Viernes, 22 de Febrero de 2019

Hija de emigrantes y emigrante. Nací en el trópico y de mayor me instalé en la tierra de mis padres. Quiero contar historias que reflejen mi admiración por esos padres que lo dejan todo por dar un mejor futuro a sus hijos y que sirvan de inspiración a quienes ahora se embarcan en esa aventura. También escribo en maternidadfacil.com, donde comparto junto a madres jóvenes la experiencia de la maternidad.

Emigrar ya no es lo que era

Los tiempos cambian y la tecnología avanza a pasos agigantados. Hace 40 años una llamada telefónica no solo era muy costosa, sino que en muchos casos no era una opción porque el teléfono era un artículo de lujo que muy pocas personas se podían permitir.

Antes no se utilizaba el teléfono fijo porque muchísimas casas no lo tenían. Hoy tampoco se usa porque la mayoría de la gente tiene un teléfono móvil en sus manos. La tecnología ha hecho posible que las personas puedan estrechar sus lazos aún en la distancia y esto ha permitido tener una nueva visión de la emigración.

La emigración nunca ha sido fácil, pero si echamos la vista atrás es evidente que, hoy en día, es un fenómeno que ha evolucionado tanto como para que las familias ya no se sientan rotas cuando uno de sus miembros tiene que partir.

Hace 30 o 40 años, cuando un hijo partía, podía pasar más de una década antes de volver a verlo y en muchos casos, la emigración significaba perder casi todo el contacto con los amigos, la familia y el entorno que se conocía. Muchas cajas de recuerdos contenían apenas algunas cartas, fotos y postales que resumían la historia familiar en papeles que hacían olvidar la voz, la sonrisa y la mirada de aquellos que ya no se volverían a ver.

Muchas son las historias de reencuentros en los que los hijos abrazan a ancianos de huesos delicados y andares pausados, que recordaban como mujeres y hombres fuertes; en los que los padres estrechaban entre sus frágiles brazos a hombres y mujeres mayores de lo que ellos eran cuando despidieron a sus hijos en un puerto, que ven a unos nietos que ya no son niños pequeños y que nunca antes habían visto. También son muchas las historias de familias que han perdido todo contacto a los pocos años de separarse.

Hoy en día esto ha cambiado. La distancia sigue impidiendo el abrazo, pero hoy las familias pueden celebrar juntas el cumpleaños de un ser querido en directo, aunque haya miles de kilómetros de por medio. Ahora es posible que unos futuros abuelos sigan el mes a mes del embarazo desde las redes sociales o la mensajería instantánea y estén presentes en la vida de sus nietos desde el primer instante.

Aunque no deja de producirse el desarraigo y alejarse de lo conocido sigue siendo duro, la posibilidad de mantenerse en contacto con los amigos de toda la vida y con la familia, hace que la adaptación al nuevo entorno sea más fácil, pues se cuenta con el apoyo de los seres queridos. Además, hoy en día es mucho más fácil y barato viajar, por lo que las esperas entre un abrazo y otro son más cortas.

Sin duda alguna, la tecnología ha permitido que la visión que tenemos de la emigración sea un poco más dulce y que las duras historias de antaño sean cada vez menos habituales. Ahora emigrar no significa dejar atrás todo lo conocido, sino incorporarlo a algo nuevo que está por descubrir, no significa renunciar a lo querido, sino distanciarse para buscar un futuro mejor pero manteniendo muy cerca a los que se quedan.

Hoy en día emigrar no implica olvidar una voz ni un rostro, ni quedarse con una imagen estática de los que se quedan en la mente. La emigración ya no es una sucesión de fotos esporádicas, ni de letras que permiten componer el relato de las vidas de los que se dejaron atrás. Porque la emigración ya no significa dejarlo todo, sino cambiar llevando con nosotros a quienes queremos de la mano, cada vez que mandamos un mensaje, leemos un correo electrónico o abrimos una videoconferencia, para ver cómo del otro lado de la cámara alguien nos espera, como cuando llegábamos a casa cansados de un día duro de trabajo.