Miércoles, 28 de Junio de 2017

De Mallorca, al Alto Valle"

Redondas, rojas y sabrosísimas eran las cerezas y manzanas que llegaban a nuestra casa todos los años provenientes de la chacra que Don Tomás Orell tenía en Allen, ciudad de la Patagonia Argentina enclavada en el Alto Valle del Río Negro, con una de las más extensas superficies de nuestro país plantadas bajo riego. Agreguemos, para traer el hoy a esta evocación que nos convoca, que la Ciudad de Allen, dedicada especialmente a la fruticultura, es sede, en la actualidad, de la Fiesta Nacional de la Pera y de un importantísimo premio de ciclismo conocido como “Vuelta del Valle”.

Imaginen los lectores el placer de mis seis u ocho años al abrir la caja que traía manjares tan especiales. Separábamos el papel de seda, y ahí estaban las delicias que la generosidad de “Don Orell” ponía en la mesa de Isabel y Marcial, mis abuelos mallorquines, que se contaban entre sus paisanos y amigos. Quizás, por ser tan golosa hoy como entonces, nunca me olvidé del obsequiante y su ciudad.

Todavía no conozco Allen. Pero recorrí sus calles sencillas, sus campos de frutales, el río tan, tan cerca, con los ojos de mamá, que evocaba, con enorme felicidad, aquel del 41 en que visitó la zona. Tal vez por eso -y, por qué no, por las cerezas inolvidables- quiera recordar en nuestros días la figura emblemática de este mallorquín pionero de mi tierra: Don Tomás Orell.

El pueblo se estaba creando y este hombre era, a la sazón, uno de los primeros habitantes de la zona. Imaginemos el desierto (no olvidemos que hicieron falta muchas obras para convertir el valle en un vergel), las expectativas que tendría, como tantos otros inmigrantes, habiendo llegado hasta ahí para “hacer la América” sin, tal vez, imaginar las dificultades de la convivencia con los aborígenes que habían sido desplazados por las campañas del siglo XIX. Imaginemos, además, el clima inhóspito, los problemas para el traslado y las comunicaciones, en síntesis: la necesidad de construir todo desde la nada. Y pensemos -y admiremos, enmarcada en ese panorama- la visión de Patricio Piñeiro Sorondo, el fundador de Allen, que determinará, en 1910, un Decreto Fundacional en el que se establecía la obligatoriedad de construir con material cocido en una época en que los ranchos de adobe y paja crecían como hongos en las zonas rurales. Fue ese decreto, precisamente, el comienzo de la buena fortuna de quien hoy es motivo de esta crónica, ya que Don Tomás, aquel “payés” o campesino balear, oriundo de Santanyi, vislumbró la oportunidad, y comenzó a trabajar al frente de su horno de ladrillos, base de su posterior crecimiento como productor fruti hortícola del Alto Valle.

Me pregunto si, con los años, añoró los olivos y almendros de su isla, pero creo que debía sentirse tan orgulloso de sus logros, al recorrer los campos de manzanos, perales y ciruelos, obra de sus manos, o al compartir la vida con su numerosa familia, ya argentina (que todavía puebla la región, portando, orgullosa, la luchadora estirpe balear) que no debía tener demasiado lugar para añoranzas en su espíritu.

Hasta aquí hablamos de luchas y de esfuerzos. Ahora hablaremos de los sueños de este mallorquín comprometido con su nueva patria. Porque Tomás Orell se atrevió a soñar para su ciudad y eso, no habiendo podido acceder a muchas “letras” como tantos hombres y mujeres de su tiempo, dice de él más allá de las palabras.

Díganme si no es una maravilla saber que cuando sus vecinos Héctor García Villanova y Daniel Navarro le propusieran, hace alrededor de cincuenta años, cuando Allen todavía estaba en pleno desarrollo, construir una sala de cine, don Tomás respondiera: “¡Tendríamos que hacer uno..., la verdad es que hace falta un cine en Allen!” Dando así lugar al nacimiento del Cine Teatro General San Martín y honrando, en el nombre de nuestro Libertador, a la República Argentina. Demás está decir que ese edificio, orgullo de la ciudad pero derruido actualmente, continúa vivo en la memoria de todos los que vivieron en él horas inolvidables.

Y ahí no se detuvo Don Orell ya que, al comprobar que los viejos hoteles del pueblo no estaban a la altura de las exigencias de los pasajeros, edificó un hotel importante y modernísimo, dotándolo del primer ascensor de la región. Eso sí, en prueba de que el lugar que nos vio nacer nunca se olvida, lo llamó Mallorca, dando gloria a la isla del Mediterráneo que, indudablemente, llevaba en su corazón.

En prueba de reconocimiento a todas las contribuciones que este pionero hizo a su ciudad, en 1965, sus vecinos resolvieron bautizar como “Tomás Orell”, la principal arteria comercial que así se llama todavía.

En el 2010 Allen celebró sus primeros cien años y en ella, nuestro “payés” luchador y visionario estará presente de la mejor manera: con el recuerdo de su esfuerzo y de sus obras, en la calle que albergó el Hotel Mallorca y el Cine Teatro San Martín, emblemas de lo que puede el ser humano cuando trabaja, persevera y florece donde está plantado.

Cati Cobas