martes, 29 de septiembre de 2020

Las historias de la emigración: El fin de la tierra sin nadie

Juan Calo, de niño, en la icónica foto de Manuel Ferrol
Juan Calo, de niño, en la icónica foto de Manuel Ferrol

Para los romanos en el cabo Fisterra acababa la tierra y comenzaba el abismo. En este lugar telúrico se levantó el 'ara solis' o altar al sol. Según la leyenda, en el templo precristiano se despedía el día antes de que se adentrase en el misterio, en lo desconocido, en el territorio que abraza a los muertos. Desde aquí se contempla el Monte Pindo, el Olimpo Celta, y también representa el final del Camino de Santiago.

El trasiego de peregrinos para desprenderse del ropaje del camino y de turistas era constante hasta que la pandemia del coronavirus trastocó las coordenadas por las que se conducía la humanidad. Fisterra ejerce de potente imán internacional. En junio de 2008 había 86 empadronados de 21 nacionalidades distintas, pero hoy el Concello está cerrado para cotejar la evolución del dato y el momento tampoco parece el más propicio para la consulta.

Este sábado de puente para algunos sectores en Galicia y en otras comunidades autónomas estaba señalado para que la hostelería local llenase la caja, pero ya en la recta de la Anchoa por la que se accede a la localidad se puede intuir las calles desiertas, o casi.

Antes de girar hacia la carretera del faro, en un balcón se solea un hombre que resulta conocido. "Outra vez ti por aquí", grita al ver al periodista salir del coche. Se trata de Juan Jesús Calo López, el niño que aparece en la icónica fotografía de la emigración. Todo drama cuenta con una imagen que compendia el desgarro.

El fotógrafo Manuel Ferrol cazó a Ángel Calo Marcote –Jurjo en Fisterra– llorando con su hijo Juan mientras despedía a su madre y a tres hermanos en la dársena del Puerto de A Coruña. El trasatlántico José de Garay zarpaba el 27 de noviembre de 1957 rumbo a Buenos Aires llevándose a una generación de gallegos.

Jurjo tenía 29 años a pesar de su aspecto avejentado por el mar de la Costa da Morte, Juan ocho. La imagen que custodia ahora la Colección Patricia Ferrol se convirtió en el símbolo de la emigración. "Lloraba porque me quedaba solo", comentó Jurjo poco antes de morir en mayo de 2006, aunque después siguió llorando porque fallecieron su madre y su padre sin que nadie lo reclamase para emigrar con su familia.

Juan tiene ahora 71 años y ha superado un cáncer de pulmón tras ocho años de lucha. "Medo non teño, pero si precaución", explica desde la balconada. Adelantándose a lo que iba a suceder y antes del estado de alarma, el viernes decidió abastecerse de pescado ya no salió más. "Pero eu non me dou na casa. E dirás que logo de toda a vida no mar... No barco sempre estás facendo algo e sabes que aos 15 días volves a porto".

Quizá porque aventuró el confinamiento forzoso también prevé que el encierro será más largo de las dos semanas decretadas por el Gobierno. No piensa salir. "Séntaste diante da televisión e aínda que non queiras poste algo nervioso". A Juan la imagen de las calles desiertas le parecen peor que cuando los vecinos de Fisterra se echaron a los caminos y los tractores salieron cargados de gente en diciembre de 1987 al encallar y días después estallar el buque 'Cason', con bandera panameña , cerca de la playa de Rostro. Los únicos muertos fueron los 23 marineros chinos que se lanzaron por la borda del buque. "As poucas horas xa volveu todo o mundo". 

Pan y mermelada

No todos son tan disciplinados como él. A 500 metros de la carretera que lleva al faro un policía local para al periodista. "Os primeiros días a xente tiña algo de medo, pero algúns pensan que é unha coña. Tivemos que facturar a un que primeiro foi a por pan, aos dez minutos a por marmelada e despois a por outra cousa", comenta. Una medida sensata sería cambiar a los agentes de municipio para evitar rencillas entre familias y conocidos por hacer cumplir la orden de confinamiento.

En la ruta del colesterol, como llaman jocosamente al camino de dos kilómetros y medio, no hay alma. En el cementerio más premiado del mundo que diseñó César Portela sigue sin querer enterrarse nadie. La vista desde los cubos de granito dispersados por la ladera del monte es imponente, pero los nichos aguardan por el primer inquilino.

En el faro, la inmensidad del mar y de la soledad. El aparcamiento sin coches, la cantina O Refuxio cerrada, como también el hotel instalado en el semáforo de señales marítimas. Y aquí, donde los romanos establecieron el fin de la tierra, hoy sólo retumba el viento y la soledad es abismo.