sábado, 15 de junio de 2024

OPINIÓN

Identidad y globalización. Los retoños sefaradíes de Buenos Aires

Imágenes del Centro Cultural Sefarad. Uno de los sitios importantes en Buenos Aires en los que se realizan actividades para la preservación y difusión  de la cultura sefaradí.
Imagen del Centro Cultural Sefarad. Uno de los sitios importantes en Buenos Aires en los que se realizan actividades para la preservación y difusión de la cultura sefaradí.

Cada día sale el sol y la rutina de la gran urbe a veces nos empuja a  pensar que aun con el paso apresurado del tiempo nada cambia demasiado. Y en realidad no es así. ¿Cuánto ha pasado desde nuestra niñez? Y mejor ni preguntarse cuánto han cambiado las cosas desde entonces. Suponer que en estos tiempos de veloces cambios las tradiciones tienden a diluirse, deja un ritmo de tambores desacompasados golpeando en el corazón.

La multiculturalidad de la ciudad Buenos Aires en la que conviven más  de cincuenta colectividades es un factor determinante en la construcción de su identidad. En la tarea de tomar testimonios muchas  veces  pensé, con  desazón, que las voces de las generaciones de sefaradíes que nos precedieron sólo eran anacrónicos ramalazos del ayer tironeados desde el presente. La sensación de  la paulatina pérdida de esas historias en un mundo globalizado me perturbaba. ¿Qué podía hacer por ayudar a preservar el poderoso legado de nuestros ancestros?

El anhelo por retener los orígenes -bellas y coloridas mariposas-, ¿no sería, acaso, una trasnochada quimera? Pero seguí adelante a pesar de lo que sugerían las investigaciones sobre el futuro de las tradiciones dentro de un fenómeno tan complejo de veloces intercambios y transformaciones culturales. 

La globalización no logra necesariamente fagocitar las singularidades. Se observa que con la homogeneización cultural coexiste una dinámica que tiende a una resistencia y reacción de los tradicionalismos, que si bien en sus expresiones más extremas se expresa en lamentables fanatismos, en los movimientos moderados y ciertamente civilizados, representan una genuina y necesaria revitalización de las identidades dentro la cultura global.

Este análisis genera una mirada más optimista sobre esta problemática. Fue más fuerte la intención de que la esencia de aquellos remotos días perdurara, que las costumbres de nuestros abuelos no se convirtieran en polillas fosilizadas, lo que en definitiva me guiaría con cierto instinto atávico. 

Otra imagen del Centor Cultural Sefarad de Buenos Aires 

Y de aquellas horas desesperadas por ordenar y articular centenares de metros de las cintas de los viejos casetes con retazos de vidas capturados por prehistóricos grabadores, quedaron reflexiones hilvanadas, textos pergeñados en días tormentosos, en noches de insomnio, intentando recrear palabras, dichos, refranes, sabores, olores, imágenes de cinco siglos, “de ayer no más”.

Si de algún modo la variedad se manifestaba en mi primer vecindario, igualmente extendí las alas y crucé los suburbios, más allá del linaje de la casa paterna, allí donde se acentuaban los matices y las diferencias. La diversidad enriqueció mi cosmovisión.

La incertidumbre aplasta o moviliza. El conocimiento de otras realidades, lejos de menguar mi pertenencia al legado familiar, la afianzó. Aunque las palabras de los sabios me señalaban que “una generación pasa y otra (…) y todo es vanidad de vanidades…”, seguí adelante descubriendo que también en los laberintos de la vida están la búsqueda y los momentos de felicidad. Aprendí que “desentrañar el pasado, esclarece el presente” y que los mejores lugares para encontrarse con uno mismo pueden estar allí donde brilla lo heterogéneo. Así pues, anduve batallando por tan diversos parajes del espíritu, por senderos transitables a fuerza de un puñado de convicciones que me sostuvieron.

Años atrás encontré espacios adecuados para abordar temas relacionados con el patrimonio tangible e intangible que conforman el rompecabezas de la cultura porteña. Fueron tiempos de dar a conocer los hitos históricos barriales de nuestra urbe tan ecléctica y cosmopolita, y alentar el reconocimiento y la protección de los sitios paradigmáticos que la identifican.

Exponer el portentoso patrimonio cultural de Buenos Aires marcado por la pluralidad, potenció mi dedicación a la historia oral, a la memoria de las vivencias de las corrientes migratorias que llegaron a su puerto y conforman la idiosincrasia propia de la metrópoli. Entre ellas, me sumergí en las aguas del universo sefaradí del que poseía mis propios recuerdos familiares y profundicé con avidez las historias de vida barriales de decenas de familias del mismo origen, que eran similares a la de otros centros urbanos de la Argentina.  

Portada del libro "Buenos Aires Sefaradí" (compilación), escrito por el autor de este artículo. Presentado en la XXXIV Exposición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Reúne las ponencias  presentadas en la "1° Jornada Sefaradí", organizada por el Ministerio de Cultura de la Ciudad. 

Durante las investigaciones, los informantes generaban una atmósfera mágica, casi ritual, con la vital expresión de su cultura popular: Sefarad, las vivencias de los inmigrantes y sus descendientes, el pasado común, la religiosidad, la música, el concepto de familia, las fiestas,  los dichos y refranes, el romancero,  la gastronomía, los recuerdos de infancia en una ciudad que por entonces era algo distinta a la actual metrópolis.

La amplia dimensión de la identidad sefaradí reflejada en los testimonios de los mayores de las familias, son manifestaciones que como un abanico sobrevuelan lo cotidiano, desde los momentos más felices a los intensamente dramáticos: menciones de persecuciones, la expulsión o el holocausto. 

Se evidencia, además, que la juventud, tal cual ocurre con otras  colectividades, participaban con respeto por sus orígenes, no obstante su distancia generacional con los pioneros de las primeras oleadas inmigratorias fueron transformando en más laxas las costumbres.

El historiador y periodista, Carlos Szwarcer, autor de este artículo 

En definitiva, surge inevitable la pregunta relacionada por el futuro de las identidades. Justo es reconocer la actividad de instituciones y de investigadores independientes que se esfuerzan por mantener vivas las tradiciones en este mundo globalizado, cambiante, y en constante transformación. En este contexto, sobresale una energía antigua, milenaria, intentando que florezcan cada vez más vigorosos los retoños sefaradíes. 

El porvenir es ese lugar en el que se podrá ver si las nuevas generaciones son capaces de construir un fuerte y perdurable vínculo con la identidad propia de sus antepasados, y corroborar, como afirmaba Fréderic Mistral que “Los árboles de raíces más hondas son siempre los que crecen más alto”.