Jueves, 21 de Febrero de 2019
20/05/2015

Viena, vestida de Eurovisión

Conchita
Conchita

Lo juro: el título del último post no quería ser premonitorio pero, como a estas horas sabrán todos los lectores de Extra Austria, la pequeña (pero salada) república centroeuropea se encuentra en plena fiebre eurovisiva. Y antes de la fiebre eurovisiva, también ha habido un baile (el Lifeball) en el que se ha reunido lo más granado de la alta sociedad mundial. Y cuando digo alta sociedad, no me refiero a esa gente que sale en España por la televisión. Me refiero a la Alta Sociedad. Ex presidentes de Estados Unidos, modelos de alta costura, estrellas de cine, en fin. Cuento todo esto no para excusarme, si no para explicarles a mis lectores que, en estos momentos, Viena es la ciudad en donde todo el mundo quiere estar.

En fin: Viena se ha vestido de la proverbial gala para recibir a los eurofans y a las eurofanas que han tomado sus calles. Este es un Festival de Eurovisión bastante especial. No solo porque sea la sexagésima edición y no solo porque, por primera vez, participa Australia (ese país que tiene un alto porcentaje de letras en común con aquel desde el que escribo) sino sobre todo por Conchita Wurst. La victoria de Conchita (que, de paisano, se llama Tom Neuwirth) ha marcado claramente un punto de inflexión. Eurovisión ha vuelto a contar en el mapa de los acontecimientos (para los españoles, por lo menos, por primera vez desde que, a principios de este siglo, David Bisbal y Rosa de España hicieron que la gente diera saltos cantando lo de que "Europa estaba viviendo una celebración").

La capital que el Danubio riega con sus aguas presuntamente azules cuenta con un corazón eurovisivo que está situado en la plaza del ayuntamiento (que es ese espacio público –que se alquila, por cierto- en el que suceden todas las fiestas, eventos y cosas que suceden en la ciudad). El segundo corazón, naturalmente, es la Stadthalle (para mis lectores de Madrid, el equivalente a lo que fue, en su tiempo, el Palacio de los Deportes). La Stadthalle es la inmensa sala de conciertos –construida a mediados de los cincuenta-, en donde los representantes de los diferentes países tratarán de defender sus canciones.

Llegados a este punto, señoras y señores, yo tengo que confesar que tengo el corazón partío. Es lo que tiene tener dos países: uno natural y otro de adopción. A mí, personalmente, la canción española no me gusta nada (o muy poco) y, en cambio, la canción austriaca, sin ser Rise Like a Phoenix –con la que ganó Conchita- me parece bastante salada, la verdad.

Ambos artistas (y otros treinta y ocho más) empezarán a medirse en breves momentos –escribo antes de que empiece la semifinal primera y, de fondo, suena el programa con el que la tele pública austriaca está llenando el tiempo durante el cual, los eurofanes y las eurofanas de todo el mundo se muerden los codos esperando a ver a sus artistas favoritos. Y, un año más, se consumará esa batalla amable, un poco tontilla, que es Eurovisión. Una batalla que remite a la infancia, ese momento en el que las rivalidades son inofensivas porque están como forradas de gomaespuma, o no pesan, como las porras de los muñecos de guiñol.

Y quizá sea eso Eurovisión... ¡Un gran, amable y agradablemente superficial guiñol ¡Que lo disfruten! (Y que gane el mejor).