mucha alegría del “magosto”, los “maios”, y todas las festividades que se incluían en el calendario escolar y que mi maestro estimulaba. 

-Enseguida  me integré al Coro, y creo que mis primeros aprendizajes del gallego fueron facilitados por la necesidad de memorizar las viejas canciones tradicionales, y también las más nuevas, Leilía y Berrogüetto fueron mi primer acercamiento a la nueva cultura gallega. 

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En la secundaria, en el IES Miguel Angel González Estévez, también en Carril, leíamos mucho en clase. Eran fragmentos, y yo quedaba con el deseo de seguir conociendo cómo seguía esa novela o esos poemas y fui la lectora más asidua de la biblioteca escolar. Un año obtuve el reconocimiento a la alumna que más libros había solicitado. Casi todos en gallego. Mi madre era muy lectora, pero de novelas en castellano, en cambio yo comencé a gustar desde los históricos íconos de la literatura gallega hasta iniciarme en los más novedosos y actuales. Poesía y relatos, no tengo un género en especial, aunque participé en varios talleres de poesía, me importa lo que dicen y cómo lo dicen.

Uno de los primeros días de clase se acercó al maestro mi madre, con su típico acento argentino y le preguntó:

-¿Pero vos le vas a hablar todo en gallego? Y esa palabra sonó “gayego”, como lo decimos en porteño. Él no se molestó y la tranquilizó.  -Efectivamente fue tan dulce mi penetración en la lengua, la cultura y el paisaje de Galicia, que lo llevo siempre conmigo. 

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En el Instituto, en Vilagarcía de Arousa, leyendo su poema suyo

Toda esta conversación que a modo de entrevista tuve con Carolina, la mantuve en el gallego que naturalmente le surge, aunque me pidió disculpas y se ofreció a cambiar “el chip” al de  castellano, pero no hizo falta, lo que decía era tan comprensible, que sólo en esa lengua podía traducir su amor por ella y lo que encierra. 

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-Sueño con volver en un futuro, como mi bisabuelo quisiera morir allí.- Este deseo, en boca de una joven tan vital resonó como si fuese la encarnación de aquellos que no pudieron volver ni para el último aliento.

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 En Galicia, en una excursión en las dunas de Corrugado. Carolina es la de pantalón rojo, a la izquierda

-Extraño las fiestas, los paseos que hacíamos por esas autovías que me mareaban y me hacían sentir que llegaba a las nubes, extraño el magosto, el entroido, las caminatas por el monte con mis amigas, las panxoliñas del nadal, que cantaba con tanto entusiasmo, y, ¿por qué no decirlo?, aunque sea tan antigua La Rianxeira me resuena en los oídos, como el mar. Ese mar que era mi paisaje diario y del que siento tanto la falta.

Cuando terminé la escuela secundaria, a los 17 años, mis padres decidieron volver, la situación se les había complicado por el fallecimiento de mi abuela y aquí teníamos nuestra familia y facilidades. 

Yo estuve de acuerdo, tampoco se me ocurrió, aunque tenía posibilidades, quedarme allí. 

Tenía aprobada la selección universitaria, y ya había disfrutado durante la escuela a mis maestros Miguel Barros y Ramón Brea, otros pilares en mi formación en lengua. A ellos les debo gran parte de los conocimientos y amor que tengo hoy en día por la lengua y cultura gallega.

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Preparando la vuelta, la despidieron en Catoira, sus amigas Saray, Angela y Tania

Me habían organizado una despedida emocionante, con más de cuarenta amigos, conservo muchos de ellos, con los que me comunico, Saray, Ángela, Tania, mis compañeras de Catoira… pero no tomé conciencia de lo que significaba el regreso hasta que, ni bien caminé el pasillo del avión, escuché el tono típicamente argentino, el porteño que se imponía, a mi modo de ver, como me había sucedido con el acento madrileño. 

-Lo sentí arrogante, tal vez se trate de un tema de la gran metrópoli en comparación con la ciudad de 40.000 habitantes en que me había criado. Porque lo que es real, es que aquí encontré apertura, buena acogida e incluso personalidades más expansivas, más abiertas. Lo que siento es que cuando haces una relación no sabes cuán profundos y duraderos serán los vínculos, todo va muy de prisa, a gran velocidad. Y allí, tardas más en generar sociabilidad, el gallego es más cerrado de entrada, más desconfiado, receloso, pero luego construye vínculos de por vida. 

Es un ritmo lento, que permite tomarte un café, tener una conversación, llegar en pocos minutos a tu lugar de estudio recorriendo el paseo marítimo, de esparcimiento, contemplar la puesta de sol sobre el mar y pensar en las montañas que tienes como telón de fondo.

Le pregunté por las adaptación en las costumbres culinarias. Y me sorprendió. 

-Yo allí tomaba mate, y como había varios argentinos, no era algo extraño, incluso una amiga gallega se hizo afecta a él, y  actualmente cuando nos hablamos por plataformas virtuales, me enseña su mate en la mano, diciendo que ese hábito ya es de ella. En casa la comida no varió mucho, mamá no era gustosa de los mariscos, y papá solo de algunos, así que incorporamos los embutidos, el jamón, los dulces típicos, y no mucho más. 

Se queda pensativa  y me reafirma: tuve pocas “lembranzas” de Argentina. Además el teléfono, y las visitas de mi abuela materna, hacían que no se sintieran los 10.000 km como la barrera que había enfrentado mi abuelo y tantos otros en tiempos de cartas que tal vez no llegaran. 

-Poco después las redes sociales evolucionaron tanto que recuperé algunas amistades de mi Jardín de Infantes de Buenos Aires, pero ya eran personas casi desconocidas. 

-La distancia nos había llevado por los caminos de la infancia y la adolescencia con distintos estilos. En realidad no recordaba nada o casi, de mi casa y mi barrio, creo que empecé a construir conciencia de esos sitios a través de las fotos que habíamos llevado y las que llegaban por correo o por medio de mi abuela. 

Seguía escuchando a Carolina y, pensaba que yo había construido mi imaginario del Dozón natal, a través de los mismos recursos, o menos, con distintas tecnologías, pero con muchos relatos. 

- El viaje de vuelta lo hice con curiosidad. Hasta que subí al avión me sostenía en la inquietud de ir a conocer ese país tan lejano y cercano a la vez, en el que había nacido y estaba el resto de mi familia. 

Ya sentada y mirando las nubes que viajaban debajo del ala, extrañé el acento, porque aunque "falaran castelán” era con otro canturreo, otra pronunciación, y me di cuenta que estaba haciendo un viaje que cambiaría mi vida completamente.

-“Síntome galega cen por cen”, dijo Carolina abruptamente, aunque enseguida reconoció que: “cada vez identifico más mis partes argentinas, y las voy reconociendo. Esta curiosidad por viajar, aquello de sentir que, de pronto, Vilagarcía se me hacía un mundo muy pequeño, y necesitaba ampliarlo. Mi hermana se había casado con un inglés y estaba radicada en Londres. Mis padres aprovechaban cada fin de semana largo para recorrer Galicia y otras regiones, todo les entusiasmaba. Y eso, creo que es la marca identitaria argentina. 

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Con su hermana Tatiana y su perro Chopper, en Vilagarcía

En España, no era tan habitual la costumbre de viajar, tal vez ahora está cambiando, pero me doy cuenta que lo de “trotamundos” y viajeros, aunque sea de bolsillo flaco, es algo muy argentino. Y yo lo tenía. Y mi familia. Nunca olvidaré los paseos por esos caminos tan estrechos, entre balados de piedra, en los que apenas podía circular el auto. Solíamos ir a una casa de aldea, “Pobra do Brollón” en Monforte (Lugo) adaptada al turismo rural, y yo disfrutaba recreando esa vida,  caminando con mi hermana entre las vacas. Las costumbres de aldea y el paisaje rural, del que tanto había leído, se encontraba frente a mis ojos, casi inalterable pese a los siglos.

Este hábito de viajar, me pregunté mientras la escuchaba ¿será la marca de una sociedad con raíces tan diversas y foráneas, como lo es la argentina?, seguramente es así, buscamos raíces por donde sea.

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A poco de llegar se festejó en la Avenida de Mayo el “Día de Buenos Aires Celebra Galicia”, (una costumbre  que se reitera todos los años con  las colectividades extranjeras, como símbolo de la calidad de ciudad migrante que la caracteriza) y concurrí con mis padres. 

Ese día lo pasé llorando a mares. No podía conmigo y mi morriña. Allí, en el stand del Colegio Santiago Apóstol conocí a Carlos Brandeiro, su Rector. Como gallego en tierra extraña que era, pudo comprenderme inmediatamente. Fue tan amable, y su decir dulce y pausado, con aquel acento que tanto extrañaba que me transportó y pude sentirme en casa otra vez. Me preguntó sobre mi situación y se ofreció a recibirme cuando lo desease en la Institución. Pero yo no me atreví a solicitarle una entrevista. 

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Las cúpulas de la Avenida de Mayo. Un pie en cada orilla

Luego empecé a frecuentar centros e instituciones gallegos, a tomar clases de danza y me atreví a apoderarme de la gran ciudad por mi cuenta, “no me acompañes” le decía a mi padre, ya sé que nunca había viajado en metro, en subte, como se dice aquí, pero yo quería poder sola con los desafíos y lo fui logrando. 

Siguió estudiando en la Universidad de Madrid, a distancia, y se recibió de psicóloga. Una profesión en la que los argentinos tienen preferencia. Pero en tanto continuaba su vida en esta ciudad vertiginosa, y ella buscaba refugio en los lugares que la acercaran a su crianza. 

-Tengo una tía que habla gallego, me dijo un día una compañera de clases de baile, y mediante el teléfono trabamos contacto, felices ambas de poder “falar como na terra”. Fue ella quien, sin conocerme personalmente aún, pero asombrada de mi conocimiento, me conectó con el colegio Santiago Apóstol. Recibí una propuesta para cubrir las horas de clase de gallego que habían quedado libres. Desde entonces ese segundo y cuarto grado fueron mi ancla, mi cable a tierra.

A mi casa natal, en Banfield, tardé en ir, y cuando lo hice, hace apenas dos años, sentí un vacío, no recordaba nada y no me transmitía ninguna sensación. La sentí ajena. Fue un sentimiento agridulce el que me produjo, esa presencia vacía, ese silencio en el alma. 

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En Mar del Plata, año 2021. Con el pensamiento en aquel mar de la otra orilla

-¿Y pudiste volver, en estos años, a Villagarcía?- me atreví a preguntarle. 

Fue un alivio escucharla responder que viajó al año siguiente de haberse marchado. 

- Y mi amor por ella se hizo mayor, en ese regreso, que cuando vivía allí. 

-Te creo, le dije, porque es lo que le ha pasado a muchos emigrantes, que recuperaron el apego por la tierra cuando la distancia había puesto en valor lo perdido. 

No hay nada más amado que lo que se ha perdido, dice el poeta, pero vos no perdiste a Galicia, la llevás adentro y la ponés en evidencia en cada clase. 

Es cierto, porque con las redes y en poco tiempo fueron tantos los alumnos que me surgieron que hoy ya no tengo espacios libres. “Falo máis galego aquí que alí”. 

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Leyendo a sus alumnos en el Colegio Santiago Apóstol

No tengo dudas, Carolina, le dije, porque soy una de ellas, y no sólo la lengua sino la literatura, clásica y actual, las  tradiciones, los paisajes, todo lo trasmitís con tanta pasión, como seguramente recibiste de aquellos maestros que te marcaron.

Cuando me despedí la vi irse caminando por la Rúa Concepción Arenal, cruzar la Avenida Rosalía de Castro y sentarse en la Praia da Compostela de Vilagarcía, “onde xoguei toda a miña infancia”.

Celia Otero, Mayo de 2021.