jueves, 04 de junio de 2020

OPINIÓN

176 años al servicio de España

Guardias civiles en formación. MINISTERIO DE INTERIOR
Guardias civiles en formación. MINISTERIO DE INTERIOR

En 176 años de la historia de un país cambian muchas cosas, casi todas, y más en nuestra querida España con su historia reciente tan agitada, pero también son muy pocas las que permanecen firmes e inalterables, la Guardia Civil es una de ellas. Inalterable en su esencia, en los valores, y en nuestra razón de ser: el servicio al ciudadano.

Fuimos creados por necesidad, cuando el orden social reclama este auxilio, el Gobierno ha menester una fuerza siempre disponible para proteger las personas y las propiedades; y además por necesidad urgente en aquel momento, en atención al desamparo en que hoy se ve la autoridad pública para proteger eficazmente el orden y las personas y bienes de los vecinos honrados y pacíficos. Y aquí seguimos, siempre con aquel primer objetivo: garantizar la paz y la convivencia en todo el territorio nacional. Creo honestamente que lo hemos conseguido, que lo conseguimos cada día, y que seguiremos dando hasta nuestra vida para que los ciudadanos puedan disfrutar de la suya en paz y libertad.

En todos los «episodios nacionales» reseñables están presentes la Guardia Civil y los guardias civiles, ya formamos parte inseparable del paisaje de España, y nuestra historia está incrustada en la de nuestro país, y también al revés. El pleno ejercicio de la democracia que hoy disfrutamos no ha sido gratis: los españoles estuvimos durante décadas sometidos a un chantaje que nos impedía ejercer nuestras libertades más básicas porque una banda de terroristas nos quería imponer su modelo de estado. Los asesinos de ETA decidieron utilizar el tiro en la nuca, el coche-bomba, el secuestro, la extorsión, el terror, en definitiva, para amedrentar a todo un país, y cambiar su rumbo y su futuro, pasando por encima de la voluntad de los millones de españoles que habíamos decidido un modelo de estado muy distinto del que esos terroristas soñaban. Ensoñaciones de fuego, sangre y dolor. Mucho dolor. Cincuenta años durante los cuales todos los españoles sufrimos. En esa triste página de la historia de España también estuvo muy presente la Guardia Civil.

Cuando los terroristas de ETA decidieron matar para conseguir sus fines eligieron a los guardias civiles como sus primeras víctimas, allá por la década de los 60; éramos los garantes de la unidad de España que pretendían romper, y la bandera de España que ondeaba en los cuarteles de muchos pueblos vascos era la única presencia del Estado que no reconocían. Pensaron —por algo sería— que acabar con la Guardia Civil en el País Vasco era acabar con España. Pero los valores, asimilados ya en el ADN de los guardias civiles, se hicieron presentes una vez más, nos mantuvimos serenos en el peligro y ante la muerte, la nuestra y las de nuestros compañeros e incluso familiares. Sintiéndonos solos y abandonados enterramos a nuestros muertos, a los que lloramos con rabia y en silencio. Y resistimos, siempre fiel a su deber, es lo único que podíamos hacer, era lo que se nos pedía, lo que se esperaba de nosotros. El que resiste gana, pero todavía tardaríamos mucho.

Los vientos de la joven democracia nos trajeron más muerte y más terror; los centenares de presos liberados de ETA con la amnistía de 1978, terroristas que nunca dejaron de serlo, se ensañaron aún más con los españoles, y los guardias civiles encabezamos la lista más numerosa de los muchos asesinados. Y seguimos resistiendo. Y seguían estando presentes los valores transmitidos de generación en generación de guardias civiles, heredados de aquellos primeros nacidos en 1844. Nuestro carácter benemérito fue más visible que nunca, quizás por el contrasentido, en las peores inundaciones de la historia del País Vasco, allá por agosto de 1983: cuatro guardias civiles murieron mientras intentaban salvar vidas de unos vascos, mientras otros, quizás los mismos, mataban guardias civiles a diario.

Nuestro afán de superación, pero también nuestro instinto de supervivencia (y el de nuestras familias) nos hizo crecer profesionalmente, y con el aprendizaje de los errores, con toda la experiencia acumulada, y con la llegada de nuevos medios materiales y métodos de trabajo, empezamos a hacer frente con éxito a unos terroristas que se habían olvidado, por imposible, de la victoria, y empezaban a buscar el empate. Un empate negociado que nunca llegaría, porque esa injusta benevolencia no la merecían. La eficaz adecuación de la Guardia Civil a los tiempos y las circunstancias de los españoles es uno de nuestros mayores éxitos y fortalezas, tanto en momentos excepcionales como en el día a día.

Aparecieron los primeros éxitos importantes en la lucha contra el terrorismo de ETA, dimos el salto a las investigaciones en Francia (ni para los terroristas las fronteras suponían un muro ni para nosotros podían serlo), desenterramos a compañeros, familiares próximos, entre las ruinas de nuestros cuarteles (concretamente 17 fueron asesinados, de los cuales 11 eran niños, además de dos jóvenes de 17 años, en un total de más de 150 atentados contra instalaciones del Cuerpo, la mayoría cuarteles). Cometimos también algún error —¿quién no?—, y por él pagamos. Los hombres y mujeres que formábamos ya parte de esa gran familia que era y es la Guardia Civil seguíamos cuidando el lema Siempre fiel a su deber, sereno en el peligro, y desempeñando sus funciones con dignidad, prudencia y firmeza. Llegó la mujer al Cuerpo en 1988 y, en un ejemplo de igualdad e integración difícilmente superables, un pequeño grupo se dedicó a las tareas más peligrosas en aquel momento: combatir el terrorismo, estando muy cerca de los asesinos, y haciendo una labor necesaria, imprescindible, eficaz y exitosa. Y así sigue; hoy, cuando hablamos de guardia civil, lo hacemos sin distinción de sexo.

Y cada vez fueron más, y más frecuentes e importantes, los golpes de la Guardia Civil contra los terroristas, y cada vez menos los atentados de estos. Nos ganamos la confianza de nuestros colegas franceses, hermanos en el trabajo y también en el dolor, estando presentes en cualquier lugar de su país, y sin cuya colaboración el final hubiera sido otro y más tardío. Llegamos a la derrota de ETA porque el Estado y el conjunto de la sociedad fueron más fuertes que los terroristas, además de tener la razón indiscutible unos y la locura imposible los otros. La lista de actores que posibilitaron el fin de ETA es larga, todos indispensables e insustituibles; no me equivoco —aunque no soy objetivo— si digo que está encabezada por la Guardia Civil ya que las cifras así lo avalan. También, tristemente, la dolorosa lista de caídos por la Patria que, esa sí seguro, encabezamos. Caídos que nunca olvidamos, y que también son un símbolo propio del Cuerpo ya que el ciudadano sabe reconocer y honrar al que dio su vida por salvar la ajena. Así ha sido desde hace 176 años y lo seguirá siendo, el servicio al ciudadano y el cumplimiento de ese deber así lo exigen. Fue lo que elegimos.

La Guardia Civil hoy puede hacer frente a cualquier tipo de delincuencia, por muy organizada, grave y técnicamente sofisticada que sea, nada que ver con aquellos voluntariosos guardias civiles que tuvieron enfrente a los primeros terroristas de ETA. Lo hace con criterios consolidados de profesionalidad, honradez, respeto a las leyes e independencia. Los españoles confían en nosotros, y nos lo reconocen siendo la Institución del Estado mejor valorada; con esto nos vale, como bien nos marca nuestro código deontológico redactado y aplicado desde nuestros inicios, la Cartilla del Guardia Civil, que dice: El Guardia Civil no hace más que cumplir con su deber; y si algo debe esperar de aquel a quien ha favorecido, debe ser solo un recuerdo de gratitud, y así queremos que siga siendo otros 176 años. Para ello trabajamos día a día, en todos y cada uno de los rincones de nuestro país, y muchos otros lejos de nuestras fronteras.

Manuel Sánchez Corbí es coronel de la Guardia Civil y coautor de los libros de la lucha de la Guardia Civil contra ETA, ‘Historia de un Desafío’ y ‘Sangre, Sudor y Paz’.

Fuente: El Independiente