Jueves, 21 de Febrero de 2019
10/03/2015

Una aldea española

 

Austria es un país pequeño. Tiene algo menos de la cuarta parte de la población de España (en el momento en el que escribo esto, unos ocho millones de habitantes) en una extensión aproximada de Andalucía. Extensión, por cierto, que los austriacos no pueden utilizar en su totalidad para vivir porque gran parte del país es montañosa.

Una de las primeras preguntas que todo el mundo te hace cuando vuelves a España de visita es ¿Qué piensan de nosotros los austriacos? ¿Cómo nos ven?  Yo siempre contesto la verdad: o sea, que muy bien.

En general, en el inconsciente colectivo austriaco, España es una tierra exótica y risueña en la que la gente, además, habla raro (pero raro “bien”, como si dijéramos). La mayoría de los austriacos, además, en algún momento del pasado, ha aprovechado la prosperidad de la economía centroeuropea para darse un garbeo por nuestras tierras y probar la paella y las tapas (el amor, en esto como en todo, entra por el estómago).

De los tiempos en los que los Habsburgo de Madrid (llamados “los Austrias” entre nosotros) y los Habsburgo de Viena tenían una relación fluida y tan familiar como la que sugiere el apellido común (con maese Velázquez sirviendo de “Guasap” entre las dos cortes) han quedado en el idioma austriaco algunas expresiones que hablan de esa consideración exótica y curiosa que los aborígenes austriacos tienen por los celtíberos.

Por ejemplo, cuando un austriaco no entiende algo, dice que “le suena a español” (a nosotros nos suena a chino). Esto viene de los tiempos en que por Viena pululaban nobles españoles con sus criados, atendiendo a los asuntos de sus jefes, los Habsburgo de Madrid. Es bien sabido que, allá por el sur, nunca se nos han dado bien los idiomas. En aquel momento, los españoles eran el pueblo más poderoso de Europa y, por lo tanto, tampoco sentían la necesidad de aprender una lengua como el alemán que, al oido meridional suena, como dijo aquel “molto bruta per cantare”. Por lo tanto, los españoles iban por aquella Viena del siglo XVII hablando en español y claro, nadie les entendía un pijo.

Esto de que los españoles habláramos un idioma sonoro pero totalmente incomprensible debió de estimular la fantasía popular de los austriacos en el sentido de que, en el sur, todo andaba manga por hombro y las cosas se hacían al revés que aquí. De manera que, en Austria, algo que en España sería descrito como “una casa de locos” es “una aldea española”. Son expresiones cargadas de simpatía que hablan de la relación que los primos centroeuropeos tenían con los primos del sur.

Por lo demás, hoy en día los austriacos se vuelven locos por la reina Letizia (tuvieron sus más y sus menos con el rey padre y sus cazas de proboscidios), los más cultos viven rendidos a los pies de Montserrat Caballé y de Plácido Domingo, auténticos ídolos en esta tierra en la que la música es una religión. Las señoras maduras conocen a Julio Iglesias (que también cantó en alemán con el mismo acento audaz en el que cantó en otros idiomas) y hay un club relativamente grande de fans de Pedro Almodóvar. Todas estas personas y circunstancias, además de lo sabroso de nuestra gastronomía, hacen que, cuando uno abre la boca y le notan el acento, tenga ya un enorme trecho recorrido hacia el interior del corazón austriaco.

El factor país siempre juega a nuestro favor.