miércoles, 22 de septiembre de 2021

Araceli Ces Gey, "a rianxeira do Río da Prata"

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ARACELI CES GEY, "A RIANXEIRA DO RIO DA PRATA"

Nació en O Pazo, - A Coruña- un recuncho de la villa donde la virgen de Guadalupe se puso morenita por el sol y vivió por siempre en esa canción que los inmigrantes cantaron entre lágrimas.

Un lugar mágico, dado que en él se cruzaron  grandes hombres de la cultura y la ciencia  gallegas:  Castelao, Dieste, Manuel Antonio,  Xosé Arcos Moldes y Angel Baltar Cortés.

Aracely Casa natal web Casa natal de Araceli

La llamaron Araceli, “Altar del Cielo”, en latín, y estuvo señalada  por el nombre y el lugar de nacimiento, donde anduvo descalciña por la arena hasta los doce años. Vino al mundo en la casa de piedra de su abuela, Juana, llamada la Xarana, a orillas del río Té,  Ella sí que sabía de dolores y trabajo, de pérdidas y alegrías, no le temía a nada, porque ya había atravesado todo. Quedó viuda muy joven, con dos hijos pequeños y una niña en el vientre.

Aracely la abuela web La abuela Juana, "la Xarana", con su hijo Manuel, (que murió en la guerra), la tía Juanita, y Rosa, la madre de Araceli 

“Esa hija nacida sin padre fue mi madre,- me dice Araceli, que aunque siempre sonríe no puede evitar que se trasluzca la tristeza-  Es que mi abuelo murió en la epidemia de  gripe española, llevando pacientes en un coche de caballos que pertenecía a la empresa de transporte familiar. 

-“No vayas Jacobo, le había dicho mi abuela, puedes contagiarte.- Es mi obligación mujer, alguien debe hacerlo y me toca a mí”. Y se fue, al hospital de Santiago, de donde volvió enfermo; sólo dio tiempo ha ser despedido.

Juana sabía que no podía dejarse vencer por la pérdida. Con sus manos fuertes y tiernas, como su voz dulce y potente y su estampa inquebrantable, plantó simiente, molió maíz y trajo al mundo, como comadrona del lugar, a cuanto niño nació por entonces. 

Corrían los años 1920; si nunca fue fácil la vida en Galicia, menos lo fue por ese tiempo. Ella tenía tres hijos para criar, y no sabía que al único varón se lo llevaría la guerra algunos años después. El pobre hijo siguió el destino fatal y familiar de marcharse de este mundo dejando esposa e hijo.

Rosa Gey Fungueiriño, la hija póstuma creció como se pudo, al amparo de su madre Juana y se casó con José Ces Rodríguez, de O Barral de Rianxo. Y así  nacieron Araceli, Jacoba (Vita) ,Manolo y Rosa.

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Fotos de los hermanos Ces Gey antes de emigrar

José había estado en Teruel, donde le hirieron gravemente, pero los cuidados que le brindó una enfermera del frente, lo curaron y pudo regresar. Eran los tiempos en que las casas se quedaban sin hombres. Araceli, una ferviente admiradora de las letras gallegas, y por ende de Rosalía, me recuerda sus palabras “¡Probes nais que os criaron/ i as que os agardan amorosas, probes!”

-Nací el ocho de diciembre de 1941, la voz de Araceli comienza su propia historia. Era el día de la virgen y mi madre al bautizarme dijo: “No se ofenda nadie, pero mi José está vivo por los cuidados de una  enfermera llamada Araceli y ese altar en el cielo lo tendrá en la tierra. Sin ella mi marido no hubiese vuelto del  frente.”

 “Crecí de la mano de mi abuela, a quien llamaba “mamá Juana”  y de mi tía. En las noches claras las acompañaba al molino, camino abajo, en la desembocadura del río, muy cerca de las ruinas del Castillo de la Luna. Ése que se erigía desde los tiempos de los Templarios y del que me contaban leyendas maravillosas entre molienda y molienda, hasta el amanecer. Aquella era una casa de mujeres bravas y tiernas, una dinastía de amazonas hechas de miel, fuertes y dulces.” 

Escuchar a la Araceli de hoy, la que habita Buenos Aires con el amor de toda su familia, y el especial cariño de su hermana Vita, aquella bautizada como Jacoba, bastante menor que ella y a la que llenó de amor como si fuera su primera hija, me hace pensar que hay destinos que se entrelazan y repiten mandatos. 

Cuando se casó, ya en Buenos Aires, su hija Silvina fue la mimada de Vita, que le devolvió así su amor infinito.  Y me aclara: aunque se llame Silvina, como en las telenovelas, eligió como alcume Xarana Herrerilla, en homenaje a sus dos bisabuelas. Es un eterno retorno, como el de Odiseo, e Itaca- Rianxo para ellas-  no fue un destino negado. Tuvieron la dicha de poder volver y repasar los momentos de su emigración, con dolor pero también con el amor por la tierra ancestral y el agradecimiento por la de acogida.

Rianxo Aracely 1d web Rianxo

Araceli me lleva a Rianxo para revivir la docena de años que pudo disfrutar en su tierra natal. Su tía y madrina, Juanita, la llevaba con ella a coser a las casas pudientes, en el pueblo y allí también iba al colegio. Los domingos a misa y recorrida por los muertos de la familia en el cementerio que rodeaba la parroquia. También había paseos por la  ribera, y en la memoria tiene grabados los rizos con que su madre la acicalaba y lo feliz que era cuando le ponía un vestido nuevo. “-Porque aunque pobres, con un retazo de tela la tía hacía maravillas y siempre me sentí cuidada y querida.”

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La familia Ces Gey, antes de emigrar. En el centro la abuela Juana

Esa infancia de amor fue la base que le permitió soportar el desgarro de dejar a su abuela y su casa, sintiendo  que allí quedaba su vida, cuando su padre, ya en Argentina  consiguió  enviar el dinero para los pasajes de su madre y los hijos. José Ces Rodríguez, como tantos emigrantes, había partido solo, para reclamar cuando pudiese con pasajes, casa y comida a su familia. 

Los recuerdos de Araceli de aquel  Rianxo nos  llevan al cine Avenida, donde iba con su abuela y su tía, - Teníamos siempre tres lugares juntos para no perdernos las películas-  Las obras de teatro en la Plaza Rafael Dieste y las visitas a la casa de las hermanas de Castelao- Josefina y Teresa-  en la calle de Abaixo. A verlas la llevaba su abuela paterna Pepa, que era prima de los Castelao. “Esa casa, me dice, ya era un museo antes de que se lo declara tal, porque todo en ella remitía “O noso Daniel”, el hermano exiliado

En los días de mercado cruzaban la ría en un barco. Iban con su madre y llegaban hasta Vilagarcía de Arousa, llevaban palomas para vender, criadas en la casa, y en recompensa, con el dinero que conseguían, saboreaba  un bocadillo de sardinas o le compraban unos zapatos.

En su memoria se entrecruzan tiempos y lugares de esa infancia rianxeira y me va guiando de la mano hasta la visita a su abuelo paterno, el de la Casa Ces, el esposo de la abuela Pepa, quien trabajaba en A Coruña en una fábrica  de armas.  

El viaje era largo y costoso por lo que el hombre se quedaba allí y para ver a la familia alternaba viajes los fines de semana. Cuando era Pepa la viajera, Araceli disfrutaba mucho. Habla de A Coruña, y los ojos se le iluminan. 

-“Ese paseo era muy importante, no sólo era  ver a mi abuelo sino también caminar por la “ciudad de cristal”  y sus coloridos jardines y recoger para mi madre semillas de las plantas más bonitas. ¡Y qué decir de cuando íbamos a las romerías como la de San Ramón o la de San José donde con mis hermanos bailábamos al son de las gaitas y las muñeiras!” 

La voz de Araceli se va desvaneciendo mientras en mi mente surgen imágenes de lo que relata y de las cadenas de amor que hicieron las mujeres de O Pazo y de O Barral y que se continúan en las generaciones futuras, aquí en Buenos Aires, donde Rianxo se transformó en un río de aguas color león.

Sólo doce años viví en mi tierra natal- repite- fueron muy pocos o demasiados, según se vea. El trasplante se hizo en los momentos más dolorosos, el del tránsito de la infancia a la pubertad. Con su tía adquirió gusto por la confección y la costura que, sin saberlo estaba marcando un futuro que se concretaría muchos años después, cuando emigrara. Cando a rianxeira deixara de ir pola área e pisara nas calles de a grande cidade de Bos Aires.

Vivía feliz, pero es consciente de que su pequeño mundo estaba atravesado por la durísima posguerra, la falta de posibilidades de progreso y de subsistencia digna. Las cuatro tías de su padre, emigradas hacía años a Argentina no cesaban de escribirle insistiendo en que se animara. Una hermana de José Ces, ya se había marchado y le ofrecía la carta de reclamación para que iniciara el éxodo. 

Fue una noche, dice Araceli, y la voz se le quiebra, mi madre levantaba la mesa cuando mi padre dijo que su decisión estaba tomada. Vendería su “gamela”, esa embarcación que había construido con sus propias manos y en la que salía algunas veces a recoger chopos o calamares, que salen solo por la noche.

Entonces mi madre supo que no había vuelta atrás, y yo, con el corazón destrozado, me ahogué con las palabras que no podía emitir. No puedo recordar su partida, tal vez porque salió como de costumbre, o tal vez porque el corazón y el inconsciente no me dejan  hacerlo. El 7 de setiembre del año 1952 llegó en el vapor Córdoba a destino. Llevaba una máquina de coser para su hermana y una caja de herramientas. 

No había transcurrido un año cuando embarcábamos en Vigo junto a mi madre y a mis hermanos: Rosa, Manolo y Vita. En la casa quedaban llorando mi tía y mi abuela, mamá Juana. Al puerto vinieron unos tíos y mi madrina. Yo lloraba sin consuelo sentada junto al baúl, un par de maletas y la máquina de coser Alpha. 

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Fotos para el pasaporte de los hermanos

Éramos niños y el viaje tuvo sabor a aventura, nos escabullíamos a primera clase y nos sentábamos en los hermosos sillones a tomar el sol, y mirar el mar, que era  interminable. Sin embargo, una mañana, cuando ya la travesía parecía no tener fin, divisamos a lo lejos tierra firme. Era la costa de Brasil y llegábamos a la Bahía de Río de Janeiro, que nos mostraba un paisaje nunca visto. Ante nuestros ojos rianxeiros, había palmeras, monos, pájaros coloridos y personas de piel más oscura. Rosa y yo pensamos que estábamos en una película, como las del cine Avenida. Poco después, al mediodía del 22 de Agosto de 1953 atracamos en las aguas serenas del Río de la Plata. 

Escuchando a Araceli, siento que viajo con ella hasta ese momento en que le parece haber llegado a otro mar, por la inmensidad, aguas cuyo color amarronado la sorprende, comenzaba la vida en un lugar ajeno, el tiempo la haría sentirlo muy suyo.

Entre la multitud que esperaba al barco en el puerto fue difìcil encontrar al padre; su madre, aún mareada y  descompuesta, fue quien lo divisó y la alegría fue la mejor medicina. 

José  Ces se destacaba con su elegancia natural; era  delgado e iba vestido con un  traje que lo hacía parecer un actor de cine, me dice orgullosa Araceli. Y aclara, es que uno primos tenían sastrería en Sarandí y le habían confeccionado el mejor, para que su familia se sintiese bien recibida en un mundo de progreso. 

Después supo que viajaron hacia la zona sur de la ciudad, hasta la casa de los primos de su madre, que los esperaba con la cena lista y les ofrecieron comidas nuevas, desconocidas, mientras no cesaban de conversar y llorar. 

-Ahora sé que eran simples milanesas con puré, pero para nosotras eran platos desconocidos y para hacernos  una broma nos dijeron que era pescado. Araceli se ríe y dice con ironía, quizá pensaban que no distinguiríamos otro sabor que no fuera el mariñeiro. 

La adaptación comenzó allí, demostrando que habìa que incluirse en otra sociedad, diferente. Nuevos lugares, costumbres, una forma de hablar distinta, aunque fuese en castellano como en la escuela, sonaba de otra forma y había palabras nunca escuchadas antes. “Non falen galego” les decían, porque o bien no las entenderían o serían mal vistas. Esto lo recuerda con dolor, cuando ella está orgullosa de no haber perdido su lengua y usarla todas las veces que le es posible.

Pero aún faltaba lo peor, me dice Araceli, lo que yo llamo mi calvario. Y continúa introduciéndome poco a poco en esa infancia, casi adolescencia, retomada a diez mil kilómetros de su Rianxo. 

Alquilaron un casa en Lanús. Su padre era ebanista y trabajaba  en una carpintería, su madre se dedicaba a las tareas de la casa y atender a la numerosa familia y hacía las compras cotidianas en un negocio de una amiga. Era una  paisana, con la que matizaba tomando un café de pota y pasteles para apagar la morriña. 

En la escuela Araceli manifestó gran entusiasmo y dedicación; gustaba de los actos escolares, las clases de historia, recitar poemas y leer cuentos, pero esos meses serían sólo una breve etapa feliz en su vida. Pronto llegaría  el calvario. 

El destino se interpuso bajo la forma de su tía paterna, Lola, quien observó que la niña tenía pies planos y convenció a su madre que la llevara a consulta médica. Los traumatólogos del Hospital de Avellaneda indicaron  una cirugía. Para la época fue la práctica que consideraron oportuna. Fue muy cruenta porque implicó colocación de clavos y placas, corte de venas y tendones. Durante  meses Araceli bajó del Altar del Cielo y no pudo andar en la tierra porque tenía sus dos piernas enyesadas. 

“La operación marcaría mi vida para siempre, porque incluso debí aprender a caminar, como si nunca lo hubiese hecho”- me dice, mientras las lágrimas que asoman en sus ojos parecen reproducir aquel dolor inolvidable, que la acompañaría siempre. Y continúa relatando aquel hecho que “fue como un rito iniciático, con el cual la niña que había en mí se transformó en una mujer marcada por el sufrimiento pero dispuesta a resistir, a salir adelante; la sangre gallega me impulsaba a no caer”. 

Y decidió, en su pronta juventud tomar de la vida los aspectos más felices, completó su rehabilitación y  comenzó a trabajar en el mundo de la moda. De noche estudiaba, casualmente, o no, frente a la Capilla de la virgen de Guadalupe, aquella descalciña por a area, pero que en Buenos Aires habitaba en la calle Salguero y Mansilla. “Yo te cuidaré, Araceli, le parecía oírla, como ya lo hice allí en Rianxo, este mar es más tranquilo y oscuro, pero tu y yo somos las mismas.” 

Tuvo empleos en varias empresas representativas de la moda, entre ellos la famosa, por entonces, Casa Chaves, de ropa fina de dama, y luego la firma Suixtil, con su reconocida marca Ñaró. Eran años en que la industria textil se expandìa en Buenos Aires, filiales de empresas extranjeras o nacionales, el caso es que era un ramo de mucha oferta de trabajo. 

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Libreta de Trabajo, ya en Buenos Aires

En esos empleos encontró su primera gran amiga y también su gran y definitivo amor. Pudo lograr que entraran a trabajar allì su hermana Vita y su padre. La vida comenzó a sonreírle. Un buen trabajo, con comodidades edilicias, contactos con el mundo de la moda, de la radio y de los deportes. Las empresas hacían sus campañas publicitarias de las nuevas colecciones con los personajes más reconocidos del momento. Y ella disfrutaba esas reuniones en las que era valorada y conocía a famosos, entre ellos Juan Manuel Fangio, cinco veces campeón del mundo en Automovilismo, que era de la Escuderìa  que auspiciaba la empresa.

Observo a Araceli y me doy cuenta que está envuelta en recuerdos felices, que esos fueron sus años de oro, en los que descolló por sus virtudes como empleada responsable y eficiente, de buenos modales, confiable y entonces el mundo de la moda y los modelos también le perteneció. 

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Araceli y su esposo en luna de miel. Córdoba, Argentina

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“Trabajar allí hizo que conociera personas y destinos que nunca hubiese imaginado. Cada presentación de la nueva colección de temporada implicaba un sinfín de fotos y desfiles. Incluso, me dice ruborizada, cuando faltaba una modelo yo ocupaba su lugar, aunque mi altura no era la adecuada, sabía desfilar con estilo la ropa y nunca dejaban de llamar a Araceli para cubrir un bache”. En una de esas oportunidades, una foto llegó a manos de un joven, un español pariente de algún directivo.

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Araceli en su boda

Ese vasco no dejó de insistir hasta lograr la primera cita, que fue el inicio de una vida matrimonial y tres hijos. Por ello, puedo decir que a la empresa Suixtil le debo el gran amor de mi vida.

Araceli en la pasarela de moda web Araceli en los tiempos en que hizo pasarela de moda. Es la más pequeña, al lado del masculino

 “Mis padres tomaron una difìcil decisión en su vida, buscando un porvenir nos arrancaron de la tierra que nos vio nacer y de nuestros afectos, sin embargo la vida nos puso delante personas y desafíos que supimos afrontar con esfuerzo y nos forjamos un futuro. 

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Araceli con su esposo y su hija Silvina, ("Jarana") en Mar del Plata

De los cuatro hermanos que emigramos Vita y yo, es decir, la más pequeña y la mayor, somos quienes más sentimiento tenemos por nuestras  raíces. Nos sentimos de dos patrias, y de no haber mediado esta pandemia que hoy azota al mundo, este año hubiésemos viajado las dos, para retornar, como toda gallega morriñosa a Rianxo, que es para mí el paraíso perdido al que siempre ansío volver. 

Araceli en la procesión webAraceli en la procesión martitima, en Rianxo, ya casada y embarazada 

Y como la vida, tiene siempre círculos que nos llevan y nos traen por los mismos caminos, hay una nieta gallega, Yaiza,  fruto de esos regresos que, como Ulises, solemos hacer los eternos emigrantes, un pie en cada continente y el ancho mar por medio. 

Lloro en el Río de la Plata cantando a Rianxeira y se me escapa un lagrimón, cuando el bandoneón de Piazzola suena en algún bar de la ría”.

Aracely 12 webAraceli en el bautismo de su nieta, Yaiza